Por Profesor Antonio Las Heras (*)
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Juan Eduardo Cirlot, en su “Diccionario de símbolos” cita: “El árbol es uno de los símbolos esenciales de la tradición”. Se refiere a aquella constituida por milenarios mitos y leyendas y que atraviesa la limitación histórica e implica un tiempo y lugar determinados, para abrirse al inconmensurable universo de la esencia humana misma.

Sí, “el árbol” puede considerarse un verdadero arquetipo en el sentido del término dado por el célebre suizo Carl G. Jung, que implica la existencia de un molde inconsciente, presente en todo humano desde su mismo nacimiento.

Tan asociado a la existencia humana misma está que, cuando queremos referirnos al linaje de alguien en particular se habla de su “árbol genealógico”, que expresa gráficamente tal cual un árbol: con copa, tronco y raíces.

En una comunidad como la Argentina está presente tanto entre quienes practican el cristianismo, con el árbol de Navidad, como entre los pueblos originarios y el culto a la Pachamama, impensable sin acompañarlo con el deseo de árboles que crezcan bendecidos por las acciones de la Madre Tierra para que puedan darnos sus preciados frutos.

Desde tiempos remotos, los sabios que observaron la naturaleza comprendieron que el árbol simboliza esa condición especial de la vida que es, por un lado, la perpetua generación y, a la vez, la evolución, que implica que las cosas no son siempre iguales, sino que de la continuidad surgen nuevas perspectivas, horizontes desconocidos que se atraviesan y que van en contra de cualquier idea de cristalización. Algo que, en el orden humano, advierte a ese grave error de hacer más de lo mismo para hallar resultados nuevos.

Hay otros simbolismos muy sencillos en el árbol: la verticalidad, o ser el eje o el centro, al aparecer en muchas leyendas como “centro del mundo”. Aquellos de hojas caducas brindan, en su simbología, y enseñan cómo es lo cíclico, los periodos estacionales. Allí se ven bien las etapas de la vida: nacimiento, crecimiento, transformación y regeneración. Igual que el árbol realiza cada uno de sus procesos acompañando un momento determinado del año, los humanos debemos respetar nuestros ciclos en la vida de cada uno.

Muchos lamentos se evitarían con sólo atender a esto. Además, los cuatro elementos también están presentes en el árbol: el agua que vitalizan troncos y hojas, la tierra en cuyas entrañas se adhieren las raíces, el aire que nutre el follaje y el fuego simbolizado por los rayos solares, el calor sin el cual la vida no es posible. Otra simbología muy valiosa es su conformación. El gran follaje que, cual brazos y manos, tiende a lo alto, busca espacio y así la luz solar.

El tronco, que intermedia. Y las raíces que deben ser bien profundas y desarrolladas para asegurar que vientos, lluvias y tormentas lo desgarren. ¡Cuanta enseñanza nos deja! Si en nuestras acciones buscamos notoriedad, darnos un nombre, hacernos un espacio vital personal, ha de haber un tronco, una vida consolidada que necesitan raíces resistentes, o sea contar con precisos valores espirituales, suficiente desarrollo intelectual y sanidad corporal, para hallar condiciones de cumplir ese cometido de vivir en armonía, siendo único e irrepetible.

Su imagen nos transmite la importancia de integrar opuestos; las ramas y el follaje tendiendo hacia el cielo buscando enhebrarse en la trama cósmica y las raíces hacia lo profundo y exuberante en la oscuridad de la Tierra. Para el budismo, como árbol, Bodhi es iluminación y vida, representación del mismo Buda, y para el brahmanismo, sus raíces son la Tríada que componen Brahma, Vishnú y Shiva. La higuera, citada tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento, tiene larga data mitológica en Oriente.

En el tercer milenio antes de Jesús, la civilización prehindú de Mohenjo-daro representa el árbol cósmico junto al cual posan las diosas desnudas. Ya en la India védica es el árbol del mundo, el eje axial que une cielo y tierra. Bajo uno de estos árboles Sidarta Gautama, luego conocido como Buda, recibió la iluminación que le permitió desarrollar su filosofía de vida. En la iconografía antigua, la higuera representa al mismo Buda y la extensión de su doctrina.

En Anuradhapura, Sri Lanka, se venera a una higuera, Bodhitaru, que dicen tiene unos 2.000 años, y se la llama árbol de la sabiduría; según una leyenda budista ceilandesa del año 1.000 por Upatissa, creció de una rama desgajada de la higuera en la que Buda recibió su iluminación. En el vedismo y en otras religiones, esfrecuente representar el árbol invertido, vida que nace en el cielo y se extiende sobre la tierra, expandiéndose sus ramas por el mundo y que citan tanto los Upanishads como también Platón, el Zohar y el islamismo.

Una leyenda guaraní }afirma que la palmera es el árbol sagrado } que protege de las fuerzas malignas, que no se atreven a profanar. Lo mismo sucede en regiones donde crece el algarrobo, al que desde tiempos precolombinos se considera un árbol sagrado. Probablemente porque provee alimento y bebida; pero en tiempos de intensas sequías se convierte en el único alimento para los animales no mueran. Para los quichuas el árbol sagrado es el tacú o quebracho colorado.

CITA OBLIGADA: SIEMPRE ESTÁN

El árbol a nivel simbólico aparece en el Antiguo Testamento y en el de Navidad. En Génesis 3: 4-5 se lee: “Si coméis de este fruto no moriréis, es que Dios sabe que el día en que comáis se os abrirán los ojos y seréis como El, conocedores del Bien y del Mal”.

El de Navidad aparece en Alemania en el siglo VII, aunque su uso simbólico hacia fin de año ya era una ceremonia habitual en el Egipto Faraónico, quienes acostumbraban llevar 12 hojas de palma, una por cada mes, y a modo de pirámide, se les prendía fuego en honor a los dioses.

De allí se intuye el origen milenarios de las fogatas del 24 de junio, tan frecuentes años atrás, Esos rituales en el Norte son el 24 de diciembre, en el otro hemisferio. Los antiguos celtas acostumbraban para el 21 de diciembre adornar el sagrado roble, que perdía sus hojas con el frío, y lo acondicionaban con muérdago (símbolo de suerte y fecundidad), le colgaban frutas (ahora como esferas) y le ataban antorchas (otrora velitas; hoy foquitos) que simbolizan protección, vigor y la Luz que aleja las Tinieblas.

A esos árboles se pueden sumar muchos otros, como el de la vida, que contiene los frutos del Bien y del Mal, el Sapientiae; el Arbor Philosophica, como representación de las fases de la transformación alquímica; el de los filósofos del que se obtiene el Opus como frutos. O aquel del que cuelga el Vellocino de Oro que sólo podrá rescatar el Héroe Solar Jasón seguido de los Argonautas y la intervención de Medea, el Arbol Sephirotal de la Cabala, Entre los celtas, la encina era el árbol sagrado; entre los escandinavos el fresno, el tilo para los germanos y la higuera en la India.

(*) Doctor en Psicología Social, filósofo y escritor. Magister en Psicoanálisis. Pte. Asoc. Arg. Parapsicología y de la Asoc. Junguiana Argentina.