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Decenas de fajos de billetes se acumulan en una sucia mesa de un bar o en valijas que revientan. Esas escenas tan comunes en las películas de narcotraficantes se tornaron habituales en la vida cotidiana de los argentinos. Sólo que esta vez, en el caso de Marcelo Balcedo, éste tuvo la delicadeza de guardar más de seis millones de dólares en diversas cajas de seguridad en Uruguay; no sea cosa de andar enterrando billetes en bolsitas, a lo Pablo Escobar.

Lo obsceno del hallazgo de tal cantidad de dinero en poder del titular del Sindicato de Obreros y Empleados de Minoridad y Educación (Soeme) duele tanto como indigna, porque es otra muestra de los Robin Hood invertidos que pululan en nuestro país, esos que roban a los trabajadores para hacerse ricos, escondidos en un atractivo discurso de trinchera pretendidamente pro-obrero.

Vale aquí dejar a un lado las especulaciones sobre lo "adecuado", políticamente hablando, del momento en que dirigentes que evidentemente llevan hurtando de lo lindo empezaron a desfilar por tribunales y comisarías. Lo sospechosamente oportuno de la ola de detenciones no tapa lo escandaloso y palpable de hechos que son parte de ese folclore despreciable que los argentinos no logran sacarse: "roban, pero hacen".

En paralelo con el arresto de Balcedo, pagaron el pato los empleados del diario platense Hoy, dirigido por el ¿representante? del gremio y su esposa, Paola Fiege. El medio está cerrado "provisoriamente", en un contexto como el actual, en que algo así sólo significa desesperación.

Ejemplos como el de Balcedo nos recuerdan lo lejos que estamos de ser ese país que todos los políticos prometen durante las campañas. Pero a no perder la esperanza...