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En otras oportunidades, en este espacio se planteó que los dirigentes políticos y los gobernantes son, en parte, expresión de la sociedad a la que pertenecen, por lo que los vicios o defectos que demuestran al ocuparse de los asuntos públicos no difieren demasiado de actitudes que se dan en todos los ámbitos.

Uno de los funcionarios más afectados por los recientes cambios en el gabinete nacional fue -justamente- el jefe de gabinete, Marcos Peña, con la salida de sus dos más estrechos colaboradores, los ya ex vicejefes Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, y la desarticulación de una estructura que el propio Peña había diseñado a su medida y con la cual coordinaba -y condicionaba- la actividad de todos los ministerios.

Por algo supo ganarse la antipatía de numerosos funcionarios, en especial de las áreas vinculadas con la economía. Luego de varias semanas de resistir los embates contra Peña -su ahijado en la política, vale recordarlo-, el presidente Mauricio Macri dispuso fusionar ministerios, reducir sectores y disolver el armado inicial del jefe de gabinete.

Pero el de Peña es sólo un ejemplo de tantos que se han dado en otros gobiernos nacionales, como también en provincias, municipios y empresas estatales. Pero en la órbita privada ocurre lo mismo. Y el punto es éste: quienes ejercen cargos o funciones que manejan recursos y personal, en vez de concentrarse plenamente en desarrollar sus tareas lo más eficientemente posible para aportar al conjunto, emplean buena parte de su tiempo y energías en "marcar la cancha" y en generar condiciones para eventualmente ascender a puestos de mayor poder.

Además, esas conductas suelen ser presentadas -con alto grado de hipocresía- en nombre de los intereses de la empresa, del ministerio o del proyecto en cuestión, cuando en verdad se busca un estado de cosas a gusto de una persona o de un sector, en desmedro del resto.

Aparte de las situaciones de injusticia que esto produce y que hasta afecta a personas que nada tienen que ver con las internas o disputas de los niveles jerárquicos, lo cierto es que finalmente el conjunto sale perjudicado. No puede extrañar, entonces, que el país esté como está.