EFEMÉRIDE

A 24 años de la Masacre de Avellaneda: el asesinato de Kosteki y Santillán y las fotos que destruyeron la versión oficial

El 26 de junio de 2002, dos jóvenes militantes fueron baleados por la Policía Bonaerense durante una protesta en el Puente Pueyrredón. El gobierno de Duhalde intentó encubrir el crimen, pero las imágenes de dos fotógrafos lo hicieron imposible.

El mediodía del 26 de junio de 2002 era uno más en una Argentina que llevaba meses en llamas. Los titulares de esa mañana hablaban de un FMI implacable con el país, mientras el ministro de Economía Roberto Lavagna viajaba a Washington casi en misión de ruego. En ese contexto de crisis terminal, miles de militantes de organizaciones piqueteras y de trabajadores desocupados marchaban hacia el Puente Pueyrredón, en Avellaneda, reclamando trabajo genuino, aumento de los planes sociales y alimentos para los comedores populares. Lo que ocurrió en las horas siguientes cambiaría la historia reciente del país.

La cacería en la estación

Cuando la multitud intentó avanzar sobre el puente, la policía abrió fuego. Los manifestantes corrieron en distintas direcciones. Sobre la avenida Pavón, a la altura de la Estación Avellaneda del Ferrocarril Roca, Maximiliano Kosteki, de 22 años, oriundo de Guernica, cayó herido de un balazo en la espalda. Sus compañeros lo arrastraron adentro de la estación para protegerlo.

Gentileza: Reuteurs.
Gentileza: Reuteurs.

Entre quienes intentaban auxiliarlo había un joven de 21 años llamado Darío Santillán, referente del MTD-Lanús y encargado de la seguridad de los manifestantes. Santillán ya había escapado de las fuerzas de seguridad, pero volvió a la zona para rescatar al compañero caído. Sabía primeros auxilios y quiso ayudarlo. Fue entonces cuando llegaron el comisario Alfredo Fanchiotti y el cabo Alejandro Acosta. Los demás corrieron. Darío, agachado junto a Kosteki, levantó una mano. Los policías lo obligaron a levantarse y, cuando estaba de espaldas, le dispararon.

Después, los efectivos arrastraron a Santillán por el hall de la estación y lo dejaron tirado al lado de un kiosco, donde su sangre se hizo charco. Antes de irse no limpiaron la sangre sino la escena: recogieron apurados los cartuchos rojos que identificaban las postas de plomo.

Darío Santillán.
Darío Santillán.

Las fotos que destruyeron el encubrimiento

Desde el gobierno nacional y provincial se instaló de inmediato la versión de que los piqueteros se habían matado entre ellos. El gobierno de Eduardo Duhalde apostó a que la narrativa se sostuviera. No contaba con lo que ya estaba revelado en dos rollos de fotos.

Las imágenes del fotógrafo Pepe Mateos y del colaborador de las Madres de Plaza de Mayo Sergio Kowalewski registraron con precisión lo que había ocurrido dentro de la estación. Mostraban al comisario Fanchiotti apuntando con su arma, a Kosteki en el suelo agonizando y a Santillán en cuclillas y de espaldas, cubriéndose, instantes antes de ser ejecutado. Al día siguiente, esas imágenes recorrieron el país y el mundo. La versión oficial se derrumbó en cuestión de horas.

La conmoción social fue inmediata y las movilizaciones que siguieron forzaron a Duhalde a adelantar las elecciones presidenciales que debían realizarse en octubre de 2003.

A 24 años de la Masacre de Avellaneda: el asesinato de Kosteki y Santillán y las fotos que destruyeron la versión oficial

Condena parcial, justicia incompleta

En enero de 2006, la justicia argentina condenó a prisión perpetua al comisario Alfredo Fanchiotti y al cabo Alejandro Acosta como autores materiales de los homicidios. Pero la causa por las responsabilidades políticas nunca prosperó. La querella señala a Eduardo Duhalde como el principal responsable político de la represión que ordenó impedir el ingreso de los manifestantes a la Ciudad de Buenos Aires, un expediente que continúa sin resolución en la justicia federal.

Cada 26 de junio, organizaciones sociales y piqueteras se movilizan hasta el Puente Pueyrredón en memoria de Darío y Maxi. La estación donde fueron asesinados lleva sus nombres desde 2013. Veinticuatro años después, la memoria de los dos jóvenes militantes sigue siendo una herida abierta en la historia argentina.

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