@alicia_barrios 

Francisco salió de Santa Marta. Celebró, en este segundo domingo de Pascua, el día de la Divina Misericordia. Lo hizo en misa privada, en la iglesia de Santo Espíritu en Sassia. Es un santuario que, veinte años atrás, Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. En la homilía, el Papa recordó dos momentos del carisma de Santa Faustina Kowalska, venerada como apóstol de la Divina Misericordia.

Las cosas no suceden porque sí. Son milagros probados. Jesús le dijo a Santa Faustina: “Yo soy el amor y la misericordia misma, no existe miseria que pueda medirse con mi misericordia”. Hay que saber qué es la misericordia. Se trata de la disposición a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos.

Es una práctica. Justifica al pecador, no el pecado. Es benévola en el juicio o castigo. En latín “misere” quiere decir miseria o necesidad; “cor”, “cordia”, corazón. Exacto es así: corazón solidario con los que tienen necesidad. Por ejemplo, una actitud misericordiosa es cualquier persona sobre la cual tienes que inclinarte para vendar sus heridas.

Jorge Bergoglio sabe de qué habla y dijo: “La misericordia no abandona a quien queda atrás”. En el mundo se está insinuando este peligro de pensar en una “lenta y ardua recuperación de la pandemia”, pero olvidando al que se quedó atrás con el riesgo de que nos azote otro virus, que es el del egoísmo indiferente, el que hace que pensemos que la vida mejorará si nos va bien a cada uno de nosotros, descartando a los pobres e inmolando en el altar del progreso al que se queda atrás.

Pero esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Hay siete obras de la misericordia: Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Dar posada al peregrino. Vestir al desnudo. Visitar al enfermo. Visitar a los presos. Enterrar a los difuntos. Enseñar al que no sabe. La misericordia es el centro del pontificado del papa Francisco, que había llamado a un año santo para demostrar cómo es Dios con nosotros: misericordioso.

Lo central del pontificado de Bergoglio es la misericordia de perdón que se traduce en la inclusión. Francisco tiene la sabiduría de no ignorar que la humanidad (como suced. aquí y ahora) cae continuamente, y el Señor lo sabe y siempre está dispuesto a levantarnos.

Aconseja Bergoglio, como el maestro que es, mostrar nuestras caídas para que nos levante: un pecado, remordimiento del pasado, herida en mi interior, rencor hacia alguien. Hay que mostrar las miserias para descubrir la misericordia. Jesús en vos confió.