La muerte, en muchas ocasiones, no llega de forma accidental o natural. Existen quienes, por error o por compasión, deciden dejar de vivir. O, para expresarlo de una forma más dramática, se quitan la vida por distintas circunstancias.

Encuadrado en ese contexto, llamativamente nuestro planeta cuenta con varias alternativas. Un sitio predilecto para aquellos colombianos (aunque la nacionalidad no es un tema excluyente) que deciden suicidarse es el Salto de Tequendama, como fue apodada una cascada que sirvió de tumba de muchísimos suicidas, que durante la primera mitad del siglo XX saltaban a sus aguas en búsqueda de la muerte. Este escalofriante lugar se encuentra cerca de la ciudad de Bogotá, capital de la nación cafetera.

La leyenda cuenta que durante 1930, e incluso en la actualidad pero en mucha menor medida, ciudadanos de Bogotá y otras regiones cercanas, pero también de países vecinos, emprendían viaje hasta la orilla de la catarata para descender en caída libre los 156 metros de altura. En ese sentido, muchas personas aseguran que elegían ir allí porque la muerte era segura y, por si fuese poco, el cadáver desaparecía por la corriente de agua, impidiendo el rescate posterior.

De todos modos, aparecen otros que buscan algo más atípico, y lo vinculan a procesos paranormales que “obligan” a tirarse cuando se merodea la zona. A la hora de brindar argumentos, vinculan la gran edificación ubicada en la montaña, justo enfrente de la cascada, que por un tiempo albergó un reconocido hotel.

Gritos, apariciones, hombres sin cabeza y extraños ruidos son algunas de las cosas que se escuchaban desde la casa que funcionó por años como hotel. Por si fuese poco, en el bar que funcionaba en el complejo se produjeron numerosas peleas y asesinatos, algo que produjo fenómenos paranormales como luchas entre fantasmas invitados o sonidos musicales.

Ante el auge de suicidios en esa época, las autoridades decidieron designar agentes de policía que impidieran a las personas quitarse la vida desde ese sitio. La guardia comenzaba a partir de las nueve, y su trabajo consistía en ahuyentar a quienes identificaran como posibles víctimas, así como a los cientos de turistas que se acercaban para conseguir su propia foto de algún salto. Es que la cantidad de suicidios fue tan grande que los turistas no sólo retrataban el salto sino que también -en innumerables oportunidades sacaban fotos en pose a quienes posteriormente se lanzaban a la otra vida.

La situación fue tan llamativa en esa época que motivó a varios artistas a mencionar el Tequendama en algunos de sus productos. Por citar un ejemplo, el cantautor Noel Petro mencionó el fenómeno como “me voy pa’l salto mi vida, pero no es para suicidarme ni a que me tomen retratos antecito de botarme”.

El sitio, deshabitado por años, en 2014 fue acondicionado como museo, aunque no siempre se encuentra abierto al público. Allí se cuentan muchas de las historias que atraen a todos aquellos que se jactan de no tener miedo a enfrentarse en diferentes lugares a los fantasmas que, muchos aseguran, aún habitan el lugar...

La muerte de dos periodistas

El periodismo es una de las profesiones más buscadas por los jóvenes que salen de la escuela. Si bien es capaz de hacer vivir momentos maravillosos, también muchas veces es capaz de dejarte al borde de la muerte. O de llevarte a la otra vida. Cronistas de la época visitaban el sitio capturando confesiones de posibles suicidas que les permitieran encarar una atractiva nota, pero ese deseo de lucirse y ganar plata terminó en varias muertes.

Según cuenta el escritor colombiano Felipe González Toledo en su libro “20 crónicas policíacas”, un ejemplo de esto es el caso de Adolfo Neuta, quien vendía crónicas para el medio local El Tiempo, y de Carlina Garibello, quien se las vendía a la competencia de ese diario, El Espectador.

Adolfo acostumbraba pasear por el lugar y Carlina era vendedora de morcillas. El destino los unió y se hicieron amigos, con el atenuante de que la mujer vendía notas a otro diario. En esa puja por buscar quién obtenía el mejor artículo, en donde trataban de conseguir antes que el otro a un suicida para entrevistarlo, rodaron hasta el vacío cuando quisieron agarrar la carta de una persona que se había arrojado. A partir de este caso, ocurrido en 1963, empezaron a crecer los interrogantes. Porque si bien muchos consideran que la gente se arroja voluntariamente, un alto porcentaje de la población sostiene que el lugar está maldecido y provoca muertes impensadas, como la de estos dos periodistas.

Bautizaron el lugar

 

A partir de la innumerable cantidad de muertes, los elementos del paisaje empezaron a adquirir nombres postizos. Por citar ejemplos, a la roca predilecta por las personas que decidían ponerle fin a su vida, los pobladores del sitio ubicado cerca de Bogotá empezaron a llamarla como “la piedra de los suicidas”.

Incluso hasta hace muy poco, allí aparecieron diferentes placas, en las cuales aún se puede leer: “Tus problemas tienen solución” o “el señor Jesucristo te dice: yo soy el camino, la verdad y la vida”. Según cuentan, fueron puestas ahí para alentar a los desesperados a pensarlo mejor antes de protagonizar una locura.

Por otra parte, el lago que se formaba al final de la cascada fue bautizado como “el lago de los muertos”, debido a la gran cantidad de cuerpos que quedaron para siempre en esas aguas. Esto se debe a que recién en 1941 fue rescatado el primer cuerpo de alguien que había saltado al Tequendama.

La mayoría de las familias no imprimían esfuerzo en recuperar los restos porque tenían en claro que prácticamente se trataba de una utopía, considerando que saltar al Tequendama implicaba desaparecer para siempre.

Los que marcaron una tendencia y rescataron el primer cuerpo fueron taxistas, quienes después de nueve intentos recuperaron los restos de su compañero de trabajo, llamado Eduardo Umaña, que se había tirado días antes. Lógicamente, el cuerpo estaba en muy mal estado, y lo detectaron por la ropa, entre otras cosas.

Datos a considerar

El Salto del Tequendama es una cascada natural de Colombia, ubicada en el municipio de Soacha, en el departamento de Cundinamarca, aproximadamente 30 kilómetros al sudoeste de Bogotá.

Según un mito música, se formó por acción divina para evacuar las aguas que inundaban la sabana bogotana. Algunos estudios señalan que esto pudo haber ocurrido efectivamente, y que su formación pudo darse en un corto lapso. Tras recorrer más de 100 km por el altiplano, el río Bogotá cae desde aproximadamente 157 metros sobre un abismo rocoso de forma circular formando la cascada, que se halla en una región boscosa de neblina permanente.

Parte de sus aguas también son alimentadas por el rebose de la represa del Muña. Es famosa la descripción que hizo del lugar el naturalista Humboldt, quien calculó su altura en 185 metros. Hasta mediados del siglo XX, debajo de la cascada había flora y fauna. Sin embargo, hoy se han perdido por la contaminación del río, que por efecto de la represa ya no tiene tanta intensidad como cuando se produjeron los innumerables suicidios. Aunque, cada tanto, alguno se suma a la triste lista de arrojados.