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Si Gabriel García Márquez hubiera pasado más tiempo en Argentina -sólo visitó Buenos Aires una vez y se quedó 12 días- quizá su mítico Macondo de "Cien años de soledad" sería más parecido a nuestro país. Las cosas que suceden aquí son irrepetibles y bizarras; el equilibrio entre las fuerzas del Bien y el Mal es casi perfecto.

Tuvimos un René Favaloro y tenemos un Alfredo Olmedo. Los que se enojan con la verborragia medieval del diputado no advierten el "gran aporte" que hace a la sociedad. El nivel de virulencia que vuelca en sus opiniones sobre temas como la identidad de género, inseguridad o aborto genera algo insólito: la gente que quizá no le había prestado atención al tema, al enterarse por medio del salteño, se colocan automáticamente en la vereda de enfrente.

Su intransigencia provoca empatía con el objeto de sus ataques. Casi casi que está por ganarle a Luis D´Elía en esto de piantar votos. El hombre de la campera amarilla se las agarró con dos chicas trans, a propósito del polémico caso de "Sergia", el hombre que a días de cumplir 60 años comenzó los trámites para cambiar de género en su DNI y jubilarse como mujer, ya que esa es la edad mínima.

Si bien no se discute que el asunto es cuanto menos sospechoso -nunca confesó, al menos a su entorno laboral, que se haya reconocido como mujer- el legislador de Cambiemos aprovechó el tema del día para ofrecer nuevas máximas de vida que lo colocaron en el ojo de la tormenta.

"Si seguimos dando derechos, el país va a quedar curvo", disparó en un móvil en vivo. En sus últimas apariciones se pronunció muy en contra del proyecto de aborto legal ("Yo no voy a permitir con mi voto que el estado use recursos para matar a un bebé indefenso") y sobre el caso Chocobar ("Si un ladrón no quiere ser abatido por la espalda, que no salga a delinquir"). Esquivando el término medio que hay en todos estos ítems, Olmedo se va de boca y padece el efecto boomerang.