Outsiders de ayer, de hoy y de mañana
M i problema es sentir una falta de respeto por no estar preparada en materia política". Cinthia Fernández no se sonroja. Sabe que detrás de su candidatura -hoy un misterio, mañana una posibilidad- hay años de estrategia. La política dejó de ser, quien sabe cuándo, ese tabú que hace del intelectualismo y la picardía una práctica tan milenaria como necesaria. En las urnas dejaron de entrar años de formación para elegir un nombre, no importa cuál ni mucho menos qué represente. Solamente un nombre.
El año 1991 fue un año bisagra en la Argentina. En las primeras planas hacían su aparición dos figuras exógenas de la política: Ramón Ortega y Carlos Reutemann.
Palito pasó gran parte de los ochenta en Estados Unidos. En 1989 había lanzado el CD "De fiesta" y su carrera musical parecía gastarse lentamente. Pero no por una cuestión exclusivamente musical, sino porque el presidente de aquel entonces, Carlos Menem, entendía a la política como un experimento social. Y bajo esa premisa lo convocó para apoyar su candidatura a gobernador de Tucumán. Un ajustado 50% a 45% (frente a Antonio Bussi) lo llevó a la gobernación.
El caso de Reutemann es similar. En 1991 perdió las elecciones a manos del radical Horacio Usandizaga, pero por la Ley de Lemas sumó los votos del Partido Justicialista y posicionó al ex piloto al frente de la provincia de Santa Fe.
El nombre de Cinthia Fernández en una boleta tiene varias aristas. Por un lado, su popularidad. Y no porque los más de 5 millones de seguidores que tiene en Instagram se traduzcan en votantes, sino porque una campaña de tal magnitud ahorra en lo económico y tiene llegada en lo social.
También en lo histórico. Se apagaba el 2001 y el "Que se vayan todos" retumbaba en todos los rincones del país. La política se quebró. Había que barajar y dar de nuevo. Funcionarios, legisladores, dirigentes municipales tenían una prueba de fuego: sobrevivir. La credibilidad se puso en el centro de la mesa, y la legitimación pasó a nombres alejados de la política.
Miguel del Sel, Martiniano Molina, Nito Artaza, Amalia Granata y Francisco de Narváez, entre tantos otros. Hasta el propio Mauricio Macri entra en el pelotón de aquellos que se suman al arco político sin militancia. ¿Está mal? Está, y punto.
La compuerta se abrió y difícilmente se cierre. La política se convirtió en una ocupación más, aunque debajo del paraguas hay 45 millones de argentinos que responden a aquellos que "no están preparados en materia política".
