Por Ricardo Filighera
@Rfilighera

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: -sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa.

Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa.

En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma”.

Impactante, misterioso, provocador, asfixiante. Con este trazado, sinuoso y fantásticamente aterrador, el gran escritor latinoamericano Horacio Quiroga ponía el duro y testimonial remate de su cuento “El almohadón de plumas”, en el que se narra cómo su protagonista, la joven Alicia, es víctima de un extraño y repulsivo animal que se encontraba, precisamente, dentro del objeto que da lugar al título de su narración.

Una y otra vez, Quiroga convocaba, magistralmente, algunas de sus obsesiones más profundas como la presencia sobrenatural de lo indecible y el recorrido por esos territorios en donde lo existencial se mezcla con el destino individual de cada persona.

En definitiva, el amor y la muerte, dos nexos imposibles de soslayar en la gramática y el contenido literario del gran escritor.

Descubierto en Europa

Hablar de Horacio Quiroga es referirse a uno de los capítulos más importantes de la literatura de habla hispana. Precisamente, Quiroga, en los años ’80 fue descubierto en París a través de su enorme creación que es “Cuentos de amor, de locura y de muerte”, edición que fue lanzada al mercado editorial con análisis y estudios de su obra y el testimonio de grandes escritores latinoamericanos.

Precisamente, París y Europa toda ubicaron al escritor en un sitial de enorme jerarquía y lo pusieron al mismo nivel creativo de Edgard Allan Poe, Rudyard Kipling y Robert L. Stevenson, situación que marca un enorme acto de justicia para el narrador rioplatense cuya vida ha formado parte, también, de los impensados vericuetos y laberintos sinuosos de un atormentado recorrido por una recurrente postal: la tragedia.

Conoce a la muerte

Nació el 31 de diciembre de 1878 en la ciudad de Salto, Uruguay, situada hacia el norte y lindante con una de las márgenes del río Uruguay. Y al poco tiempo de ver las primeras imágenes en el mundo, la Parca empezó a manifestarle un particular designio en su territorio vivencial. Con tan sólo dos meses de vida su padre murió durante una jornada de cacería: al descender de una embarcación se le disparó accidentalmente un rifle ante la presencia de un amigo que traía en brazos a Horacio, su flamante hijo.

Al poco tiempo, en 1891, su madre se casa con Mario Barcos; este, su padre adoptivo, lo quiere y lo adopta como hijo propiamente suyo; sin embargo, cinco años después, Barcos sufre un derrame cerebral que le provoca que se quede mudo y en un estado de semiinvalidez.

Al poco tiempo, Barcos se mató en su habitación con una escopeta que había colocado en su boca y que accionó con uno de sus pies, y en el preciso momento en que Horacio ingresaba a esa habitación.

La muerte lo sigue acechando; un destino que irá marcando, como dijimos antes, su universo personal. Hizo sus estudios en Montevideo e incluyó muy activamente la literatura, la química, la fotografía y la filosofía. Son años en que colabora en dos publicaciones: La Reforma y La Revista.

Luego conoce a su primera novia, Judith, que va a inspirar dos de sus relatos, entre ellos “Una estación de amor”. Pero por desencuentros con los padres de aquella joven, al no tener Quiroga origen judío, dicha relación va a quedar en el camino, circunstancia que iba a afectar emocionalmente al escritor rioplatense.

El viaje a París

En 1897 fundó la revista Salto y lo recibido en materia de herencia Horacio lo invirtió en un viaje a Europa, cuyas crónicas publicó en el libro “Diario de un viaje a París” y que data, precisamente, de aquella travesía juvenil que llevó a cabo en 1900. Algunos de sus apuntes del viaje los reseñaba de esta manera: “Génova es una ciudad muy linda, con algunos desahogos de gran elegancia.

Está construida bien sobre el mar, a lo largo. Las calles son angostas, empedradas, a gran adoquín, muy angostas. Como cosas curiosas tiene: sube al tren una persona de sombrero de copa, largo levitón a la prusiana, guantes blancos de hilo y un bastón de borla debajo de un brazo.

¿Es un senador o un prefecto de policía? No señor: es un guarda municipal; algunos carruajes, en tanto, llevan plumeros de negro en la testa de los caballos; una infinidad de militares por la calle, una fortificación a derroche, en las cinco montañas que miran hacia el mar, en los paseos, en los parques, en todos lados. Por otra parte, hoy hace calor y me va bien”.

Cenáculo de escritores

De regreso en Montevideo y luego de pasar ciertas penurias en aquel recordado viaje, Quiroga funda junto a otros amigos, entre ellos Federico Ferrando, “El consistorio del gay saber”, una suerte de laboratorio literario y con una fuerte apuesta a nuevas formas y búsquedas de expresión en cuanto a narrativas. Un cenáculo de jóvenes escritores en el camino de la modernidad a principio del siglo veinte.

Pero todas las alegrías y bellos momentos que había experimentado, a modo de ejemplo, con la aparición de su primer trabajo, “Los arrecifes de coral”, publicado en Buenos Aires en 1901, en tributo a Leopoldo Lugones, se verá afectado con la muerte, precisamente, de sus dos hermanos, víctimas de la fiebre tifoidea en el Chaco. Otra vez, la presencia sigilosa e implacable de la muerte en su recorrido.

Mata a un amigo

Esta presencia oscura, trágica y sinuosa no lo va a dejar en paz. Su amigo Federico Ferrando se va a batir a duelo con un crítico que había destrozado su última obra. En el momento en que Horacio se encontraba revisando el arma que iba a utilizar su amigo, se le escapa un disparo y da muerte a Ferrando.

En consecuencia, Quiroga es llevado a un centro correccional y permanece detenido durante cinco días hasta que se comprueba la naturaleza accidental del episodio.

Como resultado de esta terrible situación que lo lleva a un duro estado emocional, el escritor deja sin efecto el llamado Consistorio y cruza el Río de la Plata para radicarse, ya de manera definitiva, en Buenos Aires, donde tendrá la posibilidad de plasmar sus grandes obras literarias.

En 1906 se instala en la selva misionera, donde dos años más tarde construirá su propiedad en uno de los lugares que idolatrará con mayor pasión.

Y vendrán los sentimientos: enamorado de una de sus alumnas, la adolescente Ana María Cires, la lleva a vivir a su residencia selvática ante la oposición de sus padres. Al poco tiempo nace su hija Egle y, luego, su hijo Darío. Con mano muy firme, muchas veces excesivas, Quiroga educó y acostumbró a hijos con el rigor y la disciplina dictatorial de la selva, circunstancia que exasperaba a su madre. Y otra vez, de manera puntual, la muerte abre la puerta de su historia personal y se presenta.

Se suicida su esposa

La esposa del escritor, Ana María Cires, intentó quitarse la vida ingiriendo una sustancia utilizada por Quiroga en el revelado de fotos, situación que la mantuvo en agonía durante una semana, sin poder sobrevivir, finalmente. Luego el escritor, con el cargo de secretario contador en el consulado uruguayo en Buenos Aires, se traslada, junto a sus hijos, a esta ciudad, instalándose primero en Canning (hoy Scalabrini Ortiz) al 100 y luego en un edificio de la calle Agüero.

Se enamora nuevamente, esta vez de Ana María Palacio, una joven de 17 años, a quien quiere llevar a la selva, pero sus padres se van a negar de manera sistemática. Esta frustrada relación lo inspira para plasmar su destacada obra “Pasado amor”. A principios de 1926 vuelve a Buenos Aires y alquila una casaquinta ubicada en la localidad de Vicente López. Cría todo tipo de animales y publica una de sus obras mayores: “Los desterrados”.

A todo esto, comparte las tertulias en el Café Tortoni y su amistad con Ezequiel Martínez Estrada y por sobre todo con la poetisa Alfonsina Storni, quien lo definiría a Quiroga como su hermano menor. Horacio finca amistades y reuniones sociales en pos, fundamentalmente, de su actividad literaria.

Después regresa otra vez a la selva junto a sus hijos y su salud va a empezar a manifestar malestares y un sensible deterioro. Retorna a la selva y se instala con su última mujer, María Elena, quien tampoco logrará adaptarse y la relación se desarrollará de manera traumática y con múltiples discusiones.

Su salud va a empeorar

Su esposa e hija dejan la selva y queda solo y abandonado. Las dificultades de salud se agregan cada vez más y los amigos del escritor lo convencen para que se realice una serie de estudios en un sanatorio de Posadas y así se le detecta cáncer de próstata.

Al no poder soportar los terribles dolores que se le presentaban diariamente, regresa a Buenos Aires y es internado en el Hospital de Clínicas. Quiroga se entera de que en los sótanos del nosocomio se encuentra un paciente, Vicente Batistesa, con espantosas deformidades como el personaje del recordado filme “El hombre elefante”.

El escritor exigió que se lo ubicara en su misma habitación y se generó una relación de amistad. Después, Batistesa le consiguió a Quiroga un frasco con cianuro, que llevó al escritor el 18 de febrero de 1937 a pasar, definitivamente, a la inmortalidad. Horacio Quiroga había transitado una vida tan misteriosa e impactante, en definitiva, como su obra literaria.

Horacio Quiroga: el desterrado.

Su decálogo para ser un buen cuentista

1- Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

2- Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

3- Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

4- Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

5- No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

6- Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

7- No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

8- Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

9- No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

10- No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.