Por Alicia Barrios

abarrios@cronica.com.ar

La historia vuelve a repetirse. Francisco profeta. En el día de la Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, advirtió no olvidar lo qué pasó. Recordar para evitar que tal calamidad para la humanidad se repita. Por eso no descartó que estas terribles cosas puedan volver a suceder.

Jorge Bergoglio tiene la humanidad del recuerdo. No se pierde nada en su memoria. Porque esa es la primera condición para un futuro de paz y fraternidad. No le gustan las propuestas ideológicas que, por salvar a un pueblo, terminan destruyéndolo y arrasan con la humanidad.

El exterminio, la muerte y brutalidad tienen como ejemplo potencial el Holocausto. Francisco habló de Auschwitz. Hasta allí llegó poniendo sobre las tablas el 27 de enero de 1945, cuando las tropas soviéticas liberaron a los pocos miles de prisioneros que aún quedaban con vida. A Francisco lo hermana con el pueblo judío la comprensión del dolor ancestral de haber padecido el mayor exterminio humano.

Hay una comunión entre él y los judíos que nunca se sintieron tan comprendidos por un líder mundial como con este Papa. Por eso mismo es que Francisco anunció desde la Biblioteca Apostólica, en la audiencia pública, qué hay que elaborar programas educativos que inculquen a las generaciones futuras las enseñanzas del Holocausto con el fin de prevenir los genocidios.

El Papa está por la condena sin reservas de todas las manifestaciones de intolerancia religiosa contra personas o comunidades. En su pensamiento íntimo, que todos tenemos, tiene que haber estado presente Simón Peres, el ex primer ministro israelí, premio Nobel de la Paz, que lo recibió en su residencia, con una orquesta en vivo que hizo sonar la Marcha Triunfal de Aída, de Verdi.

Estuvieron tres horas a solas, trazando los pasos de la Paz en Medio Oriente. Peres, a los 91 años, acompañó a Bergoglio en el abrazo entre judíos, musulmanes y cristianos, cuando los referentes de las tres creencias plantaron un olivo juntos. Esa hermandad con Peres es un libro de sabiduría.

En el corazón de Francisco también late la entrañable relación con el rabino Abraham Skorka, con quien compartió el programa “La Biblia Diálogo Vigente”. Para presentar el currículum de Skorka, haría falta una edición completa de Crónica.

Cuando viaja a Roma se aloja en Santa Marta y esos días cocina los platos típicos israelíes que a Bergoglio le encantan. Tanta confianza y complicidad entre ellos dos se reducen en una anécdota. Es conocido el sentido del humor del Papa, quien cuando era cardenal no perdía oportunidad de tomarle el pelo a Skorka porque River se estaba por ir al descenso: “Qué sopita de gallina me voy a comer”, le decía.

Cuando San Lorenzo empezó a andar mal, su preocupación no sólo era que el club de sus amores se fuera al descenso, sino que Skorka, como tantos otros, se la iban a cobrar.

Estuvo a punto y Bergoglio en las peticiones de la última misa que dio frente al estadio azulgrana, pidió junto a los vecinos de la Villa 1-11- 14 por San Lorenzo: “Porque, la verdad, no está pasando un buen momento”. Y no se fue al descenso. Creer o reventar.

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