Lisandro de la Torre: el fiscal de la patria

A 85 AÑOS DE SU ATENTADO EN EL CONGRESO. La batalla en soledad que a batalla en soledad que libró contra el convenio ibró contra el convenio británico de carnes

E l ejemplo de un gran político, abogado y escritor argentino. Lisandro de la Torre dejó una huella enorme en nuestra identidad y cultura.

El emblemático dirigente batalló como nadie contras las grandes corporaciones extranjeras y nacionales y la corrupción de los años denominados como “Década infame”, en absoluto estado de soledad. Dirigente de la Unión Cívica y, luego, del Partido Demócrata Progresista, nació en Rosario el 6 de diciembre de 1868 y se mató, disparándose un tiro al corazón, el 5 de enero de 1939.

Por otra parte, su enorme trabajo sobre el espacio comunal constituyó para el dirigente un aporte esencial en la vida democrática de las naciones. Precisamente, De la Torre, en su libro, realizaba una cita de Tocqueville al señalar que “en la comuna es donde reside la fuerza y la vitalidad de los pueblos libres”, para agregar que se constituía en un firme reaseguro contra todo tipo de despotismo.

Cabe señalar que el 1º de mayo de 1933 el vicepresidente Julio Argentino Roca (hijo) firmó en Londres el denominado Pacto Roca-Runciman por el que se ampliaba la cuota de exportación de carne vacuna al Reino Unido y sus colonias, aunque, con la siguiente prebenda. Se establecía que el 85 por ciento del total de las exportaciones se tenía que realizar por medio de los correspondientes frigoríficos británicos.

A todo esto, y como si fuera poco para los beneficios de la potencia extranjera, se suscribieron cláusulas secretas que garantizaban todo aquello referido al monopolio de los medios de transporte en manos de empresas inglesas para así crear el Banco Central de la República Argentina con fortísima preeminencia de los capitales ingleses. En consecuencia, pingües ganancias en contra de nuestros intereses.

Justamente, en 1935, don Lisandro inició una investigación sobre el comercio de carne que puso de manifiesto todas las sospechas sobre corrupción que emanaban, de forma pestilente, sobre el infame acuerdo Roca-Runciman. Así dadas las cosas, cabe recordar que la investigación se hizo pública en el Senado de la Nación, en julio de 1935, momento en el que De la Torre realizó una serie de denuncias en piezas oratorias que alcanzaron, con el paso del tiempo, relevancia inusitada.

Lisandro de la Torre: el fiscal de la patria

En efecto, Lisandro de la Torre acusó al frigorífico Anglo de evasión impositiva y señaló, por otra parte, la existencia de un verdadero entramado de corrupción que involucraba, en definitiva, al gobierno del presidente Agustín P. Justo, y, por sobre todo, al ministro de Hacienda, Federico Pinedo, y al entonces ministro de Agricultura, Luis Duhau.

Precisamente, el próximo jueves se cumplirán 85 años del famoso atentado contra la vida de De la Torre en el propio recinto del Congreso de la Nación y que le costara la vida a su discípulo, el senador Enzo Bordabehere. Pero los hechos en cuestión sucedieron de la siguiente manera: Duhau agredió físicamente a De la Torre, arrojándolo al piso y escapando del recinto, inmediatamente después.

A todo esto, se había generado un enorme tumulto y Ramón Valdez Cora (tenía 42 años, había sido comisario en Vicente López con todo un historial de apremios y torturas), un sicario del régimen, en definitiva, efectuó una serie de disparos que buscaban como blanco a don Lisandro pero que impactaron de lleno en la humanidad de Enzo Bordabehere, quien se encontraba protegiendo a su maestro de la agresión de sus atacantes.

En consecuencia, Bordabehere murió a los pocos minutos. Más tarde, el ministro de Hacienda retó a duelo a De la Torre, quien aceptó el convite, sin que ninguno de los dos resultara herido.

A continuación, relataremos fragmentos del diario de sesiones del Congreso, extraídos, puntualmente, de las obras completas de Lisandro de la Torre.

Debatiendo contra la corrupción del poder

Lisandro de la Torre: -En compensación de todas las concesiones que hace la República Argentina en el convenio de Londres, recibió una sola ventaja computable y fue el reconocimiento de una mínima cuota del 11 por ciento para usarla en beneficio de la ganadería argentina.

El país entero, que es un país crédulo, creyó al Poder Ejecutivo y creyó al Congreso cuando le dijeron que ese beneficio iba a producir efectos inmediatos y el señor Presidente de la República, en algunos brindis y discursos, lo anunció también y los partidarios del tratado, sin excepción, esperaron la inmediata aplicación de la medida.

Habría sido, entonces, antes de firmarse el convenio de Londres, y no ahora el momento de averiguar si es cierto o no lo que dice el ministro de Agricultura: que los ganaderos argentinos no tienen capacidad para exportar sus carnes, ni siquiera en un 11 por ciento.

Ministro de Agricultura: -No he dicho nada de eso.

De la Torre: -Lo ha dicho.

Ministro de Agricultura: -No es exacto. De la Torre:-¿Por qué no da la cuota, entonces? ¿Por qué no se organiza la cooperativa? Ministro de Agricultura: -Ya le dicho que la voy a organizar. ¿Qué más quiere?

De la Torre: -Cuando habla como ahora, contradice todo lo que afirmo el gobierno del que forma parte. Habría sido entonces, repito, el momento de averiguarlo, porque los gobiernos serios no se preocupan de proyectar medidas importantes para que resulte después que son ilusorias e impracticables. El gobierno argentino, si hubiera podido comprobar la exactitud de lo que hoy dice el señor ministro Duhau, en lugar de pedir la cuota debió rechazarla. Si se adelantaba Gran Bretaña a ofrecérsela, debió decirle: No, eso está bueno para Australia, Canadá, África del Sur, para los países civilizados, pero no para la República Argentina, cuyos ganaderos no son capaces de exportar su carne. Pero, ¿qué iba a decir eso el gobierno si decía lo contrario? Y no solamente lo decía, sino que entre las personas que se entusiasmaban o aparentaban entusiasmarse, con la idea de las cooperativas argentinas, estaba el actual ministro de Agricultura, entonces diputado nacional. Intervino en el debate de la Cámara y lamento no haber pedido el diario de sesiones correspondiente, pero recomiendo a los señores senadores que lo lean y traten de ajustarlo con lo que dice hoy.

Ministro de Agricultura: -No tengo idea de lo que dice, ni el señor senador lo sabe. Está construyendo en el aire.

De la Torre: -Declaró que eran una necesidad las cooperativas y formuló un proceso a la inercia de los gobiernos anteriores, porque no las habían creado. Lo que criticó a los gobiernos anteriores es lo que está haciendo ahora. Las esperanzas que sugirieron los brindis del Presidente de la República y los discursos del Congreso, entre ellos el señor diputado Duhau, fueron después defraudados, y la cuota continuó en poder de los frigoríficos extranjeros. Gualeguaychú, Grondona y Cía. tienen el cuatro por ciento con anterioridad al convenio de Londres. De manera que, rigurosamente, no se ha dado nada, absolutamente nada en razón de la famosa cláusula tan ponderada; única ventaja que obtenía Argentina en el convenio de Londres. El ministro ha burlado el convenio de Londres o conspira contra la ganadería argentina. El señor ministro se encuentra enfrente de un dilema formidable, cuyos dos términos son igualmente graves: si ha dificultado deliberadamente la organización de las cooperativas argentinas y ha pedido que se inicie la exportación directa de las carnes, ha burlado las cláusulas del convenio de Londres y ha contrariado los intereses de la ganadería argentina. Y si lo ha hecho por indolencia, su culpa no es menos grave. En uno y otro caso, aparece como ministro que no está a la altura de la misión que debía realizar. Ha perdido 16 meses sin crear ni permitir que se cree el organismo argentino que debía iniciar la exportación directa de carnes. Un ministro diligente y capaz, un ministro que hubiera querido sinceramente organizar una gran cooperativa de todos los ganaderos del país, lo habría conseguido en dos meses, porque habría encontrado en todas partes buena voluntad.

El discurso del final

Lisandro de la Torre: -Para terminar, diré que sería absurdo pensar en que el debate sobre la investigación del comercio de carnes pudiera continuar con mi investigación mientras subsistan en mi espíritu las dudas que mantengo acerca de que se trajo a este recinto un guardaespaldas, extraído de los bajos fondos, para gravitar sobre su resultado. Los indicios que existen son tan vehementes que no me es posible prescindir de ellos. Si lo hiciera, faltaría al respeto y al afecto que debo a la memoria del doctor Bordabehere y autorizaría a cualquiera a poner en duda la sinceridad de mi indignación. El Senado hará lo que considere conveniente; yo ajustaré mi conducta a mi conciencia. A los que me conocen les he ofrecido ya la prueba más fehaciente de la sinceridad de mis opiniones. Al no haber querido dar -haciendo una excepción a mis hábitos- el carácter de incidente caballeresco a las consecuencias del ataque de que fui objeto en el recinto. El primero en lamentar que mi contrarréplica, que, por otra parte, estaba muy avanzada, quede inconclusa, soy yo, pero tengo la tranquilidad de haber producido tales pruebas y haber hecho tales demostraciones, que no necesito más para afirmar en la conciencia pública la razón de todo lo que he sostenido en este debate. El empeño, llevado hasta la ofuscación, de negar la verdad y de encontrar explicaciones capciosas a los errores más graves fue comprometiendo poco a poco la posición del gobierno, y concluyó por convertir en un desastre gubernativo irreparable una investigación que se propuso objetivos tan amplios. Nada sería el daño que ha sufrido el prestigio del gobierno, si en adelante pudiera evitarse que continúe el otro daño, que hiere de muerte a la fuente de la riqueza más importante de la Nación, enfeudada conscientemente al interés del capitalismo extranjero. Nada más.

Lisandro de la Torre: el fiscal de la patria
Una antigua edición de Crónica, con Lisandro de la Torre como tapa.
Los años 30: Pobreza, explotación y corrupción

El escritor J.J. Hernández Arregui, en su libro “La formación de la conciencia nacional”, resumía este período histórico de la Argentina en estos términos: “Los obreros rurales carecían de toda protección. Desheredados sociales, no había para ellos horarios de trabajo ni descanso semanal ni vivienda. Los peones criollos dormían en los galpones o bajo las chatas, de cara a las estrellas. Se les exigía soltería. En las empresas del norte argentino, los obrajes acuñaban sus propias monedas de cuero y tenían proveedurías donde se recuperaban los jornales de hambre pagados a los peones. Todo era barato. Alimento, cine, teatro, mujeres. Pero los comercios estaban vacíos, las salas de espectáculos funcionaban bien los sábados y domingos. El sistema de compras, sin excepción, en comercios mayoristas, era el carnet del crédito o la libreta mensual. Las deudas no se pagaban, proliferaban los vivos. Y entre el fiado y las míseras tramoyas mensuales, el argentino medio medraba entre el ardid, el prestamista, la exasperación, el cinismo imaginativo y la pobreza humillante”.

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