La chica urbana (en cuarentena): la casa está en orden

La quinta entrega de una serie de eventos desafortunados donde la Ciudad, sus historias y sus contextos se ven desde un punto de vista diferente.

Por La Chica Urbana 

@ChicaCronica

Capítulo 5

Pintamos paredes, arreglamos picaportes, cambiamos los muebles de lugar y limpiamos hasta el último rincón que desconocíamos que existía. Nos hicimos amas, amos, señoras y señores de nuestras casas como nunca antes. Estamos todo el tiempo en el lugar donde siempre quisimos estar pero presos de nuestras propias incapacidades.

Desde que comenzó el aislamiento social, preventivo y obligatorio limpiamos sin parar, cocinamos recetas exóticas y usamos todos los rincones del monoambiente para sentir que nos movimos aunque sea unos metros. Nuestro espacio se convirtió en nuestro único espacio.

La chica urbana (en cuarentena): la casa está en orden
Si antes para cambiar un cuerito llamábamos a un plomero, por algo era.

Nos hicimos expertos y nos descubrimos inútiles en todas las áreas que requerían algún conocimiento de oficio. Fuimos plomeros, cerrajeros y pintores hasta que se nos reveló que lo único que sabemos hacer es nuestro propio trabajo, ese al que nos dedicamos todos los días. Si antes para cambiar un cuerito llamábamos a un plomero, por algo era.

La conspiración electrodoméstica no se quedó atrás ni se apiadó de nosotros, y dejaron de funcionar cuando más los necesitamos. El lavarropas, la estufa, la cafetera, el horno eléctrico... Los malditos se complotaron para romperse en el peor momento. ¡Y todos juntos!

La chica urbana (en cuarentena): la casa está en orden
La conspiración electrodoméstica no se quedó atrás ni se apiadó de nosotros, y dejaron de funcionar cuando más los necesitamos.

Creíamos que podíamos ser chefs de cocina internacional, expertos panaderos y hasta que éramos capaces de preparar los mejores tragos de autor con lo que había. ¡Falso! Creíamos, no lo pudimos comprobar. Nuestra imaginación nos engañó haciéndonos creer que podíamos con todo pero no pudimos con nada.

La cuarentena nos dio una lección. Nos enseñó que no podemos solos, que necesitamos de otros para que nuestras vidas sigan funcionando. La fantasía de irnos a vivir solos a una isla se cayó a pedazos cuando en este tiempo descubrimos que necesitaríamos de alguien más para armar la choza donde dormir, de algún otro para conseguir el pescado que comer y sin dudas de alguien más para hablar, porque eso de hablar con las pelotas de vóley es cosa de naúfragos.  

 
Esta nota habla de: