Nathuram Godse fue certero con sus disparos. Un tiro en el pecho y otros dos en el abdomen fueron suficientes. La violencia, ese mal que había combatido durante toda su vida, había terminado con Mohandas Karamchand Gandhi, el Mahatma. El 30 de enero de 1948, el mítico líder pacifista se convertía en inmortal. Tenía 78 años.

Su lucha contra el colonialismo y su deseo de independizar a la India, siempre con la palabra y la paz como emblemas, hicieron de este hombre, diminuto en tamaño pero enorme en su acción, un ícono del siglo XX. Gandhi nació en Porbandar el 2 de octubre de 1869, en lo que era el Raj Británico.

Cuando solamente tenía 13 años, se casó con Kasturba Makhanji, de su misma edad. Como era costumbre en el país, el matrimonio había sido acordado por sus padres, seis años antes. La mujer sería su compañera durante toda su vida y, juntos, tendrían cuatro hijos, antes de predicar el celibato.

Durante su juventud, se instaló -paradójicamente- en Londres, donde se formó como abogado, antes de regresar a su país. Poco después, un nuevo viaje lo llevó a Sudáfrica, donde permaneció durante varios años y, siempre con la convicción de evitar las revueltas armadas, puso en marcha, en 1906, lo que se conocería como “resistencia pasiva”, en oposición a las leyes que discriminaban a los indios en este país.

El retorno
Su vuelta a la India se dio en 1915, cuando empezó a desarrollar una intensa campaña pacífica contra la opresión británica. Tras adoptar las costumbres más tradicionales de su país, su prédica le valió el título religioso de Mahatma. Bajo su actitud pacifista y su impulso a la desobediencia civil, Gandhi participó en 1930 de la denominada Marcha de la Sal, una campaña que derivó en un levantamiento no violento que terminó con la detención de más de 60.000 personas, quienes desafiaron la Ley de la Sal británica, que prohibía a los indios su recolección o venta.

Sin embargo, en los años siguientes, su postura antibelicista también fue criticada, en especial cuando se desató la Segunda Guerra Mundial. El líder explicó que no podía apoyar un enfrentamiento por la libertad, cuando ella misma les era negada a los indios. Fueron los mismos británicos quienes lo encarcelaron, el 9 de agosto de 1942, y lo retuvieron durante dos años en la ciudad de Pune, junto a su esposa.

Makhanji no sobrevivió y murió en prisión en febrero de 1944. Para el Mahatma fue un golpe difícil de superar. Pero no se rindió. Recuperada la libertad, siguió su prédica en favor de la independencia que, tras largas luchas políticas, fue conseguida el 15 de agosto de 1947, cuando fue declarada la Unión de la India, mientras que también se formó Pakistán.

Los meses siguientes estuvieron cargados de conflictos religiosos y políticos. Así llegó el 30 de enero de 1948. Gandhi rezaba en su vivienda de Birla Bhavan, en Nueva Delhi. Fue entonces cuando se le acercó el radical hinduista Nathuram Godse y lo asesinó a sangre fría. Murió a los 78 años, pero su legado será imborrable.