Un grupo de alumnos de la Escuela Secundaria N° 23, de la localidad bonaerense de San Nicolás fabricó camas cuchetas para un hogar que alberga a personas en situación de calle. El origen humilde de muchos de ellos, no les impidió a sus familias donar pinturas, maderas y pinceles viejos para construirlas.

El compromiso comunitario fue bautizado "Una cama para mi hermano", y consistió en la construcción de camas destinadas al asilo de personas en situación de calle llamado "La casita de Don Orione", con el objetivo de que el lugar pueda ampliar su capacidad de huéspedes por la noche.

En total, fabricaron seis camas nuevas que ellos mismos acercaron hasta el asilo encargándose incluso, de su posterior armado. La iniciativa surgió por parte de los alumnos de 5to y 6to año de la escuela bajo la coordinación de la profesora Florencia Ramírez. Un gesto de solidaridad y compromiso por parte de los adolescentes que involucraron incluso a sus familias que decidieron donar los materiales para aportar su granito de arena en la fabricación.

"Ojalá no hubiera una sola persona durmiendo en la calle, pero existen en un número alarmante y nos enorgullece decir que hace un año esta cantidad de personas ha tenido una cama limpia adonde descansar, una muda de ropa impecable, un plato caliente de comida, y un mate listo para ser compartido con personas que los esperan con mucho amor cada noche", dijeron quienes impulsaron el proyecto.

La Secundaria 23 actualmente cuenta con una matrícula de 122 alumnos: chicos que se esfuerzan por aprender, pero también por conocer el verdadero sentido de la solidaridad.

Muchas necesidades

La Casita de Don Orione es un espacio colaborativo por excelencia, todo se consigue gracias a las donaciones de diferentes personas y el trabajo cotidiano se sustenta gracias a la colaboración de manos solidarias, que día a día ofrecen su tiempo para ayudar al prójimo.

En diciembre de 2016, las personas de San Nicolás que se encontraban en situación de calle no tenían dónde cobijarse. Muchos deambulaban en medio de la noche buscando alguna esquina que les sirviera de refugio para descansar en la terminal, en el banco de una plaza, en el monte, en el vagón de algún tren abandonado o en las sillas de la sala de espera del hospital.

Pero gracias a la idea del padre Matías Pérez, La Casita de Don Orione abrió sus puertas para quienes no tienen techo. Un lugar en el que pueden bañarse, comer, dormir y en la mañana desayunar también. "Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo", decía Eduardo Galeano. Y no se equivocó.