"Soy puta hace 30 años y quiero jubilarme". Laura Meza trabaja en las esquinas de Flores desde que la echaron de su trabajo como enfermera en el Hospital Alvarez, por denunciar la violencia institucional que padecían las trabajadoras sexuales. Tres décadas después, acompaña a sus compañeras en la lucha por un lugar en el sistema jubilatorio nacional.

"El impacto que tuvo la pandemia en todas las trabajadoras sexuales, no solamente en las de la tercera edad, fue precarizar más nuestro trabajo", explicó Meza en diálogo con TN. Durante los meses de estricto aislamiento social, la ayuda económica de algunos de sus clientes regulares fue el único ingreso que la madre y abuela recibió para sostenerse, una ayuda que las miles de trabajadoras sexuales hoy activas en la Argentina no tienen.

 

En medio de este período de inactividad, la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (Ammar) montó el evento "Puta Fest Edición Jubiladas", con el objetivo de recaudar fondos para entregar una jubilación simbólica a 20 trabajadoras sexuales de entre 50 y 70 años. Una de ellas fue Meza: "La jubilación simbólica me ayudó a pagar gastos, ponerme al día y empezar de nuevo. Yo dignamente soy puta: me paro en una esquina y es mi estabilidad".

Las jubilaciones simbólicas, sin embargo, fueron mucho más que una ayuda económica para otorgar una vejez digna a un puñado de compañeras: "Esto que hizo nuestro sindicato sirvió también para decirle al Estado que nosotras existimos, que tenemos derechos. Y los derechos pasan por una jubilación digna, por una obra social digna y por terminar nuestros días como cualquier otro trabajador", explicó Meza.

Laura Meza ejerce la prostitución autónoma hace 30 años, y milita por los derechos de sus compañeras desde el inicio.

El acceso a una obra social y una jubilación, además de ser un derecho, es una imperante necesidad económica para la gran mayoría de las trabajadoras sexuales: a partir de un relevo realizado durante el 2020, Ammar reveló que el 62,9% de trabajadores sexuales consultados son jefes de hogar o tienen personas a cargo. Entre los mismos consultados, el 72% calificó su situación económica como crítica, y el 92% manifestó una necesidad no satisfecha de alimentos, productos de higiene y ropa.

María Luisa Martínez, otra de las beneficiarias de la jubilación simbólica, también se refirió a la necesidad de un fondo jubilatorio para el trabajo sexual. La mujer trans de 55 años confesó que "soy una persona grande ya. Quisiera que me den una pensión o una jubilación. Seguiría trabajando un tiempo más, pero más adelante descansaría. Cuando llegue a una edad determinada no voy a poder trabajar, voy a ser muy grande".

Martínez inmigró desde Perú en busca de una mejor vida: "No tengo papeles, nunca conseguí un trabajo formal". (Cortesía TN)

"Me gustaría tener una vida más tranquila", dijo a TN. "Ahora no tengo a nadie, pero si no trabajo no puedo vivir, no puedo comer ni alquilar mi habitación. Quisiera que el Estado me de un trabajo, un apoyo, una pensión. No para mi sola, para las chicas que tienen más edad, que están en la calle y tampoco tienen para comer".

Laura, por su parte, concluyó: "Mi principal temor es que nadie reconozca que somos trabajadoras sexuales, que somos trabajadoras. Ese es mi temor: morirme y no tener esa jubilación. Hoy la tuve con toda la felicidad, pero es una jubilación simbólica, ¿entendés? Y yo quiero llegar a jubilarme siendo puta".

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