Por Pedro Patzer
 

El padre de José Hernández, autor de Martín Fierro, murió fulminado por un rayo en medio de La Pampa. ¿Será este suceso el origen de su orfandad ante las pampas, la chispa de su fervor por ponerle nombre a todo el dolor errante de la llanura, de darle un cuerpo a la historia del desasosiego del infinito paisaje de la injusticia que por esos tiempos tenía anatomía de gaucho?

José Hernández, como el otro José de la América de los de abajo, el poeta José Martí, tuvo que vivir entre las armas y las letras, siendo un soldado y un periodista, pero como todo hombre que vive la fatalidad de la guerra, se vio obligado a elegir: o entregar su destino a los fantasmas del campo de batalla propios de los sobrevivientes, o hacerse poeta para cantar el dolor de los que ya han perdido irremediablemente su voz.

Hay artistas que son para siempre, esto no significa sólo que sus rostros y sus datos biográficos perduren en los mausoleos de las enciclopedias y en los ciberhibernaderos de wikipedia, sino más bien que sus obras siguen cuestionando a los poderosos, poniéndose siempre del lado de los vencidos; continúan haciendo las preguntas fundamentales ante nuevos viejos conflictos, persisten en el cross a la mandíbula, como bien decía el rabioso Arlt, vienen a desordenar ante tanta nauseabunda pulcritud.

Aunque como a todas las obras peligrosas y a sus creadores, la aduana de la cultura oficial intenta hacer de ellos santos o muñecos de cera que se alejen de la vida y de sus bacterias revolucionarias, por lo que les ofrecen como templos centros esterilizados de la tradición y gauchos de desfiles, donde José Hernández y Martín Fierro se sentirían incómodos, ya que ellos se presentan sin pedir permiso en el hedor real de la Argentina. Así, ante el desocupado, ante el pobre, ante el senegalés que vende relojes de las horas perdidas en la calle, ante los que en la madrugada hacen largas filas en los hospitales públicos para ser atendidos, ante el que vive de changa en changa mal pagas, ante el que maneja ilegalmente un Uber por dos mangos, ante aquél que la desesperación lo hace caer en la fatalidad del paco, ante el devoto del gauchito Gil y de la Difunta Correa, es decir, ante cualquiera que esté fuera del sistema, vuelve el retrato de José Hernández, indicando que son los gauchos de ahora: "Para él son los calabozos,/ para él las duras prisiones/ en su boca no hay razones/ aunque la razón le sobre; / que son campanas de palo/ las razones de los pobres".

Los datos indican que José Hernández ostentaba una memoria magistral;  tanto es así que era sometido a pruebas insólitas: se lo hacía memorizar libros enteros. Curiosamente esta prodigiosa memoria que poseía ha traspasado a su obra; el Martín Fierro es memoria colectiva, es un eco que les recuerda a los argentinos la tragedia a la que fue sometido el gaucho, es decir, el hombre de clase baja, por los poderosos que en nombre de la civilización lo confinaron a la frontera (la guerra contra el indio) o a realizar trabajos, casi en condiciones de esclavitud, para los grandes estancieros.

Es importante señalar que Martín Fierro es un libro tan justo que también pinta la contradicción del gaucho: Fierro asesina a un negro, pelea contra el indio, se burla del inmigrante y ofrece los canallescos consejos del Viejo Vizcacha. Es decir, no es una obra demagoga, es una creación que muestra la complejidad propia del gaucho.

Sarmiento se ocupó de construir como sus rivales a Rosas, Quiroga, Peñaloza, aunque su verdadero rival, el que además le ganó la batalla del futuro y la memoria, fue José Hernández, al que el sanjuanino puso precio de mil pesos fuertes por su cabeza, ya que se había unido a las filas del entrerriano Ricardo López Jordán luego del asesinato de Urquiza. Sin embargo, consiguió alcanza. el precio de la eternidad, ya que logró que su Martín Fierro sea custodiado por el ángel del pueblo, ese ángel que hizo que los analfabetos aprendieran de memoria sus versos, y que en las pulperías siempre hubiera una guitarra dispuesta a entonar las verdades del trovador que se animó a cantar sus penas al compás de la vigüela.

Su hermano Rafael, describi. a José Hernández como el que había elegido por la patria grande, en contra de la patria chica. Esta elección sigue vigente cada vez que alguien recuerda algún verso de Martín Fierro, cada vez que alguien se codea con el drama de los gauchos de ahora: "Si uno aguanta, es gaucho bruto;/ si no aguanta, es gaucho malo./ ¡Déle azote, déle palo,/ porque es lo que él necesita!/ De todo el que nació gaucho/ ésta es la suerte maldita". .