Opinión

Argentina, Mundial, la vida: casi nadie se salva solo

La Selección fue ayer un reflejo de la vida. Messi no se salvó solo, ni nos salvó a todos. Cuti, Paredes, Enzo, salieron en ayuda del resto y pasamos a cuartos. Hay quienes buscan salvarse solos, ¿vale la pena?

Horacio Minotti
Director de Relaciones Institucionales de Grupo Crónica
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La frase fue parte de la serie El Eternauta y buena parte de la sociedad la tomó como una verdad, de esas que sabemos todos, casi desde nuestra información genética, pero que alguien logra sintetizar en unas pocas simples palabras y nos funciona como un espejo donde mirarnos a gusto: "nadie se salva solo".

El candente partido de ayer de la Selección, en el que pese a Messi, todo parecía perdido, fue una destellante y a la vez sencilla exhibición del principio. Los impensados, como Cuti y cómo Enzo, Paredes de líbero contra tres egipcios, ellos al auxilio de todos, incluso del mejor del siglo. Como en Qatar 2022, Mundial en que Leo gambeteó a medio planeta, y fue el Dibu, en la final con Francia y a falta de segundos, el que nos salvó a todos. Parece que también en el futbol "nadie se salva solo".

En la vida algunos tratan de salvarse solos. Y, hay que reconocerlo, hay quienes lo consiguen. Más que solos, a fuerza de denigrar o estafar al resto, a costa de los demás. Cunden los ejemplos en cada ámbito. Suelen dichos personajes tener finales tristes, olvidados, despreciados, pero los hay quienes consiguen salirse con la suya. Casi siempre es mejor negocio ser buen tipo, pero el rapaz, en aisladas ocasiones, obtiene ventajas y satisfacciones.

Lo que cabe preguntarse es si vale la pena salvarse solo, incluso cuando se consiga el objetivo. ¿Cuánta felicidad puede alcanzarse al final de la historia en la omnipotencia de la victoria solitaria? El que se salva solo mira a sus costados y ve miseria, en muchos casos generada por él mismo en su trayectoria a la cima. ¿Qué grado de satisfacción acarrea eso?

Los tenistas por ejemplo compiten en un deporte individual, complicado, pero cuando logran una victoria sustancial, corren a abrazar a su entrenador, a su familia, a sus amigos, al alcanza pelotas, al primero que se le cruza, necesitan abrazar en la victoria. Únicamente en la cancha estaban solos, pero no llegaron solos a esa instancia y no quieren estarlo.

Nadie piensa en un colectivismo ilusorio donde todos dancemos de la mano en un prado florido. Pero es posible, en este sendero ascendente y escarpado darle una mano al que esta cerca y que le está costando mas subir. Incluso desde un punto de vista egoísta: es íntimamente más satisfactorio, genera placer compartir, somos individuos pero con necesidad de agrupamiento.

Las personas se buscan entre sí, de otro modo no habría ciudades sino personas aisladas arreglándoselas por la suya. Desde su origen el ser humano busca a sus semejantes para agruparse, para potenciarse y para compartir alegrías y desgracias. Somos en manada. Nadie se salva solo, porque es mas difícil, pero básicamente, porque no vale la pena salvarse solo, es un embole.

En un capítulo llamado cuentos de fútbol, del libro Crónicas del Ángel Gris, el entrañable "Negro" Alejandro Dolina se pregunta porque, en la selección de jugadores en un partido en el potrero, después de ejecutar el hermoso desafío del pan y queso, el siempre elegía a sus más amigos y no a los mejores jugadores. Se cuestionaba si tenía una aversión a la victoria o un rechazo al éxito. Pero entendió que no, que a él le gustaba ganar tanto como a cualquiera. Pero que en todo caso, es mejor compartir la victoria con amigos, con gente querida. Y que, si eventualmente ocurriese la derrota, se sobrelleva mucho mejor con personas con la que uno se puede abrazar y hasta llorar sin tener que aguantarse el puchero.

En la Selección y en la vida, nadie se salva solo. Y aún si pudiese, no se lo aconsejo estimado, es la victoria más parecida a una derrota.