Por Alicia Barrios

 

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San Cayetano querido, el pueblo de Dios está contigo. Desde la década de 1930 no deja de hacer milagros en el Santuario de Liniers. Paz, pan y trabajo. Cada uno muestra la piedad popular, que, como Dios manda, ordena en su corazón. Una vela encendida, una estampa, espigas de trigo, agua bendita. Así llegan equipados a ofrendar a San Cayetano. Sólo la fe explica, la devoción, la creencia y la certeza de que “el Santito no falla nunca”. Creer o reventar. Todos tienen una relación íntima con él, como si fuera parte de su familia. Las abuelas de la década de los 60 fueron las grandes transmisoras del culto.

Así, hoy nietos y bisnietos siguen la tradición. La veneración a San Cayetano es contagiosa. Para los no creyentes no es fácil entender a simple vista cómo miles y miles de personas peregrinan con la mirada clavada en la llama de un cirio. Más del noventa por ciento de los encuestados, cualquiera sea el culto que profesen, conoce a San Cayetano. Ni la pandemia detuvo a sus seguidores, que en pleno 2020 lo siguieron en forma virtual para presenciar la misa. En el 2021 la imagen estuvo expuesta durante todo agosto para evitar las aglomeraciones y hubo filas que superaban las seis cuadras.

Bergoglio siempre fue un gran defensor y protector de la religiosidad popular. Un militante de la fe sencilla del pueblo de Dios. Desde 1997 el arzobispo Bergoglio iba todos los años a celebrar la misa en San Cayetano. La primera vez, al finalizar la celebración, desapareció, el párroco y los demás sacerdotes oficiantes pensaron que estaba enojado. Nada de eso, lo vieron sonreír, tomar mate, bendecir a los fieles, muy entretenido.

 

 

 

El 7 de agosto del 2013 estaba ya en Roma y no pudo ir, pero no faltó a la cita. Estuvo presente con un mensaje para las más de las cien mil personas que pasaron por el santuario. Les explicó que no iba a poder estar recorriendo las hileras de gente que esperaban para entrar en el templo. Les explicó que no iba a poder hablar con ellos, recibir los mensajes (los papelitos) con las intenciones. Los invitó a ir con Jesús y San Cayetano a encontrarse con los más necesitados para ayudarlos sin preguntarles cuál es su religión.

Chesterton, uno de los autores favoritos de Francisco, alguna vez escribió: “Es una locura intentar poner el cielo en la cabeza cuando es más sensato poner la cabeza en el cielo”. Cuando Francisco, como cardenal, participó en el documento de Aparecida, ya tenía la experiencia de varias jornadas en San Cayetano, lo mismo que en Luján. Allí dejó testimonio de que el Espíritu Santo se despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita.

Es la verdadera espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos. Para él, es el sistema inmunológico de la Iglesia, porque salva de muchas cosas. Para él, los santuarios son centros de misericordia, tienen fuerza evangelizadora. El caminar juntos, peregrinar aferrados a un rosario, es una esperanza derramada.

 

Por A.B.

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