La estúpida costumbre de comer todos los días
La panza no conoce de curvas de campana y excels de supuesto crecimiento, el hambre se multiplica, duele, lacera, e injustamente, avergüenza.
"Me endeudé porque tengo la estúpida costumbre de comer todos los días". Me llega ese mensaje de un televidente de Crónica. Se enciende la pantalla del teléfono y se queda ahí, como si no supiera a dónde ir. No es una metáfora. No es una exageración. Es una frase que no debería existir.
Pero existe. Y me lo dijo así, ácido, irónico como buen argentino. Como una forma de no llorar. Como una forma de llorar recitando. La crudeza del hambre se torna poética. ¿Por qué? Porque a veces hay que disfrazar el dolor con adornos del lenguaje, porque así pareciera que duele menos.
¿Cómo puede estar todo tan roto para que comer sea un problema?
Comer. No viajar. No cambiar el auto. No darse un gusto. Comer.
Que no te la cuenten. Que el hambre no es una imagen lejana. No es algo de otros países, ni de documentales. Lo que pasa es que ahora el hambre tiene WhatsApp. Escribe. Pide. Se disculpa. Interroga. Lastima. Y a veces, para poder decirse, se vuelve poético. Porque decir "tengo hambre" duele más que decir cualquier otra cosa.
"Me duele la panza y no por comer demás. Me duele porque hace dos días que estoy a mate cocido". Otra vez se enciende la pantalla del teléfono. Otro mensaje. Otro televidente. Directo, sin adornos. Ahí ya no hay poesía. Ahí no hay forma de suavizar nada. Ahí hay un cuerpo.
Hay algo profundamente violento en que alguien tenga que explicar por qué le duele la panza. Como si hiciera falta aclarar que no fue exceso, que no fue descuido, que no fue culpa. Que es hambre.
Y sin embargo, aparece la culpa igual. La culpa de no llegar. La culpa de no poder. La culpa de tener que endeudarse... para comer.
Endeudarse para comer. La frase debería ser un escándalo. Pero no lo es. Se dice bajito. Se escribe en mensajes. Como si fuera una vergüenza privada y no un problema colectivo.
Que no te la cuenten. Que el hambre es un problema de todos aunque vos comas todos los días. Porque es silencioso, porque se queda adentro de las casas. En una heladera vacía, en una olla que no se prende, en un mate que reemplaza una comida.
Y mientras tanto se discuten números. Se habla de variables, de equilibrio, de futuro. Que la inflación esto, que el déficit aquello. Que los gráficos dicen tal o cual cosa. Que lo peor ya pasó. Que estamos mal pero vamos bien. Que hay que aguantar. Aguantar, aguantar y aguantar.
Pero hay algo que no aguanta: el cuerpo.
El cuerpo no entiende de ajuste. El cuerpo pide. Todos los días. A la misma hora. Sin ideología. Y entonces alguien se endeuda. No para crecer. No para invertir. Para comer. Hoy, ahora, al lado tuyo alguien se está endeudando para comer, sacando cuentas, viendo cuánto puede estirar lo que no alcanza, decidiendo si come hoy o si guarda para mañana, si se compra el remedio o un kilo de pan.
Eso no es economía. Eso es supervivencia.
Después van a preguntar por qué hay bronca. Otra vez. Por qué hay enojo. Otra vez. Por qué hay gente que ya no cree en nada. Otra vez.
Y se van a quemar las pestañas pensando que responder, que proponer, que prometer pero la respuesta es bastante simple. Hay un país donde comer todos los días es un lujo.
Y en ese país, tarde o temprano, todo lo demás también empieza a romperse y cuando se rompe la mesa, no se rompe solo la comida. Se rompe la casa, se rompe la paciencia, se rompe la fe en el mañana.
Porque un país puede sobrevivir a muchas cosas. A la bronca, al desencanto, a la mentira. Pero no sobrevive intacto al sonido de una panza vacía en el silencio de la madrugada.

