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Las penas y las vaquitas se van por la misma senda. Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”, escribió hace más de 70 años don Atahualpa Yupanqui. Hoy que se recuperan monólogos de Tato Bores sobre devaluación, sequía monetaria y la pérdida de valor de nuestra moneda nacional, la actualidad parece copiar varios aspectos de un pasado de penas al por mayor.

Desde fines de la semana pasada, el anuncio del devaluado ministro (ahora secretario) de Energía, Javier Iguacel, sobre la compensación retroactiva a las distribuidoras de gas ocupan el centro de la escena económica. El ex ministro completó el papelón cuando aseguró que los que protestan lo hacen porque “son militantes kirchneristas”.

Para quienes no repasan las noticias: Iguacel autorizó un cobro retroactivo por la dolarización, que implicará un mayor aumento en la tarifa de gas. Más que eso: lo hizo agregando intereses, como si las empresas le hubiesen hecho un préstamo (con cargo, lógicamente) a los que consumimos (y ya pagamos).

El sucesor de Juan José Aranguren parece querer competir con el ex directivo de Shell, en declaraciones desafortunadas. Mientras tanto, se garantiza la ganancia de las empresas que operan en el país. Primero lo primero. Otro hecho trascendente se dio días atrás: el Banco Central habilitó a los privados a tener su reserva de dinero (los encajes) en Leliq.

Eso implica no sólo que estarán obligados a apoyar la política de traspaso de Lebacs a esas otras letras en dólares, sino que ahora podrán percibir intereses (otra vez la ganancia financiera) por ese dinero que antes no tenía ningún beneficio. Es decir que por lo que antes recibían una pobre ganancia, ahora podrían cobrar más del 70% de interés sin ningún esfuerzo. Mientras tanto, los demás contamos penas. Y vemos a las vaquitas, que son siempre ajenas. Y cada vez más gordas.

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