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Mientras la devaluación de la palabra continúa como un fenómeno arrollador en el país, al menos desde los "Libros de la buena memoria" que consagró el gran Luis Alberto Spinetta conviene tomar precaución ante las frases hechas. Una de ellas suele avivarse en las crónicas o comentarios sobre deportes: "Hambre de gloria" en sinónimo de autopista en pos de camino de éxito. Un oxímoron sin lugar a dudas. Porque ese formato infiere la figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto. Aparece más amable, certero, referir a ansias de victoria.

Hambre y gloria chocan de frente, se pueden tomar datos duros al respecto. La Universidad Católica reveló que según su último informe habrá más pobres en la Argentina que los que existían en 2014 y 2015. Dicha casa de estudios era presentada como más que confiable por la propia alianza gobernante.

Si desde el terreno de los mitos criollos se pretende abordar el tema, hay una metáfora universal en rigor del protagonista. Diego Armando Maradona narró que siendo niño sus padres debían abstenerse de la ingesta alimentaria básica para que él y sus hermanos tuvieran un plato de comida.

El episodio agranda la leyenda del "10", que fue socorrido médica y alimentariamente a tiempo, pero encierra un contenido más fuerte para otros niños que sufren hambre y pagarán por esa dieta reducida con capacidades físicas e intelectuales. Entonces luce a toda vista que no debe ser el riesgo del tránsito en las calles porteñas o el "adoctrinamiento" en las escuelas cuando las clases más castigadas por esta u otras crisis hacen impacto pleno.

Maradona en su grandeza futbolística hasta cuenta con haber superado aquel drama familiar, pero es un caso en miles o en millones. Se nos ocurre que considerar algo menos de premura al referirse a los pobres también debería ser una obligación para evitar liviandades, incluso desde el pragmatismo.

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