Los primeros momentos de Francisco en Chile parecieron fríos y superficiales. Sin embargo su viaje, como mensajero de la paz, fue creciendo en emotividad y verdades. Quiso estar cerca de las víctimas de las injusticias y no dudó en pedir perdón. Quería volver a impregnarse con olor a oveja: pueblos originarios, pobres, jóvenes y migrantes.

Frente a la cultura de los pueblos originarios, pidió no confundir unidad con uniformidad. Defendió que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia, porque aumenta la fractura y la separación: "La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa".

En su encuentro con los jóvenes, en Santiago, les aseguró que su pensamiento era clave para el desarrollo social y necesitaba que "movieran el piso". "Pareciera que madurar es aceptar la injusticia, es creer que nada podemos hacer, que todo fue siempre así. Eso es corrupción", les dijo.

También urgió al pueblo a estar atento a todas las situaciones de injusticia y a las nuevas formas de explotación, a la precarización del trabajo que destruye vidas y hogares, a los que se aprovechan de la irregularidad de muchos migrantes, porque no conocen el idioma o no tienen sus papeles en "regla". "Estemos atentos a la falta de techo, tierra y trabajo de tantas familias", advirtió.

En cada rincón dejó una impronta que da cuenta de su carácter sencillo y de la sensatez con que percibe el mundo. Resistido y a la vez llamativo para muchos, el papa Francisco tiene algo que enamora y que conmueve. Aquellos que sentían que lo importante era tomarse la foto, sólo por vanidad, o por recuerdo,o para sacar provecho, se perdieron lo esencial. Ahora viaja a Perú a "compartir la esperanza".