INFORME

¡Números y destino! Detrás del sueño dela salvación: la vida de los jugadores de lotería

HISTORIAS. De apostadores que buscan la independencia económica.

En el mundo del escolaso, si hay algo que abunda son historias. De las buenas, simpáticas, que regocijan al ver cómo zafaron los más necesitados. Y de las otras, las malas, las que duelen, las que dejan un sabor amarguísimo, pero que a su vez también dejan enseñanzas. “No juego nunca más”, habrá dicho más de uno.

La mayoría de los apostadores tienen sus secretos y cábalas a la hora de jugarse unos mangos, y también hay quienes juegan como un hábito de vida, persiguiendo incansablemente una salvación. Existen mil maneras de apostar.

Algunos se aferran a las estadísticas, juegan fuerte al salidor o atrasado. ¿Qué los moviliza? ¿Qué hace que tantas personas sigan un pálpito, asocien sueños y nombres con números, anoten fechas, patentes, edades y luego, de camino al trabajo o a casa, entren a una agencia a jugar unos pesos?

 

Ilusión
“La podredumbre, las ganas de salvarse”, dice Antonio E., un experimentado agenciero de 76 años que regentea su local desde hace 50 años. “Lo que nosotros vendemos no tiene ni calidad, ni precio. Es ilusión, magia. Capaz le ayuda a la gente a dormir de noche, se acuestan pensando ‘Ojalá me salga el pozo’.

Pero es eso: ilusión, un placebo”. “Es un ejercicio lleno de códigos que hay que entender. El apostador lee las estadísticas, juega por secuencia, entiende la ruleta, porque un número llama a otro número, y algo fundamental: nunca paga una nueva jugada con la plata que ganó”, afirma.

Moviliza
Muchos sociólogos hicieron estudios y escribieron varios libros al respecto. La mayoría sostiene que lo que se busca es jugar, no tanto ganar. “Vivimos con el imperativo de salir a la calle a buscar el dinero, ese dios contemporáneo que regula nuestra vida. La precariedad de las rutinas, sin tiempos libres, te desgasta, te machaca.

Por eso, creer en un deseo te moviliza, es una inercia para seguir”, dice el licenciado Arturo E. Para él, los bingos o las agencias funcionan como “máquinas terapéuticas para aliviar los cuerpos sometidos a la precariedad”. Imagina a las loterías como “lugares al paso, cápsulas que median entre la calle y la casa, que permiten agujerear las rutinas, entrar y jugar. Por entretenimiento o para salvarse”, dice.

Piensa al apostador como un actor político. “Juguemos o no, todos tenemos algo de apostadores. Vivir en lo precario es asumir que hacemos cosas sin saber cómo van a terminar. Igual que una apuesta: se juega, pero si sale o si no sale, es incierto”.

Plumas autorizadas
“Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad”, escribió Jorge Luis Borges. Y Roberto Arlt transcribió en “Su majestad el quinielero” lo que le dijo su barbero en 1918: “Se calcula así. El año tiene 12 meses, pues de los 12 meses tres corresponden al público y nueve al capitalista”.

Y contó en otra de sus aguafuertes, “La mujer que juega a la quiniela”, que “para los hombres quedan los burros y para las mujeres el numerito al que económicamente se le anotan 20, 30 y 50 centavos”. Esas mujeres, dice, que “le han tomado el sabor a la esperanza de ganar, juegan en detrimento de otros intereses también pequeños, pero para los que se necesitan esas sumas que absorbe el bolsillo del quinielero”.

¿Esto es así?
Así es el juego, así funciona desde hace más de un siglo. Los lugares de apuestas están llenos de rituales urbanos en torno a los números y la suerte. Las loterías son instituciones inclusivas, poli clasistas, cualquiera puede ganar o perder: así funciona la democracia timbera. Incluso más de uno escuchó varias veces la sentencia “Pero es puro azar, nadie sabe nada”. ¿Es válido? Se hacen apuestas al respecto, imaginariamente

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