Por Leonardo Schwarz
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El sueño de un escritor es que la trama de una obra suya perdure a lo largo del tiempo. En ese contexto, Mary Shelley cumplió a la perfección su anhelo fijado hace dos siglos. Es que en 1818 lanzó “Frankenstein o el moderno Prometeo” y, exactamente 200 años después, el monstruo sigue creciendo a pasos agigantados. Es que no sólo los aficionados que caminan con bastón o peinan canas siguen hablando de esa extraordinaria aparición, sino que los chicos y jóvenes en la actualidad crecen sabiendo de qué se trata esa increíble historia.

Una loca idea

Cuando dio vida a la obra, la autora, cuyo verdadero nombre era Mary Wollstonecraft Godwin, todavía no había cumplido los 19 años. Se había criado en un ambiente de discusiones intelectuales y literarias: era hija de William Godwin (editor y autor de la novela “Caleb Williams”) y de Mary Wollstonecraft (novelista y pionera del feminismo). Ese verano fue atípico, considerando que la erupción del volcán Tambora en la lejana Indonesia había dejado a todos en el hemisferio norte atrapados en un invierno eterno. Y en plena anomalía climática, inició una creación increíble.

Una noche, Lord Byron puso su casa a disposición y tuvo una idea que marcó un hito: tras leer una antología alemana de cuentos de miedo, les propuso a sus invitados que elaboraran una historia de terror. No exigía complejidad, sino que pedía hilvanarla lo mejor posible para pasar un momento ameno. En su turno, Mary no pudo contar de principio a fin su elaboración, pero deslizó un concepto que empezó a crecer con el correr de los días. Tal es así que el 1º de febrero de 1818, dos años después de esos cuentos inconclusos, se hicieron 500 ejemplares de una historia de terror extraordinaria.

Nace un mito

La obra era una novela corta que seguía los pasos de Victor Frankenstein, un doctor suizo obsesionado con los secretos de vida y muerte, del cielo y de la tierra. En su intención de acercarse a esos temas, el inventor terminaba creando uno de los seres mitológicos más famosos de la historia. Se trataba de “Frankenstein y el moderno Prometeo”, cuya autoría se conocería recién años más tarde, debido a que los ejemplares eran “anónimos”. De todos modos, la dedicatoria a su padre revelaba parcialmente a la protagonista. En la segunda edición (1825) ya Mary Shelley estampó su firma, y para la tercera (en un solo tomo) corrigió el texto y agregó un prólogo extraordinario sobre la génesis del monstruo.

Por ese entonces era frecuente que algunos médicos pasaran por las ciudades inglesas haciendo demostraciones de galvanismo en cadáveres. El experimento consistía en reanimar algunos músculos y nervios de esos cuerpos mediante la aplicación de la electricidad. La etimología de la palabra viene del científico que comenzó con esas técnicas: Luigi Galvani.

Así, cuando los cadáveres reaccionaban, la gente se sorprendía y se asustaba. Si bien en la cultura popular se tomacomo que el monstruo de Frankenstein revive gracias a la aplicación de este tipo de experimentos -algo que el cine reafirmó-, en la novela nunca se especifica que el científico realizara exactamente esa técnica para reanimar a su criatura. En ese sentido, la escritora reconoció después el peso que habían tenido en su imaginación los experimentos eléctricos de Erasmus Darwin (abuelo de Charles Darwin), quien, según se decía, había intentado congelar y luego revivir gusanos a través de la electricidad. Claro que, en el terreno de la ficción, los rumores son mucho más importantes que los hechos en sí. Como escribe la autora en el prólogo a la tercera edición, de 1831: “No me refiero a lo que el doctor hizo, o dijo que hizo, sino a lo que entonces se decía que había hecho”.

El cine y después

El bicentenario de la publicación de “Frankenstein o el moderno Prometeo” recuerda que la obra mantiene su intensidad dramática y los cuestionamientos filosóficos que la convirtieron en un clásico. Pero con el correr de los años fue mutando su público. Empezó como una obra teatral, siguió en la pantalla grande y, para aggiornarla a los tiempos en los que vivimos, recientemente fue lanzada en Netflix.

El libro se mantuvo por décadas como una historia de terror popular y original, que además había sido escrito por una mujer abocada a luchas feministas. Sin embargo, Frankenstein se convirtió en un ícono del terror universal cuando pasó a formar parte de la plantilla de monstruos del estudio de cine Universal.

Siempre vivo

Doscientos años después, luego de varias versiones teatrales y cinematográficas, algunas muy logradas, aún muchos equiparan la obra con ciertos inventos. Un ejemplo es la clonación de la oveja Dolly o la intervención del virus H5N1 para que infecte más rápido a los mamíferos. También la fertilización in vitro y más recientemente la propuesta de usar los órganos de cerdos para trasplantes en seres humanos. Según los expertos, el riesgo es que, al igual que en la obra, dichas creaciones pongan en peligro a la especie humana. Por eso, y más allá de haber asustado a un montón de generaciones... ¡felices 200 años, querido Frankenstein!