Hace años que la diabetes es considerada una de las enfermedades más comunes entre la población, pero en las últimas décadas esta afirmación solo creció. La Organización Mundial de la Salud registró un aumento del 70% en diabéticos a nivel mundial entre el 2000 y el 2019, mientras que la Argentina saltó de un 9,8% de prevalencia en 2013 a un 12,7% en 2018. Con el avance de esta enfermedad crónica, también crece la industria de alimentos alternativos para aquellos que la padecen.

En respuesta a la incapacidad de los afectados por la diabetes de consumir azúcar de forma regular, debido a su incapacidad de redistribuir la glucosa mediante la insulina en sangre, los estantes de los supermercados se poblaron de productos con sustituyentes amigables a la dieta diabética: comidas light, sin azúcar o producidas con edulcorantes. Una de estas alternativas son los productos endulzados con fructosa.

 

Qué es la fructosa

Encontrada naturalmente en frutas y algunas verduras, es un endulzante amigable para los diabéticos.

También llamada el "azúcar de las frutas", la fructosa es un monosacárido similar a la glucosa, pero ubicada naturalmente en todas las frutas, la mayoría de los vegetales y en sustancias como la miel. Esta sustancia endulzante se volvió una opción popular para los diabéticos ya que no requiere de insulina para metabolizarse. A diferencia de la glucosa, que se procesa en casi todos los órganos del cuerpo, la fructosa se metaboliza principalmente en el hígado.

Gracias a la posibilidad de metabolizarla sin la necesidad de la insulina que los pacientes con diabetes no pueden producir o utilizar, la fructosa no eleva los niveles de glucosa en sangre para causar el temido pico de glucosa. Un ligero contrapunto es el hecho de que, al no estimular la secreción de insulina ni grelina (hormona que ayuda a regular la sensación de apetito), la fructosa no provoca la misma sensación de saciedad que otros carbohidratos y puede dejarnos "con hambre".

Los riesgos de la fructosa

El descubrimiento de un endulzante no calórico revolucionó la industria de los alimentos procesados, que comenzaron a utilizar el jarabe de fructosa-glucosa en productos como las galletas Oreo. Su popularidad llevó a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria y la Asociación Americana de Diabetes a estudiar los posibles riesgos de la fructosa.

Los estudios encontraron que un exceso de este azúcar en la dieta puede provocar alteraciones del metabolismo, generar una diabetes tipo 2 o incrementar los síntomas de la misma y aumentar los niveles de triglicéridos y de colesterol LDL (también llamado colesterol malo) en sangre, elevando los riesgos de sufrir enfermedades cardiovasculares por una presión arterial mayor.

Un exceso de fructosa en la dieta puede tener consecuencias perjudiciales para la salud.

El hígado también sufre modificaciones ante el exceso de fructosa, ya que es el órgano que se encarga de su metabolización. Al recibir un exceso de fructosa, el hígado puede pasar a producir grasa, lo que termina en un hígado graso, inflamado e incapaz de realizar sus funciones. Por suerte, el exceso de fructosa es algo fácilmente evitable.

Para evitar un consumo excesivo de fructosa conviene evitar los refrescos azucarados, y hay que tener en cuenta que muchos alimentos procesados llevan fructosa, al igual que algunas harinas integrales o bebidas derivadas de la soja. En cualquier caso, si no se tiene un problema de salud directamente relacionado con su consumo, la fructosa natural que encontramos en frutas y verduras no debería suponer ningún problema para el organismo de pacientes con diabetes.

De hecho, frutas ricas en fructosa como los dátiles, ciruela, cereza y manzana comenzaron a aparecer como reemplazos al azúcar en recetas para diabéticos.