De lo nuestro, lo peor

Opinión por Analía Caballero. 

acaballero@cronica.com.ar 
@analiacab 

Esta columna bien podría haber sido la escrita en diciembre del año pasado, cuando en el Congreso se debatía la reforma jubilatoria y los alrededores del Palacio Legislativo quedaron destrozados, hubo tensión durante varios días y en los medios se cruzaban las acusaciones entre funcionarios del gobierno, legisladores y militantes de distintas organizaciones sociales.

Nadie notaría la diferencia, porque da la sensación de que, en diez meses, nada mejoró. Planes económicos que ahogan aún más el bolsillo cotidiano de la inmensa mayoría de los argentinos, sospechas y "operetas" de uno y otro lado, que sólo logran confundir al ciudadano y sostener en el tiempo ese halo de incertidumbre con un toque de angustia que desemboca en lo peor que le puede pasar a un pueblo: caer en la desesperanza.

Ese concepto es quizás al que más debería temerle el oficialismo, a sólo un año de las elecciones presidenciales. Porque, como reza el dicho, mientras hay vida hay esperanza... y si hay esperanza hay chances de seguir en el poder. Pero la desazón genera apatía y desconfianza por una clase política que ya viene bastante desgastada por los casos de corrupción y las "panquequeadas" que se ven últimamente.

Nadie parece estar convencido de nada, las ideologías sólo se mantienen como fachada para arrear desprevenidos que aún creen en algo o alguien. Cuando no se espera nada, todo da lo mismo. La vida propia y ajena, los resortes de la democracia, las leyes y normas de convivencia.

Ese estado casi anárquico se adivina en las calles de Buenos Aires, cuyas imágenes se replican hacia el interior y el exterior del país, pintando el retrato de una nación que nadie en su sano juicio debería anhelar. Más que fomentar debates vacíos en las redes sociales o inclinar hacia un lado la opinión pública, la Argentina necesita dirigentes que piensen más allá de su nariz, también conocida como "mandato". Los seguimos esperando.

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