@marianoboettner 

Estornudó el mundo financiero y la Argentina se resfrió. O peor: descubrió que venía una tormenta y que no tenía paraguas ni abrigo. Desde hace dos semanas que el país sufre, junto con otras economías similares, las consecuencias de algunas decisiones financieras en el mercado externo.

Las monedas de todos los países de la región, al igual que el peso, se devaluaron en los últimos 15 días, pero sólo la Argentina tuvo que descolgar el teléfono para llamar al FMI, un viejo acreedor que miró, hasta este momento, con distancia y con buenos ojos el proceso económico de los últimos años.

¿Por qué entonces el gobierno tuvo que recurrir al Fondo si no hay nada parecido a una crisis internacional en la actualidad? Por varias razones, aunque una de ellas es constitutiva. Desde hace más de dos años el gobierno eliminó cualquier traba para la entrada y salida de capitales desde el exterior, lo que tuvo, por un tiempo, la ventaja de un ingreso rápido y masivo de dólares para invertir en el país, principalmente en activos financieros (mucho más que en inversiones productivas).

El problema del flujo favorable de fondos surge cuando el ciclo se revierte: el país se hizo tan dependiente de esos dólares que, cuando se van, la economía sufre el cimbronazo más que otras naciones. Y el gobierno dio todas las muestras de que la salida de dólares ya es realmente preocupante: tuvo que recurrir, en el primer tropezón financiero, a la bala de plata.

 La vuelta del FMI probablemente dará cierta confianza a los mercados. Lo que no está claro, y enciende alarmas, es qué costo tendrá para el resto de los argentinos.