“...yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión…” Manifestó el poeta Horacio Ferrer

Entre sardinas de subte, arbolitos de Florida (que su único reverdecer es el dólar), . cámaras que nos espían, sin revelar ningún milagro cotidiano, están los linyeras más elegantes de la ciudad: los gorriones.

Hacen del poste de luz, un árbol; de la estatua, un ingenuo espantapájaros, de los cables de tensión, lianas de la selva urbana; hacen nido en la mirada perdida del último poeta de café y en el estribillo del tango que silba el canillita al amanecer.

En Buenos Aires todo es más moderno, ya no hay yeyos como taxis, al cortado lo llaman latte, y el alma de nada por estos lares funciona con cospel. sin embargo los gorriones permanecen custodiando los antiguos tesoros porteños, aunque cada vez más cuesta hallar a estos pájaros color de domingo. Las radiaciones electromagnéticas de las antenas de teléfonos celulares son la causa principal de su desaparición.

La historia blanca nos contó que el presidente Sarmiento los trajo en 1871 de Estados Unidos e hizo una suelta en Plaza de Mayo, o que el empresario cervecero Emilio Bieckert los había transportado en barco desde Europa y que enfurecido por las impuestos aduaneros que le exigían pagar para ingresarlos, los liberó en el puerto. Aunque lo cierto es que los primeros gorriones vinieron en el tambor de un esclavo africano, muchos años antes de que Sarmiento fuera presidente y de que Bieckert tuviera el cabreo del siglo XIX en la aduana porteña. Tanto es así que el negrero que “compró” al esclavo le tatuó en su brazo la marca de un gorrión, porque fue todo un suceso de la época, cuando al golpear el parche del tambor una bandada de gorriones poblara de futuro al cielo porteño. No hay demasiados registros del esclavo, lo único que se sabe es que al morir fue enterrado con su tambor y un gorrión.

La banalidad de las estadísticas indica que un gorrión puede llegar a vivir trece años en cautiverio, y que generalmente no llega a los siete años en libertad. Es decir, el gorrión enjaulado vive más que en libertad. Aunque todos sabemos que un gorrión en una jaula es tan sólo un fantasma de un gorrión. Los gorriones que hicieron nido en los barcos pintados por Quinquela Martín, en las discusiones de los filósofos de pizzería o en la boca de Delia Garcés, son los mismos gorriones que miran a los que nadie mira, los gorriones que le cantan a los que nadie les canta, esos gorriones - que jamás conocieron una jaula y que nunca consideraron delicioso al alpiste - son los que cambiaron la historia del corazón de esta ciudad y, aunqu. viven biológicamente menos que los de cautiverio, viven hermosamente más. Un gorrión enjaulado se marchita, un gorrión en libertad cierto día se va para siempre al país de la sudestada.

El poeta Celedonio Flores lo comprendió por lo que escribió: “Rebeldes como los gorriones que mueren de rabia dentro de la jaula y llenan las plazas de alegres canciones”

Si bien a Gardel - el que cantó como nadie el tango Gorriones - lo bautizaron como el zorzal criollo, . las baladas suelen mencionar al jilguero como el pájaro del canto amoroso, el gorrión consiguió lo que ninguno de ellos: aprender lunfardo. El gorrión comprende lo que significa “mina”, “pucho”, “guita”, “pilcha”, “curda”, “apoliyar”, “troesma” y boludo; no es un pájaro que haya que hablarle con los modales de la real academia y mucho menos de tú. Al gorrión se le habla de vos, se le dice: “che gorrión”, hasta sufre cuando una gorriona se raja con otro gorrión y mucho más cuando se pianta con un canario de jaula de oro.

Cualquier preso te va a hablar del gorrión como aquel que le trae noticias del cielo de los libres. En el Borda suele ser el pájaro preferido de los Napoleones y en los patios de los museos de los bostezos es el encargado de ponerle un poco de música a tanto desierto.

Edith Piaf fue bautizada como el gorrión de París, nosotros tuvimos como gorrión de Buenos Aires al poeta Héctor Negro que como testamento lírico escribió: “Quisiera que me dejen elegir ser el pájaro que más se pareció a las cosas mías. Ni ruiseñor, ni cóndor, ni zorzal. Yo tengo mi paisaje y mi canción. Ni colibrí, ni albatros...nada más que gorrión”

El gorrión no tiene pretensiones de ángel, él prefiere ser el café con leche con alas de Buenos Aires, porque el gorrión es el pájaro que más le gusta andar entre lo humano, conoce la tragedia del pan duro y del zapato roto. Por eso cada vez que veas un gorrión decile las palabras más libres que salgan de tu corazón, recordá que él es el alma de los esclavos que lucharon por su libertad en los tiempos de la colonia, recordá que en su cantar hay algo del retumbar de los tambores negros, y si querés también decile adiós, ya que el gorrión es como la Buenos Aires parda que está dejando de ser - que como tantas Buenos Aires que ya se han ido con demasiadas cosas - esta Buenos Aires se va junto al gorrión, a vivir hacia la memoria de muchos, hasta que ella se apague.