Angie Dodge tenía 18 años, y era la menor de cuatro hermanos. A pocas semanas de haberse ido a vivir sola fue víctima de violación y de un sangriento homicidio, que sacudió la tranquilidad del pueblo Idaho Falls, en Estados Unidos. Por el caso, en ese entones un joven fue sentenciado a cadena perpetua. Sin embargo la sentencia no dejó tranquila a Carol Dodge, mamá de la joven asesinada, a quien su instinto le decía que el condenado no era el autor del crimen de su hija. Venintitrés años le llevó investigar meticulosa e incansablemente el caso hast que finalmente dio con el verdadero asesino de su hija, quien se espera que este año sea juzgado y condenado.  

Todo comenzó el jueves 13 de junio de 1996 cuando Carol llamó al negocio de belleza y cosmética donde trabajaba Angie, y recibió la peor noticia de su vida.  Un compañero de trabajo le pidió que esperara en la línea y la transfirió con la gerente de recursos humanos quien fue la encargada de decirle que su hija había sido encontrada muerta esa mañana. 

Es que esa mañana, la ausencia de Angie en el trabajo llamó la atención de sus compañeras de trabajo quienes una y otra vez intentaron contactarla por teléfono, el que nadie atendía. Así fue que Julia y Twani, decidieron acercarse su nueva casa para ir a ver su estaba bien. Llegaron a la calle “I”, número 444, en Idaho Falls, cerca de las 11 de la mañana.

El edificio de dos plantas tenía un frente de madera descolorida. Subieron por la escalera hasta el primer piso. Tocaron timbre y esperaron un par de minutos. Como no hubo respuesta, golpearon con fuerza la puerta. Pero no había respuesta. Decidieron ingresar. Temerosas se movieron por el pasillo hacia el living del departamento. No había rastros de Angie. Siguieron hacia su dormitorio donde encontraron el cadáver de Angie tirado en el piso, al lado de un colchón y cubierto con una sábana llena de sangre. Su cabeza parecía apoyada contra la pared y, debajo de ella, la alfombra estaba ensopada de rojo.

Angie junto a su mamá Carol. 

Los estudios de los expertos determinaron que Angie había sido violada y asesinada a puñaladas. Un gran tajo le atravesaba la garganta y tenía 14 heridas punzantes distribuidas por todo el cuerpo. Su asesino había eyaculado sobre ella. La puerta no había sido forzada, pero ella había dado batalla, había intentado defenderse. Según los cálculos de la policía, el ataque se había originado entre las 00.45 y 11.15 del jueves 13.

Los peritos recogieron las sábanas y la ropa para mandarla a analizar. Había mucho ADN del asesino. Ese material resultaría crucial para atrapar al culpable años después, cuando los avances tecnológicos fueran un hecho ineludible.

A cada persona que entrevistaron los investigadores le pidieron una muestra de sangre. Sin embargo, ninguna coincidía con las halladas en la escena del crimen. 

La presión social por encontrar al asesino de Angie era tal que cualquier mínima coincidencia vinculado al caso convertía a la persona en un posible sospechoso. Tal fue el caso de, Christopher Tapp que era un joven de 19 años que había abandonado los estudios y estaba sin trabajo, que el día que mataron a Angie había ido, con un grupo de amigos, a pasar el día al río.

Christopher Tapp , el hombre que fue condenado erróneamente por el crimen de Angie Dodge. 

Meses después, precisamente en enero de 1997, el mejor amigo de Christopher Tapp, Benjamin Hobbs, fue arrestado acusado de violar a una mujer amenazándola con un cuchillo. Este hecho hizo que se prendieran las alarmas. Todos recordaron el caso de Angie Dodge ocurrido solo siete meses antes. Hobbs pasó a ser el principal sospechoso.

Tapp fue citado a declarar sobre su amigo. Durante 21 días fue interrogado nueve veces y, otras siete, sometido a un polígrafo.

Los policías querían que incriminara a Hobbs, pero después de unos días empezaron a creer que él también podía estar involucrado. Le ofrecieron inmunidad: no iría a la cárcel si decía toda la verdad. Chris se negaba a confesar lo que no había hecho, hasta que un experto le puso una trampa. Le mintió y le dijo que había fallado en el detector de mentiras.

Confundido y estresado Tapp le dijo a los investigadores lo que querían escuchar: que Hobbs había asesinado a Dodge. Pensó que así se libraría de ellos. Pero la cosa fue a peor. Bajo amenazas, tuvo que seguir “confesando”. Dijo que había estado con Hobbs cuando Angie murió. Contó, en total, seis historias diferentes. Sin embargo, pese a su testimonio, las pruebas de ADN, tanto de Tapp como de Hobbs, no coincidían con las muestras recogidas en la habitación de Angie.

Las autoridades elaboraron una nueva hipótesis: aquella noche podía haber existido un tercer hombre que fuera el dueño del semen. Acorralaron nuevamente a Tapp quien señaló a otro amigo. Una vez más, la prueba de ADN resultó negativa.

Los detectives se pusieron furiosos y le dijeron a Tapp que le quitarían la inmunidad ofrecida.

Tapp negó en ocho ocasiones ante el detector de mentiras haber apuñalado a Angie. Pero las amenazas de una condena a muerte lo tenían aterrado. Si confesaba, en cambio, le dijeron que podría obtener una pena menos severa. 

La desastrosa estrategia profesional de los agentes, sumadas al terror del joven Tapp y a su mala defensa fueron determinantes para configurar una condena insólita. A pesar de que no haber evidencia física que lo vinculara a la escena del crimen, fue acusado de violación y asesinato.

En mayo de 1998 comenzó el juicio. Tapp mantuvo su inocencia, dijo que su confesión había sido forzada y que su prueba de ADN demostraba que él no era el asesino. Luego de trece horas de audiencia, el jurado decidió que Tapp era culpable de asesinato y violación. Fue condenado a cadena perpetua. 

Sin embargo, había algo que sentía Carol que no le permitía celebrar la condena. Esa sensación fue el disparador que la llevó a investigar meticulosamente el caso de su hija. Muchas veces sintió que no podía más, pero  ahí era cuando escuchaba la voz de su hija decirle: ‘Ya casi has llegado mamá, no puedes parar ahora’”. Esas palabras la ayudaban a seguir la lucha. 

La nueva tecnología que permitía armar árboles genealógicos y atrapar asesinos años después de sus crímenes fue clave en el caso de Angie. El ADN del asesino fue ingresado en una base de datos llamada GEDmatch. Así comenzaron a armar árboles familiares para ver quién compartía ADN con el sospechoso desconocido. Una pista que arrojó el estudio fue el puntapié inicial para dar con el asesino

La investigación los llevó hacia Brian Leigh Dripps. Dripps no solo había vivido en Idaho Falls, sino que había vivido en la calle “I”, en el número 459, justo en frente de la casa de Angie. Estuvo allí desde el 3 de abril de 1996 hasta el 2 de agosto de 1996. Además, había sido entrevistado cinco días después del asesinato. Sospechosamente, se había mudado de la ciudad después del crimen.

La misión era ahora conseguir su ADN de la manera que fuese. En mayo de 2019 los investigadores viajaron hasta Caldwell, donde vivía Dripps, quien ya contaba con 53 años. Comenzaron a seguirlo en auto. Dripps no tenía idea de que lo estaban buscando. Fumador empedernido, los detectives deseaban que el sospechoso tirara por la ventana de su auto una colilla. Con eso tendrían suficiente para cotejar las muestras. Les tomó veinte horas lograrlo. Cuando la obtuvieron, la enviaron al laboratorio estatal de Idaho. El sábado 11 de mayo recibieron el resultado: la coincidencia era total.

El 15 de mayo de 2019 Dripps fue arrestado. Después de un silencio de unos minutos terminó diciendo: “Si yo lo hice, la violé y aparentemente la maté”. Aseguró que había actuado solo. Fue imputado esa misma noche. Su juicio se programó para este 2021, año en el que se espera que sea condenado y Angie finalmente pueda descansar en paz. 

El verdadero asesino finalmente confesó el crimen de Angie Dodge. 

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