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El consultor de gobierno Jaime Durán Barba relativizó en varias ocasiones el peso específico, si de política se trata, del papa Francisco. ¿Correspondería resumir esa mensura a la relevancia de la misión global del Sumo Pontífice? Se nos ocurre que no y el debate podría enriquecer conceptos, vigencias y pensamiento crítico.

El ex cardenal Jorge Bergoglio proyecta su impronta mucho más allá de su investidura, a tal punto que los italianos suelen jactarse ante los argentinos que visitan esa nación europea que "Francisco es un italiano más", similar simpatía despierta él incluso entre ateos o devotos de otros credos.

Detalles para ejemplificar que la era Bergoglio se sostiene sobre columnas de pensamiento y acción que declama la Iglesia desde sus bases más sólidas e históricas. El Papa no teme a tópicos de alto riesgo. La pobreza, la seguridad social, la miseria y los excesos de la propia Iglesia son algunos temas habituales.

Desde esos pasos, Francisco dejó el viernes un mensaje a los dirigentes obreros de 300 países, que discutieron hace algunas horas en Roma sobre el modelo sindical que exige la globalización. "No dejen que los intereses espurios arruinen su misión, tan necesaria en los tiempos que vivimos", fue una de sus posdatas antes de viajar a la India.

Sin temor a la grieta donde fue incluido, sin consulta previa, en esta tierra, el Papa invitó una vez más a mirar el bosque y cada árbol. Desde la consideración de que el trabajo y el movimiento obrero del mundo están en el centro del desarrollo humano integral, el cual debe ser sostenible y solidario.

En sus palabras al sindicalismo, les pidió que "no se olviden de su rol de educar conciencias en solidaridad, respeto y cuidado", al conjunto de dirigentes sindicales del mundo. Mientras no falta quien celebre la desaparición de la metáfora, el Papa apela a las más concretas, que van más allá, incluso de la grey católica; suma enemigos, quizás, pero ampara y sana heridos.