Reírse de uno mismo o llorar sin consuelo
Opinión por Luis Autalán.
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@luisauatalan
Un tal Jorge Luis Borges aconsejaba "reírse de uno mismo" de tanto en tanto; incluso aceptaba el ejercicio en plural para tal dinámica. Corren días de discusión sobre la propuesta de diálogo y consenso del gobierno, en base a una decena de tópicos acordados de antemano.
Desde su ingenio, el colega Esteban Rafele encontró el matiz del siempre necesario humor -sobre todo en terreno político- y lo escribió en redes sociales. Su decálogo se basó en: 1) Nadie pedirá asado, bien cocido, tipo suela; 2) El mate se ceba amargo; 3) No se spoilea Game of Thrones, Avengers ni nada; 4) El carril izquierdo es de sobrepaso, a 60km/h vas por los otros; 5) Los libros se subrayan con lápiz; 6) Entre sujeto y verbo no va coma; 7) El café instantáneo no es café, es otra cosa; 8) La cerveza viene con platito de maní; 9) Dejar espacio para los ansiosos en la escalera mecánica, y 10) Los torneos del amateurismo no se cuentan (fútbol).
Hasta aquí, Rafele y su envidiable chispa. Pues bien, sin intención de irreverencia alguna, se aprecia que en el marco institucional la convocatoria política sobre el escenario de una crisis económica enorme, con datos irrefutables como 252.500 empleos registrados perdidos en un año, la pobreza, hambruna infantil y otras mieles, hasta la capacidad de asombro o candor se agota cuando voceros del gobierno consideran que el decálogo intenta poco menos que refundar la política nacional.
En particular porque han sido el presidente Mauricio Macri, sus funcionarios y legisladores oficialistas los que remarcan que no existe un plan B ni siquiera en la tormenta de las tormentas. Sería cuestión sencilla considerar que en realidad la valoración respecto de la política no es una fortaleza de la alianza gobernante; lo que no reviste capacidad alguna de humor es plantear un tema tan delicado esperando que un pacto acerque al menos una bocanada de aire quienes más sufren este lunes.

