La pregunta tiene algo de profecía, la respuesta algo de promesa. Una de las etimologías indica que la palabra pregunta proviene de buscar en el fondo del río. Y si lo pensamos bien, es una idea hermosa, ya que el que se hace una pregunta siempre busca algo en el fondo del río de la vida. A veces en el fondo de una mirada, otras, en el fondo de un corazón, casi siempre en el humano dormido que hay en el fondo de cada humano.

Tenía uno de esos días en el que las explicaciones de los economistas, las sentencias de los periodistas deportivos y la peste del dólar no parecían las mejores respuestas de la vida, cuando asistí a hacer un trámite a la municipalidad.

Y en medio de sellos, filas interminables y otras burocracias, observé que un empleado de maestranza, vestido con su informe azul, rodeado de escobas, trapos y bidones, escribía apasionadamente en un cuaderno.

Yo estaba varado en la cola del trámite, entre cacareos de empleados municipales y aullidos de consumidores estafados, y este muchacho parecía estar en otro mundo. él, y lo que escribía en su cuaderno, tenían una música aparte. ¿Qué estaría escribiendo el empleado de maestranza? ¿Su renuncia? ¿La lista del supermercado? ¿El testamento del mundo?

No llegué a responderme, ya que en ese momento el que supongo era su supervisor se acercó a él y le advirtió: "Fabián , ¡ya te dije que no se puede escribir poemas en horario de trabajo!" 

Ahí tuve una respuesta humana, yo que tenía un día en el que los dioses parecían estar callados, o distraídos en la platea del hipódromo del mundo,  y de repente semejante revelación. Me acerqué al supervisor y le pregunté: "¿En qué ley figura que un empleado municipal no puede escribir un poema en su horario de trabajo?"

El supervisor, atónito, no tuvo respuesta, pero por supuesto una pregunta: "¿Y usted quién es?" No se me ocurrió nada mejor que: "Soy el secretario general del sindicato de los poetas de maestranza".

El supervisor pasmado sólo atinó a pedirme disculpas e irse. Fabián se rió y me ofreció su mano con la misma calidez que su sonrisa y me preguntó si tenía encima una solicitud de afiliación al sindicato. Y mientras, en los mostradores, se escuchaba a una empleada gritar con fastidio: "el que sigue"
 
Fabián Castro, el poeta de maestranza.
Fabián me comentó que le estaba escribiendo un poema a su hija, Leila, que apenas tenía ocho meses, y que lo tenía loco de amor.

En ese instante, comprendí con la brutalidad que había vivido los últimos tiempos, entre hombres que en sus portafolios llevan el cadáver del mundo y nutricionistas de caníbales. Y sonreí al entender que la respuesta que le estaba pidiendo a la vida, la buscaba en los lugares equivocados, menos en los poemas de Fabián Castro, el poeta de maestranza.