Debe equilibrarse entre libre comercio y proteccionismo
Opinión por Javier Carrodani.
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@javiercarrodani
Una clásica definición del concepto de apertura económica señala que es "el proceso mediante el cual los países que practican el proteccionismo económico abren sus fronteras al comercio internacional y a la inversión extranjera". Como idea complementaria, puede afirmarse que la apertura económica de los países favorece las actitudes tendientes a la globalización de la economía mundial.
Y quienes defienden esta política sostienen además que estimula el desarrollo eficiente de la producción de bienes y servicios en todo el mundo. Ahora bien, en la actualidad, los principales países del mundo están priorizando la protección de sus mercados internos, dado que en muchos rubros de la economía la libre entrada de productos a precios muy inferiores a los internos destruye empresas y empleos locales.
En la Argentina -pese a que está ocurriendo este fenómeno, sobre todo desde los comienzos de la gestión de Mauricio Macri- el rumbo es aperturista, con la idea de ampliar las exportaciones y de fomentar importaciones de bienes de capital -máquinas, tecnología, etc.- que mejoren la productividad de las empresas argentinas. En ese sentido jugó la reducción y/o quita de retenciones a productos exportables, algo que ahora se revirtió dado el ajuste que busca lograr el déficit fiscal cero.
El gobierno anterior hacía prácticamente lo contrario: limitaba fuertemente la entrada de productos importados con fuertes aranceles, para proteger a las industrias locales y sus fuentes de empleo, además de incentivar el consumo interno. La gran crítica -a esa gestión y a todas las que practicaron el proteccionismo- es que, con el argumento de cuidar los empleos, unos pocos empresarios locales pueden fijar los precios a voluntad y, como no tienen gran competencia, llegan a pagar sueldos importantes gracias a que venden muy caro productos que, en general, son inferiores a sus similares importados.
Es decir, los consumidores terminan financiando el buen pasar de esas empresas a costos injustificados, cuando podrían tener acceso a mejores productos bajando los aranceles. Todo indica que la salida justa sería que, en cada rubro o actividad, se fijara inicialmente un arancel a las importaciones que ponga en situación de paridad de precios y calidades lo importado con lo nacional.
Y con miras a propender a la mayor eficiencia y calidad de la producción local, habría que aplicar una baja gradual de ese arancel, con plazos que permitieran a las compañías locales hacer las inversiones necesarias para mejorar la calidad de sus productos. Eso evitaría el "achanchamiento" que se les suele achacar a los empresarios argentinos.

