Aquel martes 11 de septiembre de 2001, Nueva York atravesaba una mañana como cualquier otra, con la actividad habitual de una ciudad acostumbrada a ser uno de los ombligos del mundo. Sin embargo, a las 8.46 todo cambió. El vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra uno de los símbolos económicos del planeta: una de las Torres Gemelas. Los atentados terroristas estaban en marcha.

A partir de ese momento, la incredulidad y las dudas se adueñaron de todos ¿Fue un accidente? Fue una de las primeras preguntas, mientras las cámaras de televisión desparramaban imágenes del humo proveniente de la torre norte. Menos de 20 minutos después, el pánico se volvió indetenible. Ante los ojos de la humanidad, el segundo avión secuestrado impactó contra la torre sur.

Después, todo fue confusión y miedo. Las noticias corrían sin demasiadas precisiones y así llegaron nuevos sacudones. Primero, el impacto de otro avión contra el Pentágono y, luego, una cuarta aeronave que cayó en campo abierto. Estados Unidos estaba bajo fuego y su gobierno juró castigar a los responsables.

Víctimas

Las impactantes imágenes siguieron y la desesperación de quienes estaban dentro de las monumentales torres, de más de 400 metros de altura, se convirtieron en el centro de atención. Asomados por las ventanas rogaban por una ayuda que nunca llegó. No había manera de que llegara. El humo y el fuego comenzaron a inundarlo todo y algunos sólo encontraron una salida: saltar. La muerte era segura. Después, llegó el derrumbe de las Torres Gemelas, el polvo inundando todo, las corridas y más confusión. 

Mucho tardó en conocerse el número de víctimas, hasta que las autoridades confirmaron que, en todos los ataques, habían muerto 2.974 personas. 

Esa misma noche, el presidente George Bush le habló al país sobre atentados terroristas y, poco después, se instaló un nombre que iba a permanecer en el centro de atención durante años: el líder de Al Qaeda, Osama bin Laden.

El comienzo de una guerra sin fin

“Nuestro modo de vivir, nuestra propia libertad han sido atacados en una serie de actos terroristas deliberados y mortíferos”, comenzó su mensaje el presidente George Bush en la noche del 11 de septiembre de 2001, horas después de los ataques. 

Sus palabras marcaron el comienzo de una guerra global e interminable contra el terrorismo, que aún hoy, cuando pasaron 16 años, no ha terminado. 

La invasión a Afganistán fue el primer paso de la ofensiva yanqui contra los extremistas islámicos, culpables del peor ataque sufrido por Estados Unidos en su historia, a manos de la organización terrorista Al Qaeda y de Osama bin Laden, su líder.

Después de derramar mucha sangre e invadir otros países -como Irak, con el derrocamiento y asesinato de Sadam Husein-, se profundizó la cacería del saudita Bin Laden.

Miles de soldados participaron de las operaciones en Medio Oriente, con éxito dispar. Hasta que casi una década después de los atentados en Estados Unidos, cuando se acababa el domingo 1 de mayo de 2011 -ya era lunes 2 en buena parte del mundo-, el ex presidente Barack Obama hizo uno de los anuncios más esperados: “Esta noche puedo informar al pueblo americano y al mundo de que Estados Unidos asesinó en una operación a Osama bin Laden, terrorista responsable por el asesinato de miles de hombres, mujeres y niños”. La operación estuvo a cargo de tropas de élite en una residencia en las afueras de Abbottabad, en Pakistán. Su muerte, no obstante, no logró poner fin al terror.

La Cronología del espanto del 11-S
Los aviones, sus secuestradores y para qué fueron utilizados.