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Se cumplieron este martes cinco años de la asunción de Jorge Bergoglio como el papa Francisco y, como argentino, el dato resulta insoslayable. El Sumo Pontífice sorprendió a todos, no sólo por su edad, sino porque se transformó en el primero del hemisferio sur en alcanzar semejante distinción. Sudamericano y argentino. Imposible por donde cualquier analista hubiera querido verlo.

Pero en este lustro quedó claro que la elección de Francisco tuvo mucho que ver con un necesario cambio en la Iglesia, con un pensamiento propio del siglo XXI. Hasta 2013, la institución venía de años de deterioro y pérdida de credibilidad, en especial en la gestión de Benedicto XVI.

Los abusos de los curas, el silencio ante atentados y atropellos a la condición del hombre y de la mujer por parte de algunas potencias y, sobre todo, la pérdida progresiva de los más esenciales valores humanos. Bergoglio interpretó y encarnó esa necesidad. Sus dichos, siempre en privilegio de los más desposeídos, de los discriminados, los ancianos, los enfermos. La Iglesia de los pobres. Su pedido de disculpas ante tantos delitos sexuales perpetrados por sacerdotes y la reactivación de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, que tiene como objetivo la prevención de los abusos sexuales a menores.

Lo acusaron de no comprometerse a fondo con muchos temas. También, de no intervenir en los problemas de la Argentina, de no tomar posición en la mentada "grieta". Otros, de forma malintencionada, vincularon sus acciones con el peronismo y hasta miraron con lupa a los políticos, empresarios y personalidades que recibió. Un análisis miserable.

Francisco no se hizo ni se hará el desentendido, pero lo que no comprenden quienes lo atacan es que el Papa es, por sobre todas las cosas, un político. Este Papa revolucionario, totalmente fuera de lo común y que devolvió un fervor apagado por las causas justas, entiende todo: sólo la política puede cambiar el mundo.