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En la dinámica de esperar lo posible y sentados en el sector de los presuntos culpables, reiteramos que el uso de las palabras, mucho más en la función pública, exige mesura aun bajo los efectos de coaching, marketing o incluso por la tentadora industria nacional de la picardía criolla.

No se pregona imposición o dictado de cátedra. Eso se requiere en el tono de aquellos "llamados a la solidaridad" que la televisión ponía al aire hasta hace algún tiempo. En la carpeta reciente está el caso de una ejecutiva que escribió el ya tristemente célebre "una menos", respecto del fallecimiento de Chicha Mariani.

En el caso del Presidente, se recuerda que a mediados de julio deslizó que debería "dinamitarse" el Astillero Río Santiago durante un encuentro con empresarios y familias en Mar del Plata. En el complicado ejercicio de ponerse en el lugar del prójimo, uno puede acercarse al sentir de esos trabajadores semblanteando cuál sería su reacción si Mauricio Macri hubiera mencionado, en lugar del astillero, la empresa en la cual nos desempeñamos. No se vislumbrarían celebraciones ni la chance de considerar que fue una broma.

En este punto corresponde admitir que es casi seguro que no habrá denuncia en tribunales por ninguno de los dichos. Sin embargo, hay otras actitudes de hombres que de antemano se declaran falibles como el resto de sus semejantes. Hablamos de Juan Carr, ese benefactor de los más humildes que desde lo peor de los 90 viene haciendo bien sin mirar a quién, incluso confesando ante la cámara de Crónica HD que si algo lo fatigó desde aquella década hasta el presente no son las cruzadas por los pobres, sino la cantidad de reuniones con funcionarios de sucesivos gobiernos que se podrían acumular en el estante del tiempo perdido.