Por Jorge Fernández Gentile
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Hay historias como la del estadounidense Clifford Hoyt, que resultan muy difíciles de creer, aunque las pruebas, el contenido de la trama, incluso ciertos desfasajes de tiempo, terminen por generar un sinfín de dudas. Lo que se parece en mucho a un relato de una novela de ficción, con varios ribetes y condimentos, que la hacen absolutamente impredecible. Hay infinidad de historias, hechos, que no dejan de resultar extraños, porque sobrevuelan lo irracional, al límite de lo creíble. Sin embargo, muchas de estas historias, que tienen más de un acto, no consiguen dar una explicación fehaciente que las desencuadre de un fenómeno paranormal, un caso extrasensorial, un salto de plano dimensional. Aunque quizá resulte una fábula que no resiste una mirada real. El caso, también conocido como “El hombre que fue al infierno”, tiene fecha de inicio: sucedió el 5 de diciembre de 1999, en la carretera Maple Grove, estado de Maryland, Estados Unidos, donde se produjo un tremendo accidente que protagonizó Clifford. El hombre, de 31 años, logró salvarse de milagro, y a pesar de sufrir varias heridas y contusiones pudo, gracias a un esfuerzo casi inhumano, mover su cuerpo herido fuera del auto y quedar tendido en la carretera, para luego descompensarse y caer en estado de coma. Para su suerte, minutos después un camión pasó por el sitio y al encontrarse con tan horrible tragedia, de inmediato el transportista llamó al 911.

Ya ingresado en el hospital local, se constató que Clifford no sólo había entrado a un cuadro comatoso, sino que también tenía varias fracturas, hemorragias internas y demás lesiones, muchísimas de gravedad. Por lo que su estadía resultó muy larga y la recuperación fue extremadamente lenta. Lo que los doctores no se imaginaban era que el hombre no sólo luchaba por aquellas desgracias físicas que le habían producido el accidente (en el que se registraron dos muertes), sino que algo más ocurría en su interior. Fundamentalmente en su mente, pero también en su cuerpo. Los médicos, cuando recobró el conocimiento, les permitieron a las autoridades policiales interrogarlo, aunque antes lo habían hecho con sus familiares. Estos descartaron que Clifford bebiera alcohol o tomara drogas, para entender qué había sucedido, aclarando que él ni siquiera bebía en eventos especiales y menos se drogaba. Era un hombre sano. Aunque en su versión, repetía hasta el agotamiento que había ido al infierno y había regresado del mismo...

Aquella noche

Según contaron varios enfermeros y auxiliares del room service del nosocomio, se comenzaron a escuchar gritos de desesperación de aquel hombre en el hospital, acompañados de golpes a la pared y sonidos desgarradores, angustiantes. Así, cuando los médicos y enfermeros ingresaron en la habitación de Clifford, lo encontraron asustado pero gritando como desquiciado, con sus globos oculares que parecían salirse de sus órbitas. Se movía tanto y sus alaridos eran tan increíbles que para poder inyectarle un calmante debieron agarrarlo entre varios. Y aún así no fue una tarea sencilla.

¿Qué era lo que Clifford Hoyt vociferaba? Mientras lloraba sin consuelo, repetía que durante todo ese tiempo había estado en el mismísimo infierno. Pero no solamente eso: aseguraba que había experimentado innumerables torturas y vejámenes, al momento que inimaginables brazos lo perseguían todo el tiempo, en medio de un clima que se entremezclaba con fuego, olor a azufre pero también a podrido, mientras un coro de lamentos parecía atornillarle el cerebro.

Aun cuando Clifford Hoyt lloraba sin parar, su manera de relatar y sus dichos mostraban una marcada coherencia, tan vívido y creíble, que entre los presentes no sólo le creyeron, además afirmaron que no parecía delirar ni daba signos de estar afectado por los medicamentos que le habían prescripto..

Alta, a medias

A pesar de aquella noche increíble, el hombre, reservado, llegó a repetir la historia a algunos médicos, y con el correr de los días comenzó a superar las heridas, aunque nunca aceptó ser tratado por un terapeuta psicológico, fundamentalemente porque su relato se mantenía pero rechazaba cualquier tipo de tratamiento, y menos de carácter psiquiátrico. Una vez que sus heridas le permitieron ser un paciente ambulante, Clifford Hoyt pudo regresar no sin ciertas dificultades a su discreto departamento que alquilaba.

Fue entonces cuando, con el correr de los días, sus vecinos comenzaron a quedarse con el dueño del edificio, ya que en el piso que alquilaba Clifford se escuchaba música todo el día, e incluso toda la noche. Ante semejantes quejas, el dueño del edificio decidió tomar cartas en el asunto y esa misma noche se dirigió hacia el departamento de Clifford, para dialogar cara a cara con él y pedirle que cesara con los ruidos.

Sin embargo, el propietario, al llamar reiteradamente la puerta y no recibir ninguna respuesta a sus incesantes golpes, decidió entrar con la llave maestra, que todo dueño posee, ya que pensó que al tener tan alta la música, podía ser que no lo escuchara. Jamás imaginó entonces lo que vería instantes después, ya que luego de trasponer un desordenado living, donde la música salía de un equipo a todo lo que daba, se encontraría en una habitación contígua con Clifford Hoyt lúcido pero tirado en el piso, abrazando una enorme barra de hielo. La sala parecía una pocilga, llena de excremento. El propietario tomó fotografías del lugar para entregarle a la policía, a la que llamó inmediatamente.

Las primeras palabras que intercambió con Clifford sorprendieron al propietario, ya que, semidesnudo, dijo que la música estaba al máximo para que los demonios del infierno no se lo llevaran otra vez, y porque solamente así los podía mantener alejados. Y sobre la barra de hielo, que de a poco se consumía, la abrazaba porque no soportaba el calor.

Luego de eso, y una vez que las autoridades policiales lo interrogaron y ubicaron a sus familiares, estos se vieron obligados a internarlo en un centro psiquiátrico de Maryland. Los médicos afirmaban allí que su comportamiento se debió al daño cerebral que sufrió durante el accidente, pero Clyfford, hasta la última vez que se lo vio, repetía sin pisarse ni confundirse, que los demonios aun lo perseguían.

Aunque algunos afirman que semanas después Clifford falleció, otros en cambio dicen que sus familiares decidieron cambiarlo de sitio y que aún hoy vive, y que sigue repitiendo lo mismo. Sin embargo, lo más sorprendente y a la vez escalofriante es el dato que se muestra a continuación: en el diario The Baltimore Sun, de Maryland, figura una noticia de un accidente en la misma carretera en 1999. En ese trágico hecho murieron dos personas, una de las cuales se llamaba Clifford Hoyt, quien al momento del deceso tenía 17 años. ¿Error? ¿Fraude? Si se hace bien la cuenta, dicho joven tendría 31 años, la misma edad de Clifford cuando tuvo el accidente. ¿Acaso un acto de resurrección, pero regresado del mismísimo infierno? ¿Un viaje de ida y vuelta, enmarcado en un mismo tiempo, aunque muy diferente al que se vive aquí? ¿O quizás sólo un error del periodista de aquella época? Lo que es cierto es que son muchas, demasiadas coincidencias. Y el caso jamás se aclaró, dado que Clifford Hoyt se perdió en la noche de los tiempos, vaya a saberse en qué psiquiátrico.

Frustrado diálogo con un psiquiatra

Cuando Clifford Hoyt fue evaluado por los médicos forences, tras ser hallado casi desnudo y abrazado a una barra de hielo, semanas después de superar un tremendo accidente, del que pocos entienden cómo pudo reponerse, dadas las innumerables contusiones y golpes, externos e internos, además de quebraduras y torceduras que padecía, de los que salió a flote lentamente tras varias semanas. No obstante, y una vez que recibió el alta médica (nunca había aceptado recibir atención psicológica y mucho menos psiquiátrica) sus dichos no solamente sorprendieron por su forma de relatar lo que sentía y cuánto era lo que estaba viviendo, supuestamente, como por la forma en que encaraba, de forma verosímil, cada una de sus respuestas. Tanto es así que medios locales de Maryland lograron rescatar el relato del psiquiatra que le tomó declaración testimonial. El terapeuta, que no dio a conocer su identidad, contó que, cuando Clifford Hoyt entró en su oficina, se mostró en todo momento seguro y decidido en sus dichos, reiterando una y otra vez qué era lo que sentía y que percibía que había vivido. El forense le consultó, directamente: “¿Te importa explicarme el bloque (barra) de hielo Cliff?”, a lo que Hoyt, sentado al otro lado de la oficina, y asegurándose de equilibrar el trozo de hielo que tenía entre sus piernas y que nunca abandonó, respondió sin demasiada voz: “Estoy ardiendo”. El policía repreguntó, como buscando más explicaciones. “¿Ardiendo?” y al instante asintió y apretó el bloque de hielo contra su pecho. “Sigo ardiendo”.

Fue entonces que, como se ve en las series, el terapeuta acercó su silla al interrogado y le requirió precisiones, al consultarlo nuevamente: “¿Por qué te estás quemando Cliff?” Pero Hoyt, lejos de responder, pareció burlarse, miró el suelo de baldosas grises de esa habitación sin ventanas y luego comenzó a girar alrededor de su cabeza de lado a lado, como si intentara hacer una rara figura, y volvió a hablar: “Se queman. No me dejarán en paz”, replicó. Como si no entrara en razones, el médico replicó. “Cliff, ¿quieres hablar conmigo sobre tu accidente? ¿Recuerdas lo que te sucedió en diciembre de 1999?”, inquirió el oficial, a lo que Clifford, poniendo su atención a la barra de hielo que había comenzado a formar un charco entre sus piernas, apenas balbuceó: “No puedo recordar. No puedo recordar nada”.

Luego el psiquiatra citó al sheriff Mason Greggs, quien lo había encontrado tras el accidente. “¿Lo recuerdas?”, le espetó, pero Clifford escupió el suelo y enseguida aclaró. “No quiero hablar de eso". Mientras limpiaba el escupitajo, el médico notó un hilo de sangre entre la saliva de Hoyt. “¿Recuerdas algo tras el accidente?”, repreguntó, pero Clifford volvió a negar con su cabeza y dijo: “Calor ... y quema. Como un bistec (carne asada), o algo así”, mientras parecía aflojar su agarre de la barra de hielo, que se iba derritiendo. Sin perder la paciencia, el terapeuta volvió a la carga, buscando más acá en el tiempo reflotar en Clifford su vivencia, al consultarle: “¿Qué pasó después de que te despertaste, Clifford?”, pero el hombre que asegura haber vuelto del infierno no perdió jamás la hilación del rumbo tomado en sus respuestas, al declarar que “los seguí viendo. Negros, sin rostro. Me gritaron y me quemaron con sus horcas”, gritó mientras volvía a aferrarse al bloque de hielo con más fuerza. Fue entonces que el médico, ya sin demasiados argumentos, trató de avanzar en la secuencia y preguntó sobre el elevado volumen de la música, cuando ya se encontraba alojado en su departamento, y recordarle que “el propietario del edificio se ha quejado de que usted mantuvo la música a todo volumen en su apartamento toda la noche”. Pero Clifford, quien por entonces inexplicablemente golpeó al hielo mientras miraba para todos lados, como un niño que busca guardar un secreto, respondió lacónicamente: “Los mantuvo alejados. Me ayudó a dormir por la noche”.

Tras ese relevamiento, Clifford Hoyt fue analizado por otros dos terapeutas, en diferentes momentos. Luego en la tarde y más a la noche, y si bien el primer psiquiatra afirmó haber visto “algo de seriedad en sus ojos”, en cambio, los otros dos llegaron a la conclusión de que el daño cerebral que había producido en el hombre el accidente automovilístico claramente había afectado a su psique.

Por eso mismo, la junta médica determinó que lo enviarían a la institución mental más cercana en Maryland. Y eso fue lo que sucedió. Aún así, el primer profesional médico dijo sentir “como un cuchillo clavado en mi estómago. Antes de su traslado, hice varias pasadas por su habitación. No se le permitió ninguna visita, pero me quedé allí, escuchando, en la habitación contígua. Y entonces en la noche, lo oí. Se oyó una risa. Una mezcla entre una carcajada y un gruñido que ningún hombre en esta Tierra podría replicar. Pero cuando abrí la puerta, Clifford se encontraba solo, todavía aferrándose a otra barra de hielo que le habían dado. Por eso, aún cuando firmé su traslado, desde entonces no creo que Clifford Hoyt haya estado mintiendo...”.