Por Jorge Fernández Gentile (enviado especial a México)
parnormales@cronica.com

San Juan de Teotihuacán es una de las denominadas ciudades mágicas de México. Y aunque recientemente surgieron dudas y se disparó la polémica con respecto al significado del nombre con que la bautizaron los pueblos de antaño (ver tema aparte), en cuanto a lo de “mágico” tiene que ver, como en muchas otras localidades de México, con la obligatoriedad de conservar un sinnúmero de yacimientos y sitios arqueológicos de ese increíble país, cuna de grandes civilizaciones precolombinas.

Para conocer bien de cerca dos de las pirámides más imponentes que existen en todo América, el suple Fenómenos Paranormales recorrió varios de esos sitios del mal llamado Nuevo Mundo que “descubrió” Cristóbal Colón. Y ante semejante obra, las dudas asaltan casi de inmediato. ¿Las hicieron sólo las ancestrales civilizaciones precolombinas? ¿O contaron con ayuda de seres de otros mundos para construir semejantes moles?

Un lugar increíble

Visitada por más de cuatro millones de turistas de todo el mundo sólo en 2017, Teotihuacán está a 60 kilómetros de la congestionada capital mexicana, posee innumerables barrios de un centro de tinte colonial, con una comunidad muy poblada que acepta de buena gana las normas, que están muy claras y bien marcadas desde hace mucho en ese país.

Es que quienes habitan Teotihuacán saben de antemano que no pueden edificar a más altura de lo que marcan las reglas municipales y tampoco se pueden construir determinadas obras, asfaltados o estructuras que rompan con un paisaje que, de por sí, parece acorde con todo lo que está ahí nomás. Es que es un sitio donde pareciera que el tiempo transcurre más lento, y una enorme energía parece percibirse en todo momento. El objetivo es conservar (y poder visualizar desde muchos sitios) los indemnes monumentos que dejaron las antiguas civilizaciones que habitaron la región, entre las que se cuentan los teotihuacanes, los mexicas y los más conocidos por todos, los aztecas.

La reglamentación

Teotihuacán se sitúa al noreste de lo que antes era llamado el Distrito Federal o simplemente el DF, y ahora es simplemente la Ciudad de México. En ese pueblo de gente simple, muy solidaria e infinitamente hospitalaria, características muy tí- picas del común de los mexicanos de bien, aparecen a escasos kilómetros dos de las pirámides más imponentes del mundo, muy alejadas y diferentes a las de Egipto, aunque con un sentido que seguramente las relaciona en varias cuestiones. Como que, en ambos casos, son muchos los que consideramos que aquellos pobladores, sin ayuda extraordinaria, no habrían podido construir semejantes moles.

Imponentes

Para llegar a las pirámides hay que ir hasta un cuidado complejo, al que se accede por más de un ingreso, donde se debe pagar una módica suma para su mantenimiento y puesta en funcionamiento de lo que antaño fuera un ciudad precolombina donde está el Palacio de Ketzalpapalotl, que en varios momentos de su historia debió ser un sitio muy floreciente. Dicen los guías y lugareños que lo ideal es visitar en dos días, como mínimo, el predio. Y quien esto escribe da fe de que es así.

Lo que cuesta, vale

No hay que caminar mucho más de 500 metros desde la entrada principal, y de superar ferias artesanales y los cuidados restos de un antigua ciudad precolombina que ya asombra, para llegar a lo que se llama la calle o calzada De los Muertos, que enlaza con el templo de Quetzalcóatl, la pirámide de la Luna y, más allá, la imponente pirámide del Sol. Tan grandioso todo, que se eriza la piel de sólo estar en un sitio donde el sol reina a la luz del día, y seguramente la luna ilumina el predio en soledad, ya de noche. ¿Pudieron simples hombres sin maquinarias como la actuales y con rudimentarias herramientas realizar semejantes obras? Hay mil formas de explicarlo, pero suenan utópicas.

Aunque no es un simple ejercicio, y cuesta mucho hacerlo, ascender a ambas pirámides, resulta sublime para quienes visitan el lugar. Las terrazas y las cimas de ambos monumentos permiten a quienes acceden la sensación misma de que se puede tocar el cielo con las manos. Allí, la energía parece percibirse a medida que se va ascendiendo en los elevados escalones de ambas estructuras.

Luna a medias

La pirámide de la Luna consta de una planta cuadrada de aproximadamente 45 metros por lado y también esa es su altura. Hasta noviembre pasado tenía el acceso restringido a lo más alto, y solamente se podía llegar a la primera terraza.

A simple vista es más pequeña que la del Sol, pero es porque está edificada sobre un terreno más alto, ya que ambas parecen tocar el cielo a la misma altura.

Y damos fe de que subir solamente ese primer tramo de escalones de aproximadamente 40 centímetros de alto y muy angostos en su base, donde se apoya el pie, se hace muy cuesta arriba, aun con la ayuda de una soga-baranda que asiste a quienes ascienden. En los carteles explicativos se indica que su forma final la adquirió después de siete etapas constructivas. Una vez en esa primera terraza, la vista es increíble y ver hacia adelante la calzada De los Muertos y más allá la otra pirámide, que es más grande, y todas las otras edificaciones existentes, a ambos lados de la calle, impresiona, mientras el viento golpea el rostro.

Un círculo metálico marca en esa terraza un punto energético que una vez al año se activa y, dicen, sirve para energizar. Algo que no es antiguo, pero que hace a todo lo místico del lugar. Tocar el cielo es posible allí.

El sol está más lejos

Recorrer la calzada De los Muertos es detenerse a cada paso. Por ejemplo, donde se encuentra el mural del puma, uno de los animales venerados por las civilizaciones precolombinas, o cerca de la pirá- mide citada, en una estatua llamada Diosa de la Agricultura, que los arqueólogos sitúan en una época tolteca primitiva.

Recorrer la calle De los Muertos con su pedregullo grisáceo es increíble, hasta que se asoma a la izquierda la impetuosa pirá- mide del Sol, la más grande del yacimiento. De ahí que, por su envergadura y enormes dimensiones, se puede llegar a ver a varios kilómetros de distancia. Su construcción, perfecta a la vista, posee una forma casi cuadrada de 225 metros por lado, según consta en las señalizaciones detalladas que hay en varios sitios.

Muchos la comparan con la gran pirámide egipcia de Keops, salvando distancias y estilos de construcción. El edificio consta de cinco cuerpos llamados troncocónicos superpuestos y una estructura adosada de tres cuerpos que no alcanzan la altura de la primera plataforma.

A los visitantes se les permite subir hasta su cima teniendo que soportar en la ascensión 250 escalones. Quien escribe estas líneas puede asegurar que, sin un excelente estado físico, subir y bajar semejante mole da mucho trabajo y cansa a cualquiera. Ubicada al oeste de la calzada De los Muertos, la imagen actual de la pirámide corresponde en realidad a una restauración que se efectuó entre los años 1905 y 1910, cuando se habilitaron varios edificios de la calle, ya por entonces con objetivos turísticos.

Esa extraña sensación

Aunque la construcción precolombina no da a entender su uso, todo hace suponer que los habitantes de Teotihuacán lo utilizaban como una forma de culto al astro que rige los destinos de nuestro sistema planetario, pero también como morada final de los dioses, aunque esto se mantiene en discusión. Eso sí, algunos osados investigadores -a los que se suma este escriba- aseguran que en realidad toda la edificación de la calzada De los Muertos, y en especial ambas pirámides, son una forma de monolito o signo que, desde las alturas, habrían utilizado los “dioses” -léase: seres de otros mundosque ayudaron con tecnología y probablemente maquinaria a la construcción de un sitio que, mudo, da pocas explicaciones de por sí. Aunque maravilla con apenas verlo.

¿Dudas con lo que significa el nombre?

Un estudio del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH) reveló que el nombre de la urbe prehispánica de Teotihuacán, situada a 60 kilómetros de la capital mexicana, no significa “ciudad de los dioses”, como se creía hasta la fecha.

En el último tercio del siglo XX, una traducción del idioma náhuatl popularizó a Teotihuacán como el “lugar donde los hombres se convierten en dioses”. Sin embargo, nuevos análisis arqueológicos, de inscripciones y de símbolos de varios documentos, revelaron que la urbe fue nombrada “ciudad del sol” por los pueblos que llegaron a la zona después del siglo VIII, una vez que la urbe había sido abandonada por sus pobladores originales, señaló el INAH en un comunicado.

Los investigadores Verónica Ortega, Edith Vergara y Enrique del Castillo sostienen que la nomenclatura de Teotihuacán aludía a que “ahí se nombraba al sol, el legítimo gobernante”.

Teotihuacán, fundada en el año 100 a.C., fue una gran metrópoli sagrada, conocida por sus pirámides, cuyos orígenes y pobladores son todavía inciertos. Las ruinas de la ciudad, caída alrededor del 650 d.C., fascinaron a los distintos pueblos que se asentaron en el actual Valle de México, entre ellos los aztecas, quienes bautizaron la ciudad con el nombre actual.


Agradecimientos: Concepción Gutiérrez Salas y familia, al Museo de Teotihuacán, a todos los habitantes de ese pueblo mágico y a Dogma-Argentina (dogma-argentina.com.ar), que proveyó de equipamiento utilizado para la investigación. Fotografías: Brandon Alexis López Gutiérrez (México)