Día Mundial de la Obesidad: afecta cada vez a más personas, factores y riesgos
Organismos internacionales advierten que la enfermedad ya afecta a más de 1.000 millones de personas, con una prevalencia que se triplicó en las últimas décadas. En América Latina, el 60% de los adultos presenta exceso de peso.
Cada 4 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Obesidad, una fecha establecida por la Federación Mundial de la Obesidad en conjunto con la Organización Mundial de la Salud (OMS) con el objetivo de concientizar sobre una patología que ya afecta a más de 1.000 millones de personas a nivel global.
Pese a los avances científicos y las tendencias más recientes sobre alimentación y actividad física que promueven hábitos saludables, las estadísticas sobre obesidad siguen en aumento en casi todo el mundo.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que América Latina presenta una de las tasas más elevadas de malnutrición por exceso. Datos del organismo indican que el 60% de los adultos en la región vive con sobrepeso u obesidad.
Las estadísticas más recientes de la OMS también revelan que la prevalencia de esta enfermedad se ha triplicado desde mediados de la década de 1970. En 2022, se estimó que 2.500 millones de adultos presentaban sobrepeso, de los cuales 890 millones calificaban dentro de los rangos de obesidad.
Estas cifras reflejan que el 43% de la población adulta mundial se encuentra por encima de los parámetros de peso saludable.
La situación en la población pediátrica y adolescente es un punto de preocupación para los sistemas sanitarios. Según datos de UNICEF, existen 35 millones de niños menores de cinco años con sobrepeso. Entre los 5 y 19 años, la cifra asciende a 390 millones, lo que representa un incremento respecto a los registros de 1990, evidenciando una aceleración del fenómeno en etapas tempranas del desarrollo.
Día Mundial de la Obesidad: hábitos alimentarios y sociales
Los expertos en salud definen a la obesidad como una enfermedad multifactorial. Su origen no responde exclusivamente a la conducta individual, sino a la interacción de variables genéticas, procesos neurobiológicos y el entorno socioeconómico. La disponibilidad de alimentos, la calidad de la vivienda y otros factores influyen en la incidencia poblacional.
Instituciones como la Escuela de Salud Pública de Harvard señalan que el consumo de productos ultraprocesados es un factor determinante en la actualidad. Estos "alimentos", caracterizados por su alta densidad energética y bajos niveles de nutrientes esenciales, suelen ser más accesibles en sectores de ingresos bajos. Esto genera una correlación entre la precariedad económica y el desarrollo de la enfermedad.
La genética también cumple un rol importante en la eficiencia metabólica y la regulación del apetito. No obstante, los expertos coinciden en que el aumento global de los casos responde mayoritariamente a cambios en los sistemas alimentarios industrializados y a la reducción del ejercicio físico en zonas urbanas densamente pobladas.
Para su diagnóstico clínico, se utiliza de forma estándar el Índice de Masa Corporal (IMC), el cual se calcula dividiendo el peso en kilogramos por el cuadrado de la talla en metros. En adultos, un IMC igual o superior a 30 determina la presencia de obesidad.
Las consecuencias de la obesidad incluyen un incremento sustancial en el riesgo de padecer enfermedades no transmisibles (ENT). Entre las complicaciones más frecuentes se encuentran la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, afecciones cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer.
La OMS estima que las muertes vinculadas al exceso de peso superan los 3,7 millones anuales.
Además de los daños físicos, la obesidad conlleva un impacto en la salud mental debido a la estigmatización social. El Observatorio de la Obesidad indica que los pacientes suelen enfrentar discriminación en ámbitos educativos y laborales, lo que deriva en cuadros de ansiedad y disminución del bienestar psicosocial, especialmente en adolescentes.
Para mitigar este avance, la OPS y la OMS recomiendan la implementación de políticas públicas intersectoriales. Estas incluyen el etiquetado frontal de alimentos, la regulación de la publicidad dirigida a menores y la promoción de entornos escolares que incentiven el consumo de productos frescos, como frutas y hortalizas, para reducir la ingesta de azúcares y grasas saturadas.

