INFORME ESPECIAL

Revelador: la naturaleza de "La Bestia"

El Diablo y sus múltiples fisonomías.

Por Carlos Parodi (*)
carlosparodi64@gmail.com

Una errante, cíclica y aterradora dicotomía acerca de la noción del “Bien” y del “Mal” nos desvela desde los albores de la Vida.

En tal sentido, la escalofriante figura del “Diablo”, conlleva un sinfín de formas y significados que se deslizan como serpientes infernales por los oscuros pasadizos imaginarios de la existencia humana.Y fue en las milenarias civilizaciones y cultos de la antigüedad, en los cuales el “Innombrable” adoptó disímiles nombres y formas.

Metamorfosis del “Oscuro”

Para la religión hebrea la encarnación del “Mal” la representaba “Abbadon”, que era sinónimo de “abismo insondable”, al igual que para los griegos era el “Apolión”. Los persas se referían a “Ahrimán” como el “Maligno”, mientras que en Egipto se denominaba “ Seth” al Dios de la Oscuridad.

En la India al “Señor de las Tinieblas” se lo llamaba “Mirtyu”, y fue “Mogwai” el Diablo de la mitología china. Dentro de la cosmogonía asirio babilónica, “Pazuzu” ( recordado por su participación “estelar” en la película “El Exorcista” de 1974) era el demonio del desierto. Mientras que en el Tibet son milenarios los relatos de espíritus “enviados” por el “Ser Oscuro.



Remotamente la figura del Diablo ya había sido bautizada como “Baphomet” según el “Libro de Enoch”, que era un “manual de instrucción” de doctrinas esotéricas. Uno de los primeros tratados de “Demonología” surgió en la antigua Roma y se atribuye al sacerdote asceta y eremita Juan Cassiano (360-435).

Otro compendio había sido creado por Miguel Pselo (1018-1078) un filósofo neoplatónico de Constantinopla que redactó sus “Opiniones de los griegos sobre los demonios”, en las que clasificaba a dichas entidades vinculadas a los elementos de fuego, agua, aire y tierra. Durante la Edad Media proliferaron libros con cartas astrales y “categorías” de ángeles y demonios llamados “Grimorios”.

Acaso el más famoso fue “El Libro de San Cipriano, tesoro del Hechicero” que habría sido entregado “en mano” a un monje alemán en las cercanías de su monasterio. Pero lo macabro de este episodio es que dicho solar estaba en un área de influencia de los Aquelarres que agrupaban a las hechiceras en su pactos con el Demonio. Recordemos: “Aquelarre” significa “Prado del Macho Cabrío”.

Para el Libro de San Cipriano, “Lucifer” (dueño de la luz infernal) era el emperador, “Belcebú” el príncipe y “Astaroth, el duque. También el temible “Baphomet” volvió a resurgir de las sombras ya que comandaba cónclaves iniciáticos de los enigmáticos Caballeros de la Orden del Temple y su escalofriante imagen en forma de Gárgolas adornaba los altos de abadías y castillos.

Ya para la Santa Inquisición el “Mal” a vencer era una entidad conocida como “Bael” o primer “Rey del Infierno”. Fue el Papa italiano Gregorio VIII (1100-1187) quién hizo mención de los primeros rituales del “Black Sabbath” por “cuenta y orden” de las brujas.

Tiempo después y sobre la persecución de las mujeres consideradas hechiceras o brujas, el austríaco padre Jesuita Adam Tanner (1572-1632), presentó varios “recursos de amparo” en virtud que consideraba que estas mujeres eran perseguidas por meras “imaginaciones alucinantes e ilusiones diabólicas”.

El mismo camino siguió el religioso Friedrich Von Spee (1591-1635) quién en su libro “Prudencia Criminal” sacudió a los esquemas dogmáticos al pedir benevolencia en los procesos de brujería y oponerse a todo tipo de tortura.

En tanto, uno de los más importantes demonólogos fue el escritor ocultista francés Collin de Plancy (1794-1881) autor de un “Diccionario Infernal” ilustrado y publicado en 1863.

Animales “endiablados” en América
En una antiquísima Enciclopedia Católica escrita en español, se describe al Diablo “como un invisible poder que comanda Fuerzas del Mal en contra de las leyes divinas y del alma de los humanos, pero que también adquiere diversas formas bestiales” y esa crucial advertencia se extendió a lo largo depor todo el continente americano.

Así, en el norte de California, sus primigenios habitantes vinculaban a los coyotes con los “diablos de las praderas que traían maldiciones”. Otro tanto sucedía en México y en países de Centro y Sudamérica con las “inoportunas” visitas nocturnas de víboras, búhos, reptiles y murciélagos a las que les otorgaban un significado maligno, portadores de enfermedades y de pésimos augurios.



En Paraguay, Perú, Bolivia, y norte de Argentina resignificaron sus propias entidades malditas”. En los Valles Calchaquíes la figura de la “Huayrapuca” refiere a un diablo con figura femenina, en tanto el temible “Toro Zupay” ronda las zonas aledañas a las cuevas del Infierno o “Salamancas”.

EXPERIENCIA VIVIDA EN “LA SALAMANCA”

El prestigioso antropólogo y gestor cultural argentino Ricardo Santillán Guemes (fallecido en 2019), dejó tras de si una obra extraordinaria que abarca las cosmogonías y el riguroso estudio de las costumbres y leyendas de nuestro folkflore.

En su libro “Imaginario del Diablo” recrea un episodio vinculado a su profesión de investigador: “En una oportunidad me tocó coordinar una mesa de cultura popular en la Universidad de Belgrano en la que participaban los principales creadores de nuestra música folklórica.

Uno de ellos, realmente famoso, dijo con total convicción que él había aprendido a hacer música en la “Salamanca”, a lo cual yo, insidiosamente, le dije: “Entonces Usted tuvo que escupir al Cristo y a la Virgen a lo cual y sin ningún problema me contestó: “No, yo entré por otra puerta”.

(*) Investigador paranormal y ufológico

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