Por Marco Bustamante
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El equipo de Crónica recorrió más de 1.200 kilómetros para llegar a la majestuosa localidad de Tafí del Valle, en Tucumán. Un lugar increíblemente hermoso, que parece sacado de alguna obra del escritor J.R.R. Tolkien.

Claro que el objetivo principal no es hacer turismo, que tampoco viene mal, pero la consigna pasa por conocer bien de cerca ciertos monumentos de los que muchos no tienen ni idea. Son los menhires emplazados en esa región, y que generan un enigma más, entre los muchos que existen en el país.

De qué hablamos

Estos monolitos, algunos de varios metros de altura, son monumentos. Dicen los lugareños que son de carácter mágico, tendientes a lograr de los dioses de la antigüedad dos claves de la vida, como son la fecundidad y la fertilidad, conceptos que en la mentalidad de los seres humanos de la Edad de Piedra significaban reproducción de personas, animales, plantas y frutos.

En su necesidad de conexión con los creadores, aquellos hombres tallaron estas obras como símbolos, como una forma de representación del falo divino con que el se creó el mundo. Si bien originalmente estaban distribuidos por todo el valle, los menhires se encuentran en la actualidad reunidos con el fin de preservarlos en la localidad tucumana de El Mollar, a tan sólo 14 kilómetros de la ciudad de Tafí del Valle (no confundir con Tafí Viejo)

Loma de la Angostura

En 1976, el por entonces gobernador de facto de la dictadura militar, Antonio Domingo Bussi, por aquellos años con el cargo de teniente general, decidió la creación del Parque de los Menhires en la zona llamada Loma de la Angostura.

Allí logró reunir 114 de estas piedras enormes, en un traslado que, dadas las características -y la decisión inconsulta- generó una andanada de polémicas, ya que se destruyó todo el valor científico de los mismos al quitarlos de su contexto arqueológico, para juntarlos en un sitio. ¿Por qué semejante error conceptual?

Es que las llamadas “piedras paradas” tienen al menos una antigüedad de 2.000 años. Dicen que a juzgar por la posición que ocupaban en el suelo y el agujero que aún se notaba en la tierra donde antiguamente se hallaban enterrados, y por otras razones más, es muy probable que cada menhir debiera mirar con su cara esculpida hacia el sur. Una decisión desacertada impidió conocer si eso se cumplía en su totalidad.

Muchísima concurrencia

Hasta el lugar llegan anualmente miles de personas, atraídos por esos extraños monumentos. En nuestra recorrida por el parque, vecinos de la zona explicaron que es el sitio más austral del mundo en el que pueden ser encontrados este tipo de megalitos y que, curiosa o misteriosamente, su ubicación está alineada con las Moáis de la no menos enigmática Isla de Pascua, que se ubica a miles de kilómetros, tras la Cordillera de los Andes, en el Océano Pacífico. Lo cierto es que muchos tratan de captar esa “energía ancestral”, ya sea meditando cerca de las enormes rocas o caminando en las noches y a la luz de la luna por el hermoso valle, en busca de la conexión con aquellos dioses y espíritus que dominaban el paisaje hace 2.000 años.

El gigante de piedra viajero

Los primeros menhires fueron mencionados por Carlos Germán Burmeister en 1861, pero el primer estudio fue el trabajo de campo del arqueólogo Juan Bautista Ambrosetti, titulado “Los monumentos megalíticos del valle de Tafí (Tucumán)”, publicado en 1897. La “estrella” de su tesis, se conoció como el “Menhir Ambrosetti”, una enorme piedra que encontró erguida en la inmensidad del valle .

El propio científico lo relató de manera casi poética “no sé cómo pintar mi sorpresa, cuando me hallé en presencia de un verdadero menhir de 3,10 metros de largo, de un ancho casi constante desde 50 centímetros y de un grueso más o menos de 20 centímetros. Sobre una de las caras aparecían, profundamente esculpidos, una serie de dibujos regulares, verdaderas ‘cup sculptures’ dispuestas en su mayor parte en sentido horizontal, cruzando el menhir a lo ancho”, describía el autor.

En 1915 fue movido laboriosamente al Parque 9 de Julio de la capital tucumana. Tras un mes de viaje por los cerros, permaneció allí 62 años. Regresó a El Mollar en 1977.

Sobre leyendas de peces gigantes

Los lugareños hablan de la energía que aún hoy desprenden los menhires, y cómo esta “fuerza intangible” ha logrado aumentar el tamaño de los pejerreyes que fueron sembrados por la mano del hombre y que hoy habitan el lago artificial conocido como La Angostura, en cuya orilla se encuentra El Mollar.

Los Tafí fueron fueron los aborígenes que habitaron originalmente esta zona. Para ellos, estos enormes megalitos servían de termómetro natural para medir los cambios climáticos o las proximidades de temporales.

Si bien el clima en esta región es benigno, el enfriamiento repentino de estas estatuas indicaba a sus pobladores la proximidad de fuertes nevadas o lluvias. Cuando las piedras comenzaban a soltar polvo, probables y futuras sequías. Objetivamente debemos decir que parece cierto: los pejerreyes del lugar son enormes.

Los pescadores frecuentes de un club privado de la zona, y hasta algunas publicaciones especializadas, hablan de las virtudes de este dique La Angostura y de sus peces, que muchas veces superan holgadamente tamaños que en otros lados son imposibles de alcanzar. ¿Serán los menhires, acaso?