Este lunes hay paro general de la CGT. Es el tercero durante la presidencia de Mauricio Macri. El segundo y medio, mejor dicho, porque hubo uno -mientras se votaba la reforma previsional, en diciembre pasado- que duró medio día. Los dos anteriores estuvieron signados por las internas de los dirigentes gremiales sobre quién conduciría la central, qué postura adoptarían frente al Ejecutivo y cuál sería el futuro de los trabajadores.

Éste también podría serlo, porque nada de eso se definió en todo el tiempo que pasó desde el 6 de abril de 2017 hasta este lunes. Sin embargo, la realidad se impuso de tal forma que dialoguistas y combativos, que moyanistas, gordos, independientes y cuantos grupos internos puedan definirse, entendieron que era necesario hacer una medida de fuerza.

Como suele suceder, la previa estuvo signada por los cruces verbales entre funcionarios del gobierno nacional y los dirigentes sindicales. Lo que no hubo -jamás hasta ahora- es un diálogo profundo sobre el futuro de los trabajadores. El gobierno planteó un camino, que los gremios rechazan.

Ese rumbo está plasmado en la reforma laboral enviada al Congreso en distintas partes, una estrategia pergeñada para lograr un consenso negociado, que fue descartado por el peronismo -a pedido de la CGT- antes si quiera de comenzar. El oficialismo, que reconocía errores y anunciaba con una sonrisa giros de 180 grados en alguna de sus posturas, quedó definitivamente abandonado a principios del año pasado.

Habrá, sí, seguramente, un llamado al diálogo a los popes sindicales. Se harán anuncios de acuerdos (obras sociales, trabajo para los jóvenes, etc.). Pero nada de impacto. Para eso debería haber diálogo, y no sólo reuniones. Lo señalaron en reiteradas oportunidades los opositores dialoguistas, que buscaron por todos los medios negociar con el gobierno en la disputa por las tarifas de luz y gas.

Lo mismo hicieron desde la Iglesia. Y también los gremialistas que no quieren que triunfe la postura de Pablo Moyano, de ir al choque contra el oficialismo. Pero frente a todos esos pedidos, el gobierno ratificó su rumbo. Quizás el paro lo obligue a dialogar de verdad. O quizás todo siga empeorando.