La verdadera casa de los espíritus y su escalofriante historia

Crónica Fenómenos Paranormales En esta propiedad, construida siglos atrás, almas en pena siguen vagando sin consuelo, generando temor entre las personas que la visitan. ¿Dónde queda?

Por Marcelo Peralta Martínez
paranormales@cronica.com.ar

Es cuestión de creer o reventar, dice el dicho, pero en esta propiedad construida siglos atrás la historia indica que almas en pena aún vagan sin consuelo atemorizando a propios y extraños. Si bien algunos vecinos aseguran que ya están “acostumbrados”, visitantes y turistas manifiestan que, ni bien se entra, “se te pone la piel de gallina”, y otros también coinciden en que “se te corta la respiración” ni bien se pone un pie adentro.

Así las cosas, en un municipio de la costa del territorio histórico y provincia de Vizcaya, en España, y más precisamente en la ciudad de Getxo, se encuentra la “verdadera casa de los espíritus”, frase popularmente conocida por ser el título de un libro de la histórica escritora Isabel Allende, aunque aquí la realidad juega un papel principal. Esta propiedad “encantada” por la oscuridad es famosa mundialmente y hasta se convirtió en un atractivo turístico.

La misteriosa vivienda es llamada cotidianamente de varias formas: “La Casa Encantada de Getxo”, “La Casa de los Espíritus” y quienes por temor sólo se animan a mencionarla como “La Casa Rosada”, en clara referencia a su color y con el fin de evitar algún tipo de “maldición” que esta podría tener.

 

Ubicación y orígenes

Tal como indicamos líneas arriba, la propiedad se encuentra en Getxo, exactamente ubicada en la avenida Basagoiti Etorbidea Nº 20. La edificación data de finales del siglo XIX y la obra para su construcción, que comenzó en 1898, estuvo a cargo del dueño, José Olózaga Galarreta, quien era carpintero y residiría allí junto con su esposa, María Eugenia Velázquez, oriunda de la ciudad de Santo Domingo, en República Dominicana, a quien había conocido en Cuba, país al que había viajó a temprana edad con el fin de buscar un futuro mejor que el presente que atravesaba. Así las cosas, ambos decidieron contratar al maestro de obras Francisco Ciriaco Menchaca, quien llevó a cabo las tareas pertinentes.

Cabe señalar que en 1982, al no quedar con vida propietarios legales, la casa pasó a ser propiedad de la municipalidad. En detalle, las características de la vivienda presentan cierto barroquismo mezclado con arquitectura colonial y clasicismo. En su interior, cuenta con una planta baja de varios ambientes, y desde la primera habitación se accede a un semisótano, mientras que en la terraza hay torreón y desde allí se ve el mar, ubicado a pocos metros. Los pisos son de baldosas y, tras varias modificaciones, los mosaicos, de cristal, fueron restaurados, obteniendo una mayor luz natural.

 

Es oportuno mencionar que, cuando fue iniciada la construcción del edificio, la idea principal era otra, pero finalmente se colocó una cubierta acristalada sobre el patio que funcionaba como hall central y el cual poseía un luz “nunca vista”, como un esplendor que emergía del suelo. Estos aspectos hacían extravagante a la propiedad y sobresalían dentro de la arquitectura residencial de Getxo, zona que por aquel entonces tenía pocas casas y la mayoría eran indianas.

Y de aquí surgen varios interrogantes: ¿Por qué la casa tenía un semisótano? Especialistas aseguran que esta región vasca posee un clima muy húmedo, a la vez que su cercanía al mar acrecienta esta condición, por lo que a muchos les resultó inexplicable esta situación. ¿Qué hacían allí abajo los ocupantes? ¿Qué guardaban? ¿Qué escondían? Otra particularidad fue la utilización de baldosas cerámicas, mezcladas a gusto de los propietarios, lo que hacía aún más llamativa a la vivienda, ya que no contaba con los clásicos pisos de madera. Esta, de gran calidad, fue colocada en la habitación de recepción y otros cuartos, mientras que en los baños y algunas dependencias del servicio también había madera, pero de menor costo. Con el tiempo, se supo que el semisótano estaba destinado a dependencias del servicio, por lo que surgen historias de presencias, espíritus y hasta almas infieles que por allí pasaron.

 

Llamativamente, en la parte principal, centro neurálgico de la edificación, había varios pasillos que comunicaban con el resto de las habitaciones y, de esta manera, todo se centraba en estos amplios metros cuadrados, pero la ausencia de un espacio para la tradicional biblioteca, como una oficina de trabajo y mismo la falta de una capilla (muy común por aquel entonces), daban cuenta de que la casa cumplía otras funciones y no estaba pensada como una vivienda tradicional o permanente. Eso sí, en el vestíbulo, que presentaba aspectos modernistas, se podía notar, si uno miraba hacía la escalera que da al sótano, el exquisito gusto de quienes la habitaban.

Por último, en la actualidad, constantemente recibe cuidados y arreglos, ya que ahora funciona como oficina municipal y al mismo tiempo como gran atractivo turístico para los amantes de estas historias fantasmales.

Rumores

Cabe aclarar que su primera “fama” viene con la propietaria inicial, Velázquez, quien era cantante de ópera. Esta era definitivamente peculiar en sus pedidos y tenía algunos hábitos que para aquellos años eran extravagantes. Además, solía brindar largas serenatas, destacándose entre los pobladores. Fue así como los lugareños la empezaron a llamar “La Casa Encantada”.

Pronto se corrió la voz (sumado a lo podemos decir una especie de “teléfono descompuesto”) y con la información algo cambia da estas historias llegaron a oídos de todos y cada uno de los habitantes del país.

De aquí su denominación, “La Casa Encantada de Getxo”. Poco tiempo pasó y la edificación “ya tenía vida propia”. Sucede que, por una cosa u otra, todos hablaban de ella. Es atinado mencionar que, hasta aquí, no habían sucedido hechos paranormales ni mucho menos “extraños”.

 

Llegó lo inesperado

Pasaron los años y la historia ya era otra. Aquella mujer había fallecido y junto con ella su esposo, además de algunos sirvientes. Tras meses abandonada, llegó un nuevo propietario. Este volvió a pintarla (siempre se mantuvo rosada), arregló varias cosas que estaban en mal estado por el paso del tiempo, y así volvió a lucir como en sus años de esplendor. Esta familia comenzó a vivir insólitas situaciones, que necesitaron contarles a los vecinos para no tener esa carga encima y así estos podrían protegerlos ante cualquier situación inusual que pudiera ocurrir. Con el tiempo, los diferentes habitantes de la propiedad revelaron algunos detalles de su construcción que muchos aseguran podrían ser el inicio del “encanto”.

Sucede que el proyecto para esta casa habría tenido lugar en Cuba y estaba digitado por el citado matrimonio, que se apoyó en un repertorio fotográfico y de dibujos que los inspiraron, pero que, se cree, podrían haber sido impuros. Como indicamos anteriormente, María Eugenia fue una cantante de ópera y por su carácter y su forma de vestir resultaba exótica para los getxotarras. Con cierta frecuencia, y casi siempre por las noches, ella cantaba en la terraza, lo que la hizo conocida entre los pobladores. Aquellos recitales, el aspecto de la dama y el aire indiano de la edificación, bañada en rosa, contribuyeron a recrear una atmósfera singular que llamaron la atención y provocaron el asombro a los lugareños de la época.

A partir de aquí nació la leyenda. Según los registros, en la casa no hubo crímenes ni invocaciones, así como tampoco fenómenos del tipo de apariciones, pero quienes pasaban por su interior algo extraño sentían.

 

Muerte y misterio

La pareja, que por decisión propia no tuvo hijos, falleció tras años de habitarla. Con estos decesos, la propiedad pasó a ser inmueble de los hermanos de ella, quienes, a esta altura, vivían en la ciudad de Nueva York, en Estados Unidos. Tiempo después, en 1927, y tras el desinterés de estos por habitarla, la propiedad fue adquirida por otro matrimonio: Ramón Orendaín y Sarriegui y María Amann Martínez de las Rivas.

Estos, sin pensarlo, le sumaron un condimento extra a la ya popularmente conocida “Casa de los Espíritus”. Como dijimos, ellos alertaron a sus vecinos sobre insólitos episodios fantasmagóricos y por eso decidieron volcarse a la fe y construyeron en el “polémico” semisótano una capilla.

 

Años más tarde tras el fallecimiento de doña María Amann, en 1948, quien fue la última del matrimonio en morir, sus herederos, tres hijos y una hija, decidieron vender la casa.

Fue así como esta pasó a manos de otra pareja. Se trata de Luis Malo de Molina y Soriano, quien estaba casado con Dolores de la Riva Casanova. A sabiendas de todo lo contado hasta aquí, este matrimonio se “protegió” colocando en el frente de la vivienda un escudo, como símbolo de resistencia.

Finalmente, y como insólita coincidencia, al igual que los primeros habitantes, ellos tampoco tuvieron hijos, pero sí pudieron experimentar y hasta aseguraron escuchar por las noches a Velázquez hablando en la azotea de la mansión, situación que también manifestaron los vecinos. 

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