Entrar a la ciudad de Buenos Aires ayer fue un verdadero caos. Viajar todos los días desde mi casa, en Lanús, en el sur del Gran Buenos Aires, hasta el diario Crónica, en el barrio de San Telmo, no suele llevarme más de veinte minutos. Pero este miércoles llegar a mi trabajo parecía imposible.

Salí con el auto a las 9 y media de la mañana y, como siempre, tomé la avenida Hipólito Yrigoyen, en donde pude transitar hasta llegar al puente Pueyrredón. El control policial habilitaba sólo dos carriles y con los demás accesos a Capital cerrados, se formó un embudo de autos que íbamos a paso de tortuga.

La policía estaba demasiado estricta. Hicieron bajar de un micro a un hombre con muletas, que llevaba puesto un yeso en una pierna y tenía muchas dificultades para moverse, así como también hicieron lo mismo con una señora mayor que llevaba un changuito. Una medida totalmente innecesaria.

La gente tocaba la bocina cada vez que se paraba el tránsito y yo creo que es normal que se pierda un poco la paciencia en una situación de este tipo, y en mi caso puedo decir que estaba enojado. Llegué a las catorce y quince a mi trabajo, con lo cual hice un viaje de veinte minutos en casi cinco horas. Lo mismo que tardaría un viaje a Necochea.

Creo que tienen que mejorar este tema, porque los que venimos a trabajar, así como las personas del sistema de salud y los que transportan insumos y alimentos, no merecemos pasar por esta situación. Por eso mismo me parece perfecto lo que dijo el presidente Alberto Fernández.

A la gente que no tiene nada que hacer en Capital, que le saquen el auto. Y lo mismo pienso de los que se quieren ir de vacaciones. Hay que respetar al laburante, y al que no lo hace hay que caerle con todo el peso de la ley.

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