Por Sol Narosky

@solnarosky

El balance de la educación pública argentina en los últimos 20 años podría resumirse en la frase “una de cal y una de arena”. Si bien hubo un gran aumento en la cantidad de alumnos, docentes y escuelas, los resultados de las Pruebas Internacionales de Evaluación de los Alumnos (PISA), -que miden la calidad de los aprendizajes en diversos países del mundo-, fueron poco alentadores para nosotros.

La presidenta de la Asociación Civil Educación para Todos y referente del Observatorio Argentinos por la Educación, Irene Kit, en diálogo con cronica.com.ar, aseguró que “en la educación inicial hay 480 mil estudiantes más que en el año 2000, y en secundaria otros 653 mil estudiantes adicionales; esto no porque haya más nacimientos, sino más estudiantes ‘nuevos’, que antes no tenían escuela”.

“En el año 2000, egresaron 229 mil estudiantes de la secundaria, y en el año 2017 pasamos a 348 mil, un 50% más (sin contar ni educación de adultos ni el Plan Fines)”, agregó. Irene Kit remarcó que desde la incorporación de estudiantes, los resultados de aprendizajes “no empeoraron”, sino que mostraron un “estancamiento” o “tenues mejoras”.

“En las últimas décadas pasaron cosas positivas para la educación: hay más estudiantes, y junto a ello, más escuelas y más docentes. Hubo muchas actividades de capacitación de los docentes, y un compromiso muy fuerte con la educación como un derecho que se debe proteger para el presente y el futuro. Hubo un período de mucha inversión desde el 2005, con un deterioro reciente que no es irrecuperable”, detalló a este medio.

No obstante, señaló que “estamos lejos del techo de lo que pueden aprender y enseñar los estudiantes y los docentes argentinos. No estamos para conformarnos, al contrario. Tenemos que sentir urgencia por mejorar los aprendizajes, porque todos terminen la escuela aprendiendo, porque también se aprendan valores y actitudes valiosas. Hay problemas de infraestructura, de salarios docentes y de recursos tecnológicos y de aprendizaje en las escuelas”, precisó. 

Pruebas PISA

El Informe PISA, que se lleva a cabo regularmente cada tres años por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), es de las pruebas más prestigiosas a nivel mundial. Los últimos resultados de estos exámenes, que evalúan a estudiantes de 15 años en matemática, lectura y ciencias, posicionaron a la Argentina en el lugar 63 entre los 77 países (en la edición más reciente participaron 78 países pero no se publicaron todos los datos de España).

En las pruebas PISA,  Argentina está posicionada en el número 63 entre los 77 países.

En el ranking global nuestro país ocupa el puesto 63 en lectura, el 71 en matemática y el 65 en ciencias. “Lo que dicen los resultados es que la mitad de los estudiantes no puede aplicar su dominio de la lectura a situaciones de la vida real en la que se requiera comprender y usar un texto escrito. Lo mismo para matemática: no es hacer un cálculo suelto, sino utilizar herramientas matemáticas para actuar en una situación de vida propia de los jóvenes”, indicó la presidenta de la Asociación Civil Educación para Todos.

Luego, insistió en que “sería interesante analizar con cuidado, si es que nos va mal en PISA, por qué aún la enseñanza en las escuelas argentinas está atrapada dentro de las cuatro paredes de las aulas. Si lo que sucede es que pesa más la enseñanza de largas listas de contenidos que el aprendizaje profundo que desarrolla el pensamiento y la creatividad”, cuestionó.

Desafíos para la educación argentina

 

“Proponemos tres desafíos concretos, que como comunidad educativa podemos exigir a otros y comprometernos nosotros. No requieren dinero, sino acción cooperativa, diálogo y esfuerzo conjunto”, sostuvo la referente del Observatorio Argentinos por la Educación.

  • De menos años a más años de escolaridad: avanzamos mucho como país pero faltan al menos 50 mil chicos de 4 años en los centros de nivel inicial y 400 mil estudiantes en la secundaria (como mínimo, pueden ser más). Cumplir la meta de educación inicial requiere combinar aulas nuevas y movilización a la comunidad para anotar a sus niños y niñas. En cambio, lograr que se complete la secundaria para todos los estudiantes que la inician, es un enorme esfuerzo público y comunitario. Si bien hay que aumentar la cantidad de aulas y nombrar docentes, es muy importante remover los problemas que muchos estudiantes enfrentan en las escuelas: poca vinculación de las propuestas pedagógicas con temas significativos para los estudiantes, falta de apoyos para estudiar cuando no se entiende de primera vez, dificultades de convivencia y rechazos entre compañeros, muchas horas libres.
  • Del aprendizaje basado en la memoria, al aprendizaje basado en el hacer y el pensar: transcurridos los años de educación inicial y los primeros de la primaria, la memorización mecánica de definiciones, fórmulas, fechas y hechos aislados ocupa demasiado tiempo de los estudiantes. Esa memorización tiene un solo destino: el olvido, una vez pasada la prueba. La escuela es el espacio que debe formar sistemáticamente a los estudiantes en el aprender a manejar tanta información, a pensar y entenderla bien, a relacionarla con otras informaciones, a criticarla si es necesaria, y a utilizarla cuando sea necesario. En vez de tanta prueba, sería importante que a los estudiantes se los guíe para aprender a realizar producciones auténticas en base a lo que aprenden en la escuela, pocas en cada año, que integren varias materias, y que puedan mejorarse año a año. 
  • De la distancia o indiferencia hacia la cooperación activa: cuidar que en cada aula, en cada escuela, se construya un territorio libre de burlas es una responsabilidad de todos los adultos que educamos: docentes y familias. Promover la cooperación y el apoyo entre los estudiantes es un largo recorrido que requiere que los docentes y las familias coincidan en estos valores, y que cada día se avance un paso. Hay que vencer egoísmos naturales, controlar el deseo de dominación, y hacer florecer la solidaridad, la tolerancia y el orientarse por metas de superación personal, en vez de buscar sobresalir sobre los demás. Instalar una costumbre semanal de dialogar con el grupo clase para ver cómo van las cosas entre ellos puede ser vivido como una pérdida de tiempo, o como una enseñanza para toda la vida porque la gente se entiende hablando.

Cómo puede la familia ayudar a los estudiantes

Por último, pero sin restarle importancia, Irene Kit enumeró algunas de las formas mediante las cuales las familias pueden acompañar a los estudiantes.

  • Cuidar las horas de descanso, ya que la falta de buen dormir hace estragos en la atención, motivación y esfuerzo que tienen que hacer los estudiantes en la escuela. 
  • Valorar el esfuerzo cotidiano, preguntando lo que se hizo, transmitiendo confianza y respaldo a los hijos e hijas. Faltar a clases tiene que ser una excepción, y luego hay que recuperar y buscar lo que se trabajó.
  • Predicar el buen trato y el respeto que debe imperar en la escuela, con los docentes y con los otros compañeros. Preguntar tanto si su propio hijo es motivo de burlas, como manteniendo atención a que no burle o maltrate a otros compañeros o a docentes.
  • Buscar formas de mantener contacto con los docentes, preceptores, autoridades. Solicitar reuniones, ya sea presencial como pedir contacto virtual o telefónico.
  • Tratar de mantener viva la curiosidad, que la llama del “por qué” de los niños y niñas, no se apague, que sigan preguntándose por qué suceden las cosas que viven cada día, y que lleven esas preguntas a la escuela

Irene, finalmente, comentó que muchas veces los padres lamentan no tener dinero para comprar tal o cual objeto pero, sin embargo, aseguró que lo mejor que ellos pueden dejarles a sus hijos es “la seguridad del amor de su familia, y la valoración del aprender y esforzarse como camino para la propia felicidad y realización”.

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