Por Doctor Antonio Las Heras
paranormal@cronica.com.ar

La reencarnación, palingenesia o la metempsicosis es la creencia de que tras fallecer hay “algo” de la persona que subsiste en otra esfera imperceptible -el Más Allá-, con la característica específica de que ese “algo” mantiene la conciencia de quién fue durante en la vida terrenal. Un tema que atrapa, genera muchas veces polémica y que vale la pena profundizar, para aclarar bien los conceptos.

Ideas reencarnacionistas se encuentran ya en la más antigua Tradición Hermética, que afirma la existencia de un principio perenne e individualizado que habita y anima al cuerpo humano y que, ocurrida la muerte, transcurre un tiempo indefinido en el Más Allá, hasta encontrar un nuevo cuerpo conveniente, reencarnando en este.

Para todas las escuelas iniciáticas, esotéricas y de sabiduría, la reencarnación es un hecho cierto y comprobado, siendo, por lo demás, la causa primera por la cual cada persona durante su tránsito terreno debe procurar mejorar en sus facetas espirituales e intelectuales, en vista a un crecimiento trascendente que lo ligue, de manera definitiva y trasmutadora, con el plan trazado por el Gran Arquitecto del Universo. La reencarnación es una de las creencias más antiguas. Forma parte del Hinduismo, el Budismo y de otras filosofías orientales. En Occidente, la reencarnación tuvo adeptos entre algunos filósofos griegos. En nuestros tiempos se encuentra entre las enseñanzas de las sociedades teosóficas, los gurús indios, los psíquicos y el movimiento de la Nueva Era por el cual se han importado muchas creencias orientales, casi nunca comprometiéndose a serios cambios de vida, sino como algo que simplemente está de moda.

Otras miradas

Las más antiguas civilizaciones como la sumeria, egipcia, china y persa conocieron la reencarnación en profundidad, pero esos saberes quedaban restringidos solamente a los iniciados. Es por ello que los cultores de la historia oficial prejuzgan, suponiendo que no creían en la reencarnación. Lo que es absolutamente falso, dado que los sacerdotes dedicaban sus días a progresar espiritualmente y desentrañar lo más posible las leyes universales, a efectos de estar preparados para una futura vida mejor.

Es por ello que el enorme esfuerzo que dedicaron aquellos iniciados a la edificación de pirámides, tumbas y demás construcciones funerarias, no demuestra en absoluto que creyeran en una sola existencia terrestre. Puesto que dichos monumentos tuvieron otras finalidades y nunca fueron tumbas. Así sucede con las pirámides de Kheops, Kefren y Micerino, en las que, si bien jamás fue hallado un esqueleto humano o una momia, los egiptólogos ortodoxos siguen insistiendo en que fueron tumbas, cuando en verdad son monumentos a la sabiduría científica y esotérica. Cuando apareció el Budismo en la India, en el siglo V a. J., adoptó la creencia en la reencarnación. Por ello se extendió en China, Japón, el Tíbet, y más tarde en Grecia y Roma, y así penetró también en otras religiones, que la asumieron entre los elementos básicos de su fe.

Primeras manifestaciones

La primera vez que aparece la idea de la reencarnación es en la India, en el siglo VII a. J. Si se rastrea el tema de la reencarnación, que en una de sus definiciones dice que el alma de una persona muerta es transferida al cuerpo de otro ser, no aparece en ninguna de las fuentes básicas del judaísmo. Recién el “Zohar” y la mística cabalística proveen al judaísmo de una idea tal como la reencarnación. Pero hay que destacar que el judaísmo jamás aceptó la idea de una reencarnación. Así, en el Salmo 29 se puede leer: “Señor, no me mires con enojo, para que pueda alegrarme, antes de que me vaya y ya no exista más” (v.14). A su vez, el Libro de la Sabiduría dice: “El hombre, en su maldad, puede quitar la vida, es cierto; pero no puede hacer volver al espíritu que se fue, ni liberar el alma arrebatada por la muerte’” (16,14).

Fue recién en el año 200 a. J. cuando el pueblo judío adoptó la fe en la resurrección, y quedó definitivamente descartada la posibilidad de la reencarnación. Algunos eruditos creen encontrar el origen de estas ideas fuera del Judaísmo, quizás en las religiones extremo orientales, que de algún modo llegaron a influir y ser parte de las creencias de reducidos grupos de judíos. El cristianismo, nacido del judaísmo mismo, es igualmente resurreccionista y no acepta la reencarnación.

Evidencia rotunda

El cuerpo más abundante de evidencia que apoya la doctrina de la reencarnación ha sido debidamente reunida por el doctor Ian Stevenson, médico psiquiatra y parapsicólogo de la Universidad de Virginia, que desde los años ´70 del Siglo XX se dedicó a indagar en casos de presunta “memoria extracerebral”, atribuible a presuntas reencarnaciones. Y así como una imagen vale por mil palabras, un relato extraído de las publicaciones hechas por Stevenson nos eximirá de mayores aclaraciones.

El caso que hemos elegido para dicha comprobación es el de Indika Guneratne, un niño de Sri Lanka (justamente donde decidió radicarse Arthur Clarke) nacido en 1962 y que Stevenson comenzó a estudiar seis años después.

Indika por primera vez comenzó a hablar cuando tenía aproximadamente dos años, y uno o dos años después empezó a describir una supuesta vida anterior en la que había sido un acaudalado residente de Matara, ciudad en la costa sur de Sri Lanka. Entre sus recuerdos se encontraban las características de la suntuosa mansión en que había residido, el auto Mercedes Benz que poseía, como así también algunos de sus objetos preferidos y los elefantes que eran de su propiedad. Asimismo, brindaba otros datos muy precisos, como que el nombre de su chofer había sido Premdasa.

Lo que más sorprende

A partir de esos dichos, el padre de Indika, G. D. Guneratne, indagó en las afirmaciones de su hijo hasta llegar a descubrir (y sorprenderse) que un hombre de esas características y condiciones realmente había vivido en Matara, la ciudad indicada por su hijo. Pero no llevó adelante ninguna investigación más, tarea que sí le cupo a Stevenson.

Así, se pudo determinar que aquel personaje de la vida anterior que describía el pequeño, se trataba de K.G.J. Weerasinghe, un acaudalado comerciante de maderas, fallecido en 1960, dos años antes del nacimiento de Indika. Stevenson se encargó de constatar también que todos los dichos del niño coincidían, salvo algunos detalles. El fallecido sólo tenía un elefante y no varios. Tampoco había sido dueño de un Mercedes. Pero, y esto es igualmente extraordinario, la patente recordada por Indika coincidía con un automóvil de esa marca cuyo propietario había sido un vecino de un pueblo cercano. Los recuerdos coincidían en un 90 por ciento con la realidad histórica.

Ahora bien, había algunos desaciertos, es verdad. Entonces cabe una apreciación: ¿puede la memoria, sobre todo la de un reencarnado, ser perfecta? Cabe aquí suponer que precisamente el hecho de que haya habido errores brinda mayor credibilidad a los dichos de Indika. Stevenson presenta este caso como uno de los más sugestivos a favor de la reencarnación.

Conclusiones

La creencia en la reencarnación va en franco crecimiento en todo Occidente. Así, resulta asombroso comprobar de qué forma cada vez es mayor el número de aquellos que, aun siendo católicos, aceptan la reencarnación. Al respecto, una encuesta realizada en la Argentina por la empresa Gallup reveló que el 33% de los consultados cree en ese paso.

En Europa, el 40% de la población se adhiere gustosa a esa creencia. Y en el Brasil, un país lleno de contradicciones en las creencias, nada menos que el 70% de sus habitantes son reencarnacionistas. Por su parte, el 34% de los católicos, el 29% de los protestantes y el 20% de los no creyentes, en la actualidad la profesan. Como para analizar en detenimiento, y no encerrarnos en pensamientos obtusos.

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