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Son voluntarias en el Hospital Elizalde y eligen contener desde la empatía a los pacientes y sus familias: "Acompañamos con amor a cada chico"

Son las "madres del corazón" de la ex Casa Cuna. Crónica conversó con Amancia Cordero, de 85 años y 46 de voluntariado, y Liliana del Valle Circolani, 62 y 7 de asistencia. Conocé sus historias.

Historia pura de nuestro país. El hospital Pedro de Elizalde, conocido también como ex Casa Cuna, es el hospital pediátrico más antiguo de América Latina. Comenzó a funcionar el 7 de agosto de 1779, cuando el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, como parte del Protomedicato del Virreinato del Río de la Plata (la nación se encontraba en plena formación), también instituido por él y cuyas funciones comprendían, entre otros detalles, la formación de profesionales, el control de epidemias y la atención de los hospitales, fundó el Hospital y Casa de Niños Expósitos.

Su nombre original fue debido a que albergaba a los niños abandonados, "expuestos", en las calles o en las puertas de las iglesias. Una dura postal social que caracterizaba a esos tiempos en la alborada del país.

En un principio estaba instalado en las actuales calles Perú y Alsina, en un edificio que había pertenecido a los desterrados jesuitas y que estaba funcionando como arsenal de guerra. Posteriormente, en 1873, se trasladó a un nuevo edificio circular en la Loma de Santa Lucía, la actual avenida Montes de Oca, en la localidad de Barracas.

La Casa Cuna fue dirigida entre 1935 y 1946 por el Dr. Pedro de Elizalde. Este gran director del hospital creó, entre otras instancias, la revista Infancia y la cátedra de Pediatría, e introdujo el método de identificación de los niños recién nacidos, procedimiento médico-científico que permanece en uso hasta el presente. Fue un enorme aporte valioso para el devenir social del país.

Son voluntarias en el Hospital Elizalde y eligen contener desde la empatía a los pacientes y sus familias: "Acompañamos con amor a cada chico"
El hospital Pedro de Elizalde es el hospital pediatrico más antiguo de América Latina.

En la actualidad, este hospital cuenta con 181 camas de atención indiferenciada, 73 camas destinadas a cuidados críticos, 24 camas de hospital de día, 10 camas de internación psiquiátrica y 9 quirófanos. Sus diferentes áreas reciben más de 550.000 consultas externas por año. Además de su equipo de profesionales, médicos y personal de enfermería, en ese territorio anida un sector fundamental y decisivo en la agenda del trabajo cotidiano. Son ellas. Pertenecen al equipo de mujeres voluntarias que llevan adelante su trabajo por vocación y convicciones, sin cobrar un solo centavo. Son las madres del corazón, las madres de la abnegación. Llevan amor, alegrías y sonrisas a los niños allí internados y contienen a sus padres, muchas veces ganados por el desaliento y la desesperación.

Con sus guardapolvos rosas, una sonrisa a flor de piel, y un juguete o un libro en mano, transforman la realidad cotidiana de ese universo. Recorren día tras día las habitaciones de los chicos allí internados. Acuden a la gente más humilde con sus generosos esfuerzos, transitan sin descanso cada una de las instalaciones y asisten, muchas veces, al espectáculo del dolor y las tragedias de la gente común.

 

Dos de estas abnegadas mujeres son Amancia Cordero, de 85 años y 46 de voluntariado, y Liliana del Valle Circolani, 62 años y siete de asistencia, charlaron con Crónica y expresaron sus experiencias.

-Esta tarea está marcada, sin lugar a dudas, por la búsqueda, la solidaridad y el amor.

Amancia: Se trata de una vocación. La posibilidad de darles amor y contención a los chicos y la solidaridad para sus padres.

Liliana: Llegan chicos con diversos y problemas físicos, muchos de ellos complejos. Debido a ellos es que la parte emocional les juega, acto seguido, una mala jugada y ahí es cuando aparecemos nosotras en escena con nuestra presencia. Y si bien entregamos elementos y ropas que pueden llegar a necesitar, a mí me ha sucedido que, muchas veces, ha sido más importante un afectuoso abrazo, una caricia o una sonrisa.

-Usted, Amancia, con 46 años de proficuo recorrido, seguramente ostenta numerosos recuerdos marcados por el sentimiento.

Amancia: En una oportunidad recibimos a un chico del interior del país que tenía once hermanos. Había nacido con cierta dificultad que no le permitía crecer. Como los padres tenían que regresar a sus actividades cotidianas, quedó internado aquí solito. Todas las voluntarias nos hicimos cargo de él. Lo bañábamos, le dábamos de comer, estábamos de manera permanente con este chico. Y estuvo alrededor de 10 años. Finalmente, se intentó con una nueva medicación que venía de Estados Unidos y pudo, finalmente, llegar a crecer algo. Era como nuestro hijo, estábamos pendientes de él y, posteriormente, una enfermera lo adoptó.

-Entre ese cúmulo de recuerdos que usted atesora, le pido que abra, nuevamente, el arcón de los afectos y extraiga uno de ellas.

Amancia: Yo tenía a mi cargo un chiquito de 8 años, con su mamá, del interior, también. Me acercaba y la mayoría de las veces era reticente. Hablaba poco. Y con la mamá yo era como una especie de psicóloga, tratando de darle siempre la palabra y el apretón de manos más afectuoso para la contención. Me comunican, cuando me reintegro a la semana laboral siguiente, que el chico, lamentablemente, había muerto, y me dicen que toda la noche me había estado llamando. Y si bien, antes, nunca me había hablado en demasía, me tenía, desde su interior, muy presente. Yo me quedé con la madre hasta que vinieron sus familiares. Y luego de un rato, la madre me comenta que deseaba que yo fuera a ver a su hijo, que se encontraba, precisamente, en la morgue. Y así lo hice. Y pude despedirme del chiquito, con mucho dolor, por cierto.

 

-La filosofía de la tarea, Liliana, radica, tal como se desprende de sus testimonios, en poder dar una mano en función del trabajo en equipo.

Liliana: Todas las compañeras del sector (70) trabajamos juntas por un mismo objetivo. Acompañar, ayudar y comprender la situación de cada niño y de cada familia. En el día a día, todas sabemos lo que sucede en cada habitación y lo hacemos con amor y la mejor energía.

-Por sus tareas, Amancia, no cobran absolutamente nada.

Amancia: Absolutamente nada. Y muchas veces, algunos familiares de los chicos internados han intentado ponernos algo de plata en nuestros bolsillos y nos hemos negado de manera terminante. Les hicimos comprender que toda nuestra labor cotidiana emana del amor y los sentimientos.

Liliana: Nosotros trabajamos desde la empatía, desde la compasión y de poder comprender a nuestro semejante. De colocarnos en su lugar. Nos constituimos en familia y estamos para contener y comprender todas sus preocupaciones. Es un granito de arena que suma, en definitiva, muchas ventanas abiertas para la acción de la solidaridad.

-Tengo entendido que, también, las fechas puntuales de los cumpleaños de los chicos están ahí muy presentes. ¿Esto es así, Liliana?

Liliana: De manera insoslayable. Siempre estamos presente con una pequeña atención para cada chico, para cada caso. Así también para Navidad, Día del Niño y de Reyes. Así sumamos, por otra parte, el Día de la Madre, para todas esas madres que están viviendo una circunstancia muy especial de su vida.

Son las madres del corazón. Las que también costean personalmente el traslado desde sus viviendas hasta el hospital y el regreso a sus hogares, el propio guardapolvo rosa y compran, de su propio bolsillo, elementos ultranecesarios para los chicos allí internados. Constituyen la conciencia solidaria de nuestro país.

Por R.F.

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