Por Roberto Di Sandro
El Decano - 69 años en la Casa Rosada

rdisandro@cronica.com.ar

Hoy se recuerdan setenta y dos años de uno de los acontecimientos populares más trascendentes de la historia argentina. Un pueblo salió a la calle para respaldar a un coronel que luego se convertiría tres veces en presidente de la Nación. Era en aquel momento el coronel Juan Domingo Perón, que había sido detenido en la isla Martín García por decisión de las Fuerzas Armadas que luego debieron ir a buscarlo ante el reclamo popular.

El 17 de octubre de 1945 nacía entonces uno de los movimientos de masas que se extendió por los tiempos hasta hoy, que aún sigue mostrando su presencia con diferentes matices. Así lo viví Quién escribe estuvo presente con su adolescencia al hombro en aquella jornada inolvidable.

La gente más humilde salió a las calles para pedir por su líder. Lo fueron a buscar al Hospital Militar, donde había sido internado, y lo llevaron hasta la Casa Rosada. Allí, un núcleo de generales favorables y críticos debieron aceptar que el entonces presidente de facto, general Edelmiro J. Farrell, resolviera tomar el toro por las astas y determinar la presencia del coronel en el edificio de Balcarce 50.

En la calle, más de un millón de personas que hasta habían cruzado ríos a nado, lo aguardaban en medio de la noche, pero ya lo esperaban desde las primeras horas de la tarde. Un escenario impresionante que mostró a trabajadores de todos los géneros poniendo los pies en las fuentes que decoraban la Plaza de Mayo.

Los flashes lo iluminaron A las 10 de la noche en medio de la muchedumbre se anunció que Juan Perón había llegado a la Casa Rosada. No había televisión ni cables de transmisión y sólo reflectores y flashes de los fotógrafos de los diarios de aquella época enfocaban el primer piso del edificio del poder. Allí, junto a un núcleo de alumnos de la escuela secundaria Julio A. Roca, emplazada en Amenábar entre Sucre y Pampa, en Belgrano, arribamos a bordo de un camión que iba hacia el histórico paseo. Impresionante encuentro del pueblo con su líder.

En la espera pude conocer a un muchacho de gran estatura que se había ubicado en un rincón, casi llegando al Banco Nación. Después, con el tiempo, ya dentro de este apostolado que es el periodismo y destacado en la Casa de Gobierno, pude saludarlo y abrazarlo en otro acto del 17 de octubre. Su nombre: Lorenzo Pepe, reconocido hombre de la dirigencia laboral, que desde hace mucho tiempo ejerce la titularidad del Instituto de Investigaciones Juan Peron.

La vida quiso que nos uniéramos otra vez para seguir militando al lado del general. “Tiene que hablar” Este 17 de octubre que hoy se celebra pasó por muchos matices. Gratos y tristes. Durante los gobiernos de facto los actos fueron clandestinos. Se prohibió muchísimas veces, así como también la marcha peronista. Sin embargo, el pueblo se volcaba donde podía para recordar la fecha imborrable.

Aquella noche, hace setenta y dos años, la muchedumbre trabajadora copó el ámbito de la Plaza de Mayo. Recuerdo que mi padre, fotógrafo del diario La Época, me contó el momento en que un periodista que estaba cerca del balcón le sugirió al general Farrell: “General, vaya a buscar a Perón porque si no van a derrumbar la Casa de Gobierno”.

El grito popular así lo insinuaba desde afuera. Lo trajeron y amainó el clima expectante. Después Perón sugirió que para terminar con todos los problemas se debía llamar a elecciones. Todos se miraron y Farrell aceptó. “Así se hará”, expresó.

Cuando ya se iba a despedir de los presentes, Juan Perón recibió un reclamo del mandatario: “¿Adónde va? Tiene que hablar. Vaya y hágalo”. Y Perón, a las once y media de la noche, en medio de la ovación popular que no cesó un solo momento, hizo uso de la palabra. De allí en más el 17 de octubre se convirtió en un verdadero emblema del pueblo. Con la presencia de Perón y Evita el festejo era total.

Después, gobiernos militantes no lo permitieron y en ciertos casos, como en los últimos años, la celebración fue disminuyendo, quizá por los diferentes matices que surgieron en el movimiento. El Día de la Lealtad, sin duda, ha quedado grabado para siempre en los corazones del pueblo. Es muy difícil el olvido; aunque las generaciones cambien, siempre habrá alguien que recuerde esa voz de un hombre que supo ofrecerles a todos los trabajadores un signo grabado a fuego: la dignidad.