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El sindicalismo argentino está en crisis. Al igual que el peronismo, una parte de la sociedad está convencida de que sus líderes son corruptos, alejados de los trabajadores cotidianos, que buscan su protagonismo en el juego político pero sin tener como prioridad la defensa de los derechos del laburante de calle.

En ese marco, el gobierno aprovecha para avanzar en su visión sobre esos mismos derechos adquiridos. En un país con el 40% de los trabajadores en negro, y con una ausencia casi absoluta de generación de nuevos empleos, la receta del oficialismo es simple: menos derechos con la promesa de cambiar la situación.

El resultado de la propuesta es dudoso, pero exige que los sindicatos se paren en la vereda opuesta. Para evitar los esperables reclamos, el gobierno de Mauricio Macri cuenta con numerosas herramientas: desde las denuncias judiciales, que se mueven con una asombrosa coincidencia con las necesidades del oficialismo, a las investigaciones por irregularidades administrativas y hasta las cajas de las obras sociales, imitando un rasgo netamente kirchnerista.

Para colmo de los trabajadores, la crisis de representatividad de la CGT se suma a las internas de los tres sectores en pugna para ocupar el vacío que ya dejó (de facto) el triunvirato que se despide lentamente.

Hugo Moyano probará su fuerza pasado el miércoles, con una movilización casi en soledad. Si logra evitar la vergüenza, quedará como el sindicalismo combativo en el nuevo escenario, tan distinto de lo que era cuando asumió Cambiemos. Si fracasa, el abismo lo espera. Luis Barrionuevo amagó y se quedó. Infló la protesta con declaraciones altisonantes como recordar que los presidentes que disputaron reformas con la CGT "no terminaron sus mandatos", pero luego aceptó el pedido del oficialismo y se bajó de la marcha, acusando a Moyano de pactar con el kirchnerismo.

Por último aparece el sector representado por Héctor Daer. El dirigente nunca se acercó al reclamo. Muchos especulan con revivir la fórmula de la década del 90: Jorge Triaca (hijo, en este caso), ministro de Trabajo, y un Daer (Héctor, no Rodolfo),en la CGT dialoguista.

Para "volver a enamorar" como suele proponer el PJ, la CGT deberá renovar toda su estructura y dirigentes. No sólo de nombres, sino también de formas. Mientras tanto, los trabajadores esperan que alguien represente sus reclamos. Esta vez será Moyano. ¿Alcanzará?