Cuando asumió el presidente Arturo Illia, lo primero que hizo es llamar a los periodistas. Los acreditados se aproximaron a su despacho y allí el mandatario habló largamente.

Presentó algunos de sus ministros, pero destacó a un joven que se había “colado” entre los miembros del gabinete.

Su nombre: Fernando de la Rúa. Era el ayudante infatigable que tenía aquel gran ministro que había designado al frente de Interior, Juan Palmero.

Allí, Fernando de la Rúa ejerció el cargo de asesor directo del Ministerio Político, pero ligado íntimamente al presidente de la Nación. Los años pasaron. Los cambios de gobierno se sucedieron sin solución de continuidad.

Y de pronto aquel joven radical que había sido un apoyo muy importante para el gobierno de Arturo Illia, se convirtió en presidente.

Presidía una alianza que había incorporado como vicepresidente a Carlos “Chacho” Álvarez, quien después quiso desconocer al mandatario elegido y debió renunciar ante difíciles momentos que atravesaba el país. El tiempo trajo luego problemas económicos y conflictos permanentes.

De la Rúa se venía cayendo lentamente. La economía se derrumbaba, la falta de trabajo se hacía cada vez más evidente. Alfonsín que estaba en plenitud descolgaba en cada palabra una suerte de respaldo a su correligionario. Pero todo fue imposible.

La ineficacia de De la Rúa en su gestión se acentuaba cada vez más y sólo algunos compañeros de lucha se acercaban a la Casa Rosada para tenderle una mano. De la Rúa muchas veces se acercó a la Sala de Periodistas para hablar con la prensa. Nunca se negó a ello.

Quizás ciertas burlas de la ciudadanía le producía un bajón, pero nunca esbozó una actitud agresiva contra nadie.

Al contrario, siempre se movió en torno a palabras calmas, pero claro, con cierto contenido muy debilitado en temas que debían saldarse con fuerza y claridad. Alguna vez cerró alguno de los pasillos de la Casa Rosada y junto a sus arbolitos japoneses -los Bonsai- el mandatario caminaba pensativo.

En cierta ocasión -muy hincha de Boca- no pudo con su genio y con un televisor puesto en el camino de su sendero gritó un gol de Boca conquistado por Martín Palermo.

Su voz atrapó los aires del Patio de Las Palmeras. Ese momento de satisfacción no se lo quitó nadie. Fernando de la Rúa fue un presidente “cascoteado” por diferentes sectores, y aquella brillantez de años anteriores no volvieron a sumarse en los últimos tiempos de la trascendente gestión. Cuando se produjo el momento de su renuncia, el país volvía a sacudirse de sangre.

El clima enrarecido motivó su inmediata dimisión. En la Casa Rosada algunos funcionarios que se ponían el saco para irse a tomar un café, volvieron a sus puestos.

En la Sala de Periodistas este cronista intentó salir a la calle, pero se resignó y permaneció. “Quédese, que en momentos traigo una información”, dijo una voz oficial.

Al rato llegó y leyó: “Se dispuso el estado de sitio”. El presidente mandó un proyecto al Congreso”. Así fue. Al día siguiente, la renuncia de Fernando de la Rúa se hacía realidad.

Otro presidente democrático que dejaba el sillón del poder para subirse a un helicóptero que lo esperaba en la terraza de la Casa Rosada para llevarlo a su residencia, no la de Olivos.

Algo inusual: el aparato no se posó en la terraza; sino a pocos centímetros del suelo y al presidente debieron ayudarlo para ingresar a la cabina. Así terminaba otro jefe de Estado elegido por el pueblo.

Esta vez no lo sacaron las Fuerzas Armadas. El Congreso de la Nación, es decir la civilidad, había marcado el destino final de Fernando de la Rúa. Después, para qué contar lo que pasó. Le sucedieron cinco presidentes en un poquito más de una semana. No lo cree. Vaya a los archivos y lo constatará.

Luego quedó uno solo votado por la Asamblea Legislativa: Eduardo Duhalde, quien tiempo después llamó a elecciones y allí hubo un ganador que no se presentó en la segunda vuelta: Carlos Menem y entonces alcanzó el galardón máximo de la Nación un patagónico: Néstor Kirchner. De aquí en más todo se normalizó en el país. Lo escrito es una parte de la historia. Les aseguró que “a mí no me lo contaron”.